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CULTURA /
domingo 2 febrero, 2014

La historia en movimiento

Ubicado en la ciudad de San Juan, el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson, fundado en 1936 y que debe su nombre al célebre pintor sanjuanino, se destaca por ser uno de los recintos artísticos principales del país, tanto por su infraestructura como por la calidad de sus obras, que dan una idea panorámica de los instantes históricos de la identidad nacional.

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por Redacción Perfil


Fotogalería
Foto: MPBA

El obispo de San Juan puede todavía reunir en una galería todas aquellas obras de arte cuyo mérito principal estaría en formar una colección, i fomentar el naciente arte de la pintura que cuenta entre aficionados, dos retratistas, Franklin Rawson i Procesa”,  escribe Sarmiento en Recuerdos de provincia, poniendo en práctica su radical y completa reforma ortográfica que había presentado en Memoria (sobre ortografía americana), de 1844. En ese mismo pasaje de su autobiografía, Sarmiento se obsesiona con la idea –todo es obsesión en él– de armar una colección para un “Museo de pintura” en San Juan, y los nombres de su hermana, Procesa Sarmiento, y de su amigo Benjamín Franklin Rawson son muy significativos en esta empresa. En todo caso, la historia le dio la razón, como en tantas otras oportunidades, y su provincia tiene ese museo. Sin embargo, no fue él el fundador de todo, quien lo hizo. El Museo Provincial de Bellas Artes, se empezó a conformar en 1936 y fue teniendo varias sedes. Tal como lo vemos hoy, con su edificio magnífico frente al Parque de Mayo, con sus 945 piezas, auditorio y sus múltiples actividades, dirigido por Virginia Agote, tiene pocos años y fue abierto en octubre de 2011. Pero se llama Franklin Rawson y eso estaba prefigurado. 

Como la muestra que se presenta hasta marzo y que fue curada por Roberto Amigo sobre la obra de este pintor sanjuanino. En la sala principal está reunido un conjunto importantísimo de cuadros que pintó Rawson y que por su figura se triangula lo que Amigo describe como: “arte porteño, el de las provincias y el del exilio.”  Ese fue un poco el periplo del artista que nació en 1820 y murió en 1871 durante la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires. La misma que su hermano Guillermo Rawson, médico y político, estudió para intentar mitigar el dolor y la soledad del moribundo. Sus años de formación inicial los realizó en la provincia con Amadeo Gras, un músico y pintor francés que llegó a la Argentina en 1827 y en 1834 emprendió una larga travesía por las provincias. A los 18 años, Rawson fue mandado por su padre, un médico estadounidense casado con Justina Rojo y Frías, a Buenos Aires para continuar como pupilo de Fernando García del Molino, aprendiendo retratos y miniaturas. El exilio en Chile por su amistad con Sarmiento lo puso en contacto con Raymond Auguste Monvoisin, el retratista francés que estaba en ese momento participando del ambiente cultural y pintando a toda la clase alta chilena del siglo XIX. Por su parte, Rawson fue un gran retratista o “afectivo; toda su pintura lo autentica”, como lo define Eustoquio Díaz Velez, muy contento con el suyo. De esa época son el de Sarmiento joven (y bastante desconocido para nuestra imagen escolar) y el de su hermano Guillermo. En este sentido cabe aclarar que el retrato no sólo formaba parte de la decoración, sino de un proyecto político. Así lo pensaba Sarmiento: “Los retratos de su mano no serán pues la simple copia de las facciones, serán a los ojos de los buenos sanjuaninos un monumento de la gloria de su país”.

Otra zona, es la de la pintura histórica: Salvamento en la cordillera (1855), La huida del malón (1860) y El asesinato de Maza, del mismo año.  El primero pinta una escena inventada, la de Sarmiento repartiendo panes entre los unitarios vencidos en la batalla de Rodeo del Medio. La pintura cumple con una premisa bien clara: la propaganda de espíritu solidario (y masón) de su amigo. Sarmiento nunca participó de esa acción, que sí existió. Por otra parte, hay en la imagen un contenido religioso: la figura de Sarmiento de pie, como un Cristo con poncho, frente a los unitarios caídos que esperan recibir un pan. La otra pintura está en consonancia con el problema del indio: una familia de blancos huye en un caballo de ojos muy abiertos a toda velocidad. A lo lejos, el incendio es metonimia del Otro por excelencia, que ya había entrado en escena en su papel de irreductible e inasimilable. Esa pampa, tan fácil de transitar para los primeros viajeros del siglo XIX, había dejado de serlo. El peligro y la amenaza se habían transfigurado en el indio que, a diferencia del gaucho que había servido para pelear en las guerras civiles, era la barbarie en estado puro para los pensadores liberales como Sarmiento. Por último, el del asesinato de Manuel Vicente Maza refrenda por medio del rojo punzó todo el simbolismo que le atribuía a ese color sangriento. Tanto el cuadro de Rawson como el de Prilidiano Pueyrredón de 1859 contraponen la figura indefensa (y letrada) del padre escribiendo, esa noche del 27 de junio, una carta a Rosas para pedir clemencia por su hijo Ramón, encarcelado por conspirar contra Rosas, con la brutalidad de La Mazorca. Otro conjunto de su obra está representado en la muestra por los retratos de niños. Se cree que sólo uno de ellos es el de una niña viva y el resto formaría parte de la pintura de difuntos. El detalle se destaca en estas composiciones y la variedad de atribuciones a cada uno. Por su parte, Rawson se casó en 1847 con Paz Mendieta y tuvieron un niño que falleció en la infancia. También en la exhibición se puede ver el óleo de la Inmaculada Concepción, un motivo religioso que pintó en 1845 y que tiene tres metros de altura. A pesar de la restauración muy cuidada, el cuadro tiene el registro de su calvario: fue cedido para la inauguración del Salón de Pintura en 1938 y padeció el terremoto de 1944. Se lo creía perdido hasta que la Virgen hizo su aparición en 2003: lo encontraron hecho un bollo detrás de un armario.

 

MPBA. Franklin Rawson
Av. Libertador General San Martín 862 (Oeste) San Juan
Martes a Domingo de 12 a 21


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