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CULTURA / Historias literarias XIV
domingo 14 junio, 2015

Sainetes de la vida literaria

Entre la vanidad y el cretinismo, queda claro que la literatura suele ser un ejercicio colectivo que se solaza en su propia destrucción de manos de sus artífices. El escritor argentino Edgardo Cozarinsky rescata algunos episodios insignes de la picaresca nacional literaria que nos obligan a aceptar, para perjurio de la gente honrada, que en el infierno siempre habrá un lugar reservado para los plumíferos que la arruinan.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc Perfil

El más tradicional matutino porteño decidió cancelar prudentemente su concurso literario anual después de que en enero de 2008 se viera obligado a anular su reciente dictamen: se hizo público que la novela premiada incluía importantes fragmentos de otra, la tan clásica Nada de Carmen Laforet. Diez años antes, no se había tratado de fragmentos sino de dos cuentos, uno premiado, otro finalista, que parafraseaban al límite de la transcripción dos relatos de Giovanni Papini.
En ambos casos fue un joven lector del diario quien descubrió la superchería que no habían detectado los distinguidos jurados. Entre ellos, la reacción más elegante fue en 1998 la de Jorge Cruz: “Haber premiado a Giovanni Papini no deja de ser halagüeño. Haberlo premiado más de cuatro décadas después de su muerte (pero sus cuentos son muy anteriores) prueba la indiscutible modernidad del múltiple escritor florentino, a quien Borges equiparó a Proteo, el dios griego capaz de infinitas metamorfosis.”
Es interesante que ya entonces el escritor fugazmente premiado alegara: “No es un plagio, es una construcción intertextual”. Una década más tarde, el avance de la teoría fuera del ámbito académico permitió no solo a respetables profesores sino a algunos hombres de letras invocar esa misma noción de intertextualidad para justificar la broma (chasco, en castizo).
Porque de broma se trata. Nadie pudo tomar en serio la declaración del escritor de que el procedimiento buscaba ganar nuevos lectores para Nada, cuando en ninguna parte del texto se mencionaba el título de la novela, ni a su autora. Era a todas luces un intento de ridiculizar al diario y a sus jurados, una irreverencia de adolescente, un rapto de juvenilia.
La intención no era inédita, tenía un precedente viejo de medio siglo aunque en aquel caso la broma no incurriese en posible plagio. En 1960, el mismo diario premió una novela llamada Luz era su nombre. La autora era desconocida como escritora. Después de embolsar el premio, desapareció, por lo menos del mundo literario que hasta ese momento sólo había rozado no precisamente como escritora. Allí estalló la cólera de Estela y Patricio Canto: se declararon los autores de la novela, que habían pactado dividir la suma ganada con la prófuga.
Explicaron a quien quisiera oírlos que habían mezclado elementos susceptibles de gustar a los jurados, cita de Dante para Borges, erotismo para Bioy Casares, exaltación mística para Carmen Gándara, alguna disquisición sobre el destino argentino para Mallea. Este sancocho no hubiese tenido éxito sin el talento, no inferior a la perfidia, de los hermanos Canto. ¿Por qué no presentarla con sus nombres? Sostuvieron que sus simpatías comunistas los hubieran hecho vetar por un diario conservador… La verdad es que procuraban humillar al jurado con la identidad de la autora nominal, ya prontuariada por el chisme mundano. No fue casual que en una encuesta de la revista El Hogar sobre la polémica, Gloria Alcorta se limitara a opinar: “La caída de Occidente”.
En este momento de agitación preelectoral, puede ayudarnos a atravesar su apariencia de realidad la exhumación de un escándalo vetusto. En 1932 se adjudicó el primer premio nacional de literatura, correspondiente a 1929, a Ezequiel Martínez Estrada. Manuel Gálvez se consideró deshonrado por el segundo premio e hizo publicar en La Prensa cartas insultantes a los jurados Carlos Obligado y Jorge Max Rohde. Son dos impagables exabruptos como nuestra amansada vida literaria ya no frecuenta.
Con insólita frescura, Gálvez le reprocha a Rohde no haber cumplido con lo prometido: “Estuvo en mi casa hace quince días sólo para asegurarme que todo estaba arreglado” escribe e, intrépido, publica. Impávido ante el ridículo, agrega: “Mis treinta años de dedicación a las letras, mis veintisiete libros, la importancia de la obra que estaba en el concurso (que ha sido considerada por una cumbre de la literatura mundial como sólo comparable a Guerra y paz de Tolstoi), mi edad, todo lo que he hecho por la cultura del país, todo eso no ha valido nada.” La postdata está a la altura de la misiva: “No se moleste en mandarme padrinos. Soy católico.”
A Obligado lo acusa de “desagradecido, porque a mí me debe el ser académico”, de “cobarde ante el mulato perverso de Lugones, porque usted no puede creer que merezca el premio un poeta de segundo orden, sin personalidad, sin obra y sin prestigio. Lugones tampoco lo cree, pero el miserable es mi enemigo desde hace veintinueve años.” Acusa y delata: “Y es usted también un falso porque a Fingerit y a otras personas les aseguró que votaría por mí.” La postdata reitera la profesión de fe enunciada en la otra carta. En ambas amenaza con la publicación de un folleto (“será algo terrible”) donde denunciará al jurado por esta “escandalosa vergüenza”. En ambas, también, la firma está precedida por un “lo desprecia profundamente”.
En su mejor vena, Lugones, miembro del jurado culpable del agravio, responde en La Prensa con un texto titulado Un ataque de tontícolis (sic). En él empieza por aclarar que “el doctor Gálvez es un escritor de segundo orden, tal cual el fallo del jurado lo establece.” Revela luego que el ofendido autor ha gestionado el premio Nobel “con menor éxito” y con una anécdota histórica desautoriza “a los católicos que no se baten”. Concluye: “Espero, pues, con la tranquilidad a que los escrúpulos religiosos del doctor Gálvez dan derecho el panfleto que nos anuncia. Lapidario, en el sentido fúnebre que autoriza este suicidio moral, estoy cierto de que ha de ser tan aburrido como sus letras.”
Evidentemente, el gran teatro del mundo tiene un escenario reservado para la vida literaria.


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