Hay algo paradójico en La ratonera: una obra cuyo principal atractivo consiste en descubrir quién mató a quién lleva más de siete décadas evitando que el misterio deje de funcionar. Desde su estreno en Londres, en 1952, el policial de Agatha Christie se convirtió en una de esas piezas que parecen haber dejado de pertenecer exclusivamente al teatro para transformarse en un fenómeno cultural. Pasaron generaciones de espectadores, innumerables actores y distintas puestas, pero el ritual permanece: al terminar la función, alguien debe pedirle al público que guarde el secreto.
Ahora ese pacto se renueva en Buenos Aires, en el Teatro Liceo, convertido para la ocasión en una suerte de refugio teatral. Mesitas, sillas y veladores rojos ocupan parte de la platea mientras, sobre el escenario, una intensa nevada rodea al hostal Monkswell. Un breve video realizado con inteligencia artificial muestra a una niña caminando entre la nieve hacia una casa aislada. Después, las puertas se abren y aparece la sala de estar: chimenea, muebles, escritorio de recepción y un gran ventanal detrás del cual el temporal impide cualquier posibilidad de fuga.
La situación es conocida y, justamente por eso, eficaz. Una pareja joven, recién casada y feliz, acaba de inaugurar el hostal y recibe a sus primeros huéspedes. Son desconocidos entre sí, de personalidades muy diferentes y, como si la tormenta no bastara, quedan encerrados por la nieve. La noticia de un asesinato cometido en Londres altera la convivencia. Poco después llega un sargento de policía con una advertencia todavía más inquietante: el crimen podría estar relacionado con alguno de los presentes y existe el riesgo de que haya nuevas víctimas.
Desde ese momento, La ratonera activa su mecanismo clásico. Cada personaje guarda algo, cada gesto puede convertirse en una pista y cada conversación modifica la percepción que se tiene de los demás. El aislamiento físico se transforma en aislamiento psicológico: la casa deja de ser un refugio para convertirse en una trampa. Ese mecanismo es el corazón del whodunit, el subgénero policial cuyo nombre proviene de la pregunta “who has done it?”, es decir, quién lo hizo. Y Agatha Christie conocía como pocos sus posibilidades. La autora de 66 novelas y más de 150 cuentos escribió Tres ratones ciegos en 1947, primero como guion radiofónico y luego como cuento, antes de convertirlo en la obra teatral que finalmente se llamó La ratonera. El título surgió de Hamlet, donde “The Mousetrap” es el nombre que Hamlet da a la obra que representa dentro de la obra para desenmascarar al asesino de su padre.
La historia original, además, tenía un trasfondo particularmente oscuro. Christie se había inspirado en un caso real de maltrato y muerte de un niño a manos de sus padres adoptivos, un episodio que había conmocionado a la sociedad británica y contribuido a impulsar cambios en la legislación sobre la protección de menores. Sin embargo, con el paso del tiempo, aquella tragedia concreta quedó sepultada bajo la maquinaria teatral. La ratonera terminó convirtiéndose en otra cosa: una celebración de la sospecha y, sobre todo, un extraordinario fenómeno de permanencia.
Estrenada en el Ambassadors Theatre en 1952, la obra pasó en 1974 al St Martin’s Theatre, donde permaneció hasta la interrupción provocada por la pandemia en 2020. Su trayectoria la convirtió en Récord Guinness y en una atracción cultural de Londres. Fue representada en más de 90 países y alcanzó decenas de millones de espectadores. En ese contexto, la pregunta más interesante ya no es solamente quién es el asesino. También cabe preguntarse qué mantiene viva una obra que el público puede volver a ver aun conociendo de antemano las reglas del juego.
La versión que llega al Liceo, con adaptación y dirección de Manuel González Gil, no intenta responder esa pregunta mediante una relectura radical. Su apuesta es otra: conservar la estructura de Christie y renovar la energía de la representación. La escenografía de Lula Rojo reconstruye con precisión el interior del hostal, mientras la iluminación de Matías Sendón, la música original de Martín Bianchedi y el vestuario de La Polilla colaboran para sostener una atmósfera que remite al policial inglés clásico.
El espacio tiene una función central. Las puertas, los pasillos, el ventanal y los muebles no son simplemente elementos decorativos: organizan el movimiento de los personajes y permiten que una entrada o una salida adquieran un nuevo significado. En una obra construida alrededor de la información que se revela y la que se oculta, la escenografía se convierte también en parte del enigma.
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El elenco responde a una galería de personajes reconocibles dentro del universo de Christie. Betiana Blum compone a una mujer de clase alta, crítica e incómoda; Carlos Belloso interpreta a un extranjero extravagante; Andrés Gil encarna al joven de comportamiento extraño; Ludovico Di Santo y Romina Gaetani son los anfitriones del hostal; Carlos Santamaría y Malena Solda completan el grupo de huéspedes, mientras Walter Quiroz asume el papel del sargento encargado de ordenar las piezas del rompecabezas. El trabajo de los intérpretes está atravesado por una dificultad específica: en La ratonera, actuar también significa esconder. Cada personaje debe despertar sospechas sin revelar demasiado y construir una personalidad que pueda ser reinterpretada una vez que el misterio llegue a su resolución. Dentro del conjunto, Gaetani y Quiroz encuentran especialmente bien ese delicado equilibrio. Ella trabaja la tensión desde las pausas y aquello que su personaje intenta contener; él administra la ambigüedad sin abandonar la lógica detectivesca.
González Gil introduce además una dosis de humor que por momentos acerca la puesta a la comedia. El recurso permite descomprimir la solemnidad del policial y establecer un vínculo más inmediato con el público, aunque en algunos pasajes ese tono paródico demora el avance del suspenso. Los personajes, deliberadamente estereotipados, también participan de ese juego: más que intentar convertirlos en criaturas psicológicamente complejas, la puesta los utiliza como piezas de una maquinaria que debe conducir, inevitablemente, hacia la revelación final.
Y allí aparece una de las particularidades de esta versión. La ratonera no necesita ser reinventada para demostrar que sigue funcionando, pero tampoco puede limitarse a repetir sus movimientos como si el tiempo no hubiera pasado. La propuesta de González Gil se mueve precisamente en esa zona intermedia: conserva el mecanismo original y actualiza el ritmo, el tono y la energía de las actuaciones.
El desenlace, después de una serie de interrogatorios y sospechas cruzadas, resulta quizá menos contundente que la acumulación previa de indicios. Pero el verdadero mérito de la obra está en otro lugar. La ratonera funciona incluso cuando el espectador cree conocer sus trucos porque consigue algo elemental y difícil de sostener: hacer que volvamos a mirar una puerta, una ventana, una pausa o una frase como si allí pudiera esconderse la respuesta.
En Buenos Aires, además, la obra llega cargada de una historia propia. Hubo otras representaciones en el país y una puesta comercial porteña en 2018, dirigida por Jorge Azurmendi, que también contó con Walter Quiroz, aunque entonces en otro personaje. En Mar del Plata, el actor y director Francisco Rinaldi mantuvo la obra durante 33 años, entre 1979 y 2012. La persistencia local replica, a pequeña escala, el fenómeno internacional.
Quizás el misterio de La ratonera no esté, finalmente, en descubrir al asesino. Está en explicar por qué seguimos queriendo descubrirlo. La respuesta parece sencilla: porque el teatro convierte esa pregunta en un ritual compartido. Durante cien minutos, un grupo de desconocidos queda encerrado en una casa mientras el público observa, sospecha, se equivoca y vuelve a empezar. Y cuando finalmente llega la solución, queda todavía una última incógnita: cómo una historia concebida hace más de setenta años consigue volver a atraparnos.
La ratonera. Libro: Agatha Christie. Adaptación y dirección: Manuel González Gil. Elenco: Carlos Belloso, Betiana Blum, Ludovico Di Santo, Romina Gaetani, Andrés Gil, Walter Quiroz, Carlos Santamaría y Malena Solda. Música original: Martín Bianchedi. Escenografía: Lula Rojo. Iluminación: Matías Sendón. Vestuario: La Polilla. Video: Juan Ripari. Producción: Faroni Producciones, Juan Manuel Caballé y Tomás Rottemberg. Teatro Liceo, Rivadavia 1499. Funciones: miércoles a viernes a las 20; sábados a las 19 y 21.30; domingos a las 19. Duración: 100 minutos. Entradas por Plateanet.