CULTURA
Origen y evolución

¿Qué hay detrás del fenómeno de las sectas?

El tema de las sectas cobra genuino interés especialmente cuando salen a la luz actos delictivos que conmueven a la opinión pública. Suelen escucharse cosas tales como “ritos satánicos”, “lavado de cerebro”, “destrucción de la personalidad” o “suicidios colectivos”. Es cierto que hubo, hay, y habrá hechos criminales dentro del entorno de las búsquedas fundamentales humanas, pero la materia merece ser tratada con cautela. 

La masacre de Jonestown, promovida por Jim Jones, lider del Templo del Pueblo.
Parte del predio donde en 1978 tuvo lugar la llamada "masacre de Jonestown", promovida por Jim Jones, líder de la secta Templo del Pueblo. | Cedoc Perfil

Es necesario poner un poco de orden a esta “gran Babel” de manifestaciones espiritualistas que, en la segunda mitad del siglo XX se hicieron verdaderamente notables y en nuestro tiempo continúan, aunque con menos fuerza. La falta de conocimiento genera confusión, sumado además que en los medios de prensa muchas veces no se cuenta con la capacidad de conocer objetivamente los hechos ni con la entereza intelectual que estos requieren para su correcto tratamiento; por ello, este tema, como tantos otros, siempre acaba deformándose y en vez de iluminar la realidad se termina por opacarla.

Debemos asumir que la palabra “secta” es ambivalente y no se la ha usado con la debida corrección. El primer aspecto a tener en cuenta es la circunstancia histórica. Es bueno recordar que toda religión es, en alguna medida, una secta. A saber, es un “sector” o “sección” que en determinado momento se apartó de otro por diferencias doctrinales o críticas disímiles. Por ejemplo, el cristianismo fue una secta del judaísmo, así como este fue un cisma de la religión del antiguo Israel, que a su vez fue una separación del pueblo cananeo. El islamismo fue una secta del judaísmo talmúdico y de los pueblos árabes nómadas. Es más, el Islam parece ser una versión árabe del judaísmo. El protestantismo fue una secta del catolicismo romano y la Iglesia ortodoxa fue una secta del cristianismo agustiniano. Ahora bien, entre las filas protestantes podemos citar decenas de “herejías” menores como los pentecostales, los reformistas o los anglicanos. Por otra parte, entre los cristianos católicos encontramos a los carismáticos, a la religiosidad rural y a las devociones mixtas (con elementos aborígenes y africanos).

Esto nos muestra que el sectarismo es un hecho natural, o sea un lugar donde el hombre edifica su percepción de lo sagrado. Lo que parece causar prejuicio en este tiempo es solo “una razón de tamaño”. Entonces se le llama en forma peyorativa “secta” a un grupo minoritario reciente y no a grupos multitudinarios que tengan miles de años de existencia. A todas luces el dilema parece ser de “marketing”.

Un segundo aspecto a considerar es su manifestación geográfica. El problema de las sectas es un tema recurrente “solo en Occidente”, es decir, solo por estas tierras mayormente cristianas monoteístas que vive lo distinto como anomalía y como un peligro para sus intereses de poder. En Oriente es impensable un debate semejante.

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La razón es simple: Oriente está formado desde sus orígenes en la construcción sectaria. Existen miles de ellas, tantas que el asunto es inabarcable y cotidiano. En India, las llamadas “filosofías” crean un sinnúmero de exhibiciones culturales y religiosas: el brahmanismo, el vaisnavismo, el sivaismo, el saktismo, el tantrismo, el jainismo, sin olvidar al budismo en sus diversos caminos, fusionado con el taoísmo o el sintoismo japonés, y así podríamos dar infinidad de patrones, pero no es el caso, ya que solo queremos ilustrar el punto. 

Oriente cimenta su base sacramental bajo el armado de sectas, grandes y pequeñas. Reunirse a los pies del gurú o “swami” para escuchar y seguir una enseñanza religiosa es moneda corriente. Las “Upanisads” (escritos místicos datados entre 800-500 a. C.) hablan de las diversas escuelas de yoga, es más, la misma palabra “Upa-ni-sad” significa “sentarse bajo los pies del maestro”.

Este fin cobra relevancia cuando en el siglo XIX Gran Bretaña ocupó la India y otras porciones de Asía, y el interés tanto académico como divulgativo se inclinó a una indagación de conocimientos esotéricos y oriéntales, considerándolos más atractivos y profundos que las ideas nihilistas y materialistas que se difundían en aquella Europa moderna.   

Como un subproducto del colonialismo, pronto maestros autodenominados “ascendidos” e “iluminados” invadieron la sociedad europea y americana. El sincretismo, como es natural, no se hizo esperar. Empero, independientemente de cualquier valoración, era inevitable que se produjera. Orientalistas trajeron traducciones de textos ajenos, el mismo Arthur Schopenhauer, George W. Hegel y Friedrich Nietzsche se interesaron en ellos. La Teosofía, la Antroposofía, el Cuarto camino y la psicología junguiana se hicieron corrientes amalgamándose con prácticas espiritas como el Tarot y la Astrología. Todo esto dio a luz a lo que fue posteriormente la subcultura “New Age” alimentando las corrientes contraculturales del hippismo. 

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Hoy los conocimientos filosóficos, psicológicos, teológicos y religiosos se entrelazan en discursos de poco contenido, lo absurdo y lo científico se mezclan en un gran caldero de fabulaciones y “doxas” infundadas que, en muchos casos, producen cuantiosas ganancias. Y las grandes religiones tradicionales (o “las grandes sectas”) nada pueden hacer al respecto: o se adaptan a los nuevos tiempos o terminarán por fallecer. A la religión también le llegó su “modernidad líquida”. 

Concluimos primeramente que las sectas, o como quieran llamar a estas experiencias religiosas acotadas, no deberían ser objeto de mayor preocupación, ya que son formaciones innatas del espíritu humano. Ahora bien, cuando abordamos el concepto de “secta destructiva” debemos pensarlo en otro orden. Una cosa es una estructura religiosa que se precie de nueva, sea oriental, occidental o que contenga elementos de ambas y otra cosa es la intencionalidad de un manipulador que padece un “complejo de mesías” a formar un grupo para la concreción de un delito.

Esto puede darse cuando las comunidades adquieren ciertas características poco sanas. En la actualidad ante tristes experiencias la sociología de la religión ha redefinido al fenómeno y ha distanciado a las “sectas” de lo que es una “iglesia” o una “denominación”. 

Según la nueva clasificación la secta consistiría en una agrupación voluntaria cerrada que se automargina y se considera una elite imponiendo bajo las órdenes de un líder un sometimiento absoluto sobre los miembros, pues se excluyen de la sociedad (alejan a las familias) produciendo un control desmedido sobre aspectos íntimos de la vida presentando un fuerte sentido de autopertenencia. En cambio la iglesia, si bien es piramidal, su gran extensión impide un control exhaustivo, y la denominación, aunque es más pequeña no llega a considerarse destructiva ya que posee una organización horizontal, frágil y presenta poca coherencia doctrinal.

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Siempre estará  presente el peligro de que algunos delincuentes, sociópatas, estafadores, megalómanos y embusteros (incluidos asesinos y depravados sexuales) utilicen el fenómeno de la proliferación de las sectas para cometer sus crímenes bajo un andamiaje de disimulo, como es el caso de Sathya Sai Baba, Bhagwan Shree Rajneesh (Osho) o de Aum Shinrikyo envueltos en acusaciones de abuso de menores, planear y llevar a cabo atentados terroristas, malversación de fondos, coacción a sus fieles, inclusive inducción al suicidio masivo como un medio soteriológico. 

Recordemos lo que sucedió con la secta llamada “Templo del Pueblo” bajo el mando de Jim Jones en 1978, o la tragedia de Waco en 1993 en el contexto del culto Davidiano bajo el mando de David Koresh, o los asesinatos llevados a cabo por Marshall Applewhite en 1996 dentro de la secta ufológica Heaven’s Gate donde se quitaron la vida treinta y nueve personas para poder viajar sin sus cuerpos hacia el espacio exterior. 

Las grandes religiones tampoco están rodeadas de un halo de santidad. Si no pensemos en la Inquisición católica, en los horrores nazis conocidos y callados por el Vaticano. De los sacerdotes y pastores pedófilos o del brutal genocidio budista al pueblo chino en la masacre de Nankín. O sin ir más lejos de los atentados atribuidos al fundamentalismo islámico. El delincuente debe ser penado por la justicia según sus hechos, pero no el andamio religioso en sí que es connatural al espíritu social y anímico humano. Por ejemplo, el concepto “política” no es malo de suyo, pero el sistema partidario a manos de un dictador y genocida es fatal. Vayamos a un ejemplo más cotidiano, las redes sociales no siempre son perjudiciales, pero en manos de un enfermo sexual o un terrorista puede causar un desastre. La idea es separar el sistema en su especificidad del hecho delictivo como tal.

Por último y lo más importante: esto requiere hacer un análisis acerca de los valores de nuestra sociedad en cuanto a la constitución de individuos que se precien de seres libres y que se piensen con claridad. Todos los hombres somos finitos y buscamos totalizarnos en el recinto de lo sagrado. La razón es cómo nos relacionamos con esa necesidad natural. La libertad de pensar por sí mismo, de no dejarse seducir por soluciones mágicas, de decidir con justo conocimiento va a ser útil en el caso de que alguien quiera “captarnos” con promesas falaces y respuestas mitológicas; de modo tal que podamos usar nuestras facultades, no para hacer lo que otros nos digan que hagamos, sino para ejercer la crítica adecuada, comprendiendo que la espiritualidad verdadera solo es aquella que promueve la emancipación del ser.