El 9 de octubre, a los 70 años, murió Danièle Huillet, la mitad femenina del binomio Straub-Huillet, los realizadores más ejemplares de la historia del cine. Aunque “ejemplar” es una palabra que se suele usar con fines didácticos o moralistas, le cabe perfectamente a los Straub que, además de extraordinarios artistas, fueron moralistas y didácticos. E intransigentes, hasta la vecindad con el capricho. Filmaron en los tres idiomas (alemán, francés e italiano) que dominaban a la perfección (Huillet especialmente), pero se negaban a que los filmes fueran subtitulados en otras lenguas a menos que la traducción estuviera en manos de gente absolutamente confiable. Y como hay poca gente confiable, muy pocas de sus películas circularon por suburbios tales como Nueva York o Buenos Aires. Especialmente en Nueva York, “plagado de imperialistas”.
Es tentador atribuir a su peculiar carácter o a sus convicciones rabiosamente marxistas la indiferencia sistemática hacia los Straub y el silencio de la prensa frente a la muerte de Huillet. Pero esa no es la razón principal de que los cuarenta años de carrera de la pareja y su veintena de largometrajes sean hoy apenas un objeto de culto para un grupo de amigos y seguidores, la “Internacional straubiana”. Es justamente el carácter ejemplar de su obra el que produce desconcierto e inspira desconfianza. La radicalidad de Straub-Huillet es perfectamente accesible y consiste simplemente en un método para que el cine diga siempre la verdad y no se transforme jamás en instrumento de opresión. Por ejemplo: se filma un plano de unos trabajadores rurales. Si la cámara está demasiado cerca, los perturba en su tarea. Si está demasiado lejos, los engaña porque oculta presencia. Hay, por lo tanto, una distancia adecuada y única para la toma. La posición de la cámara es una cuestión de moral. También lo es el sonido: los Straub no doblaban jamás a los actores ni trucaban los ruidos del ambiente. Lo contrario, es decir, lo que hacen casi todos los cineastas del planeta, sería mentir, tergiversar. En cuanto al montaje, cortar en un fotograma de más o de menos podía ser una cuestión de vida o muerte, como lo atestigua una gran película, Où gît votre sourire enfoui? en la que Pedro Costa, colaborador y discípulo, documentó la forma de trabajo del dúo. Ni hablar, por supuesto, de artificios ni de efectos de ninguna clase, ni comunes ni especiales.
Lo interesante es que Huillet y Straub, lejos de estar locos, tenían razón. De estos procedimientos ascéticos y obsesivos, de la permanente discusión estética e ideológica entre ellos, de una sofisticada comprensión del arte, de la cultura y de la historia (y de un talento descomunal) surgía un cine único, el más fascinante como experiencia audiovisual que se haya filmado. El materialismo implacable de los Straub se transforma en la pantalla en una experiencia espiritual y cada uno de sus planos transparentes, vivos, destila esa verdad convertida en belleza, esa fidelidad con el mundo que desmiente la idea platónica de que en la caverna sólo podemos ver sombras. En todo caso, es el cine normal, el que necesita del guión, de las estrellas y de la autoindulgencia, el verdadero generador de insatisfacción para los espectadores. Al marginar las películas de Straub-Huillet, el cine perdió una de sus últimas oportunidades de progresar.
Ante la muerte de su compañera, es poco probable que Jean-Marie Straub siga filmando. Vivían con Danièle Huillet en las afueras de Roma, acompañados por un perro y treinta gatos. En septiembre, cuando ella estaba ya gravemente enferma, el Festival de Venecia les otorgó un premio a la trayectoria. No concurrieron, alegando que había demasiada policía y respondieron con el título de una de sus películas (Trop tôt, trop tard): “El premio llega demasiado tarde para nuestra vida y demasiado temprano para nuestra muerte”. Los Straub siempre fueron tremebundos.