sábado 26 de noviembre de 2022
CULTURA LIBRO / ADELANTO

Trayectos epistolares

En tiempos en que la vigencia y la permanencia de una obra se relacionan directamente con su capacidad de producir archivo, las cartas entre el traductor Enrique Pezzoni y el filólogo Raimundo Lida permiten reconstruir una porción vigorosa de la historia de la edición argentina del siglo XX. Escriben Daniel Link y Miranda Lida.

13-11-2022 02:10

En Autorretrato en el estudio, Giorgio Agamben nos regala una fórmula: 

Querría, no obstante, que una cosa surgiese con claridad: que soy un epígono en el sentido literal de la palabra, un ser que se genera solo a partir de otros y nunca reniega de esta dependencia, vive en una continua y feliz epigénesis. 

A su manera, Analía Gerbaudo ha colocado a Pezzoni en relación epigenética con Borges: “En las recurrencias de Pezzoni [sobre la obra de Borges], en sus insistencias, es posible descubrir el sentido de su trabajo”. Y, a mi manera, yo he subrayado en otra parte mi relación epigenética con Enrique, quien fue no solo mi maestro sino el testigo mudo y el crítico más feroz de todo lo que hago y escribo. 

Pero... ¿cuál Enrique, cuál Pezzoni? ¿El que escribe estas cartas, el que yo conocí, el que se deduce de sus artículos o de sus clases? 

La epístola (y la disciplina con ella asociada, la epistolografía) revela aquí su importancia por varias razones. Por un lado, constituye la materia prima de un archivo que a veces completa una “obra” y otras veces nos obliga a considerarla en una dirección radicalmente nueva. Esa oscilación entre la estabilización y la desestabilización de determinados principios de lectura es correlativa de la transformación en su espacio del sujeto de lo sólido y lo pesado (las propiedades homogéneas y constantes de la “obra”) a un sujeto de lo liviano e incluso de lo líquido (lo que se derrama en diferentes direcciones hasta que encuentra su cauce). Lo sólido parece cancelar el tiempo en la medida en que lo atraviesa, perdurando. Las cartas (como las entradas de un diario personal) tienen fecha, y están atadas a una contingencia, o un momento de peligro del relato: lo que será nunca se sabe bien del todo en el momento de escribir una carta. Un poeta que Pezzoni leyó mejor que nadie supo decir: “Yo soy aquel que ayer nomás decía”, y en ese juego de pronombres y de tiempos verbales lo que se afirma no es la continuidad del self sino la contingencia, no la identidad sino el sucederse a sí mismo en otra parte. 

Cuando Miranda Lida me acercó la idea de publicar las cartas de Enrique a su abuelo Raimundo, abracé de inmediato el proyecto, no tanto porque me permitiría contestarme esa pregunta más bien íntima (¿es el mismo que yo conocí?), sino porque las cartas de Pezzoni son un testimonio riquísimo sobre las relaciones entre literatura y política y sobre la transformación de una disciplina, la filología, que Miranda Lida examinará en el posfacio de este volumen. Dibujan, también, un jardín de senderos que se bifurcan. 

A esta primera entrega, que recupera las cartas de Pezzoni a Raimundo Lida entre 1947 y 1972, seguirá otra, con las cartas de Pezzoni a Alberto Salas entre 1970 y 1972 y un tercer volumen, con sus cartas a Victoria Ocampo. La última carta recogida en este volumen encuentra al Pezzoni público que la mayoría recuerda, en el lugar en el que yo lo conocí: 

Como usted verá, hemos progresado mucho en el Instituto [Nacional Superior del Profesorado]: hasta tenemos papel con membrete. Estoy muy contento enseñando en el Instituto. Es un ambiente donde se trabaja bien, todavía al margen de los disturbios estudiantiles y las perplejidades de la Universidad. E ignoramos a fuerza de buena voluntad los inconvenientes (la falta de Enrique Pezzoni. Raimundo Lida // 9 libros, los sueldos bajos, la necesidad de repetir clases). /Carta 34/ 

Ese emplazamiento (laboral, afectivo y político) había comenzado a insinuarse un poco antes, y así lo sabemos por una carta a Alberto Salas: 

He recibido una carta de López Llausás. Me anuncia la renuncia (perdón por la aliteración) de Vidal Buzzi y me pide que entre a trabajar en Sudamericana, que me necesita (como asesor y con el horario que quiera). Por otro lado, me ha escrito Aída Barbagelata para ofrecerme doce horas de cátedra en el Instituto. No sé qué hacer.

Lo que supo hacer Pezzoni ya lo conocemos: aceptó (luego de muchas idas y vueltas) trabajar en Sudamericana y en el Instituto del Profesorado.

...

29 de junio de 1947 

Mi querido Sr. Lida: 

Hace unos días, al regresar de una de mis guardias (veinticuatro horas de cuartel), hallé una carta suya que me ha vuelto a la vida y me ha reconciliado un poco con el mundo. Ahora le escribo, con el ánimo encogido, en vísperas de otra guardia que sin duda pasaré entre jugadores y borrachos. ¡Ay, yo no tengo espíritu guerrero, y la tradición de las armas no me parece tan bella y sagrada como al marqués de Bradomín! 

¿Sigue Ud. alentando a los toros mexicanos? Aquí no tenemos toreros pero sí quienes emplean “gaoneras y chicuelinas estatuarias” y lanzan “derechazos de escándalo” con gran regocijo de la multitud. Y también aquí vencen los toros, porque suelen verse brazos rotos, y muslos sangrantes, y muertos, y descuartizados a granel. Mientras tanto dos fieros representantes se lanzan blandamente las balas de sus temibles pistolas. Ya ve Ud. que seguimos divirtiéndonos. 

¿Todavía lo abruman las tareas pequeñas? Todos nosotros muy deseosos de ayudarle. Yo no pierdo las esperanzas de admirar el paisaje mexicano y de aplaudir al “che Rovira”, aunque tenga que viajar en tren o en “camión”, y deba contentarme con 75 pesos mensuales, y me dé el paludismo. 

Con Andrés Vázquez me veo muy a menudo. Por cierto que me ha dado muchísima pena verlo tan abatido por la muerte de su niña. Ya le habrá dicho él que del libro de Vossler esperamos un juego doble de pruebas de página. Así podrá ver Elsa Tabernig uno mientras yo leo el otro y termino el índice. 

De Luis Jaime Cisneros no he sabido nada, aparte que está aún en Río de Janeiro y que tal vez regrese pronto. Seguiré preguntando por él. Mientras tanto, sus compañeras no tienen noticia del libro francés sobre [Herman] Melville. 

La Srta. Rubín ha hablado ya con Andrés Vázquez acerca de la doble traducción de las Literary Currents. Creo que nada ha averiguado, excepto que Losada está furibundo, y que ha sido la promotora de la traducción mexicana, no sé si desconociendo la argentina. 

No he podido ver aún a Victoria Ocampo. Me dicen que está nerviosísima por los cambios de Sur (sabrá Ud. que a E[rnesto] Sábato [sic] lo sustituyen [Jorge Luis] Borges y [Arturo] Sánchez Rivas), y que, para colmo, un incendio le ha destruido en San Isidro media biblioteca. 

Mi horario de cuartel se ha reducido bastante. He procurado salir del letargo –¡qué huellas habrá dejado!– y me he puesto a trabajar. Sobre Ibsen-Anderson he escrito al fin una muy mala nota y no sé qué hacer de ella. Con [William] Wordsworth y [Samuel Taylor] Coleridge las cosas marchan mejor. ¿Cree Ud. que podrá publicarse la traducción de las Lyrical Ballads, con notas y precedidas de un estudio? [Carlos] Frías, que le retribuye los saludos, es muy amable conmigo. Me dice que ha contraído con Ud. el sagrado compromiso de no perderme paso. Se lo agradezco a Ud. y espero que a él no le resulte muy pesado el compromiso. Hemos pensado también en la adscripción a la cátedra de Lit[eratura] Septentrional, si es que el año próximo estamos en el Instituto, él y yo en pie todavía. 

El Dr. Orfila Reynal me ha enviado ya esos hermosos folletos con las fotos de Don Pedro Henríquez Ureña. 

Sabe Ud. que espero ansiosamente noticias suyas. Die Gnade unseres Herrn sei mit euch! 

Lo abraza 

Enrique Pezzoni

 

6 de octubre de 1947 

Mi querido Sr. Lida: 

Celebro que Nueva Orleáns lo haya acogido como a una divinidad poderosa, aunque las víctimas elegidas para el sacrificio no hayan sido más que ventanas y letreros luminosos. Y espero que la imperial Méjico no haya tributado a su familia un homenaje tan vehemente; mansa y hermosa, coronada de violetas, como Atenas, habrá desvanecido todas las presunciones de su señora. ¿Y los niños? Supongo que el paisaje mejicano ya habrá inspirado a Fernando, y que el cielo no habrá acuciado sus ímpetus astronómicos. ¿Y Clarita? Me la imagino encaramada al Teocal[ll]i de Cholula, entonando (ya sin desentonar) un himno a Quetzalcoatl con música de Beethoven. 

¿Cómo ha encontrado El Colegio [de México] a su vuelta? Le he dicho a Andrés que [Federico de] Onís le ha enviado la misma bibliografía que él encontró en su escritorio, y sin querer le turbé un poco la alegría, pues estaba muy orgulloso de haberle resuelto una dificultad que creía insalvable. 

Los líos de aquende siguen en su apogeo, mucho más enmarañados que los del Colegio o que los caprichos de Onís. A propósito, ¿de veras no encuentra Ud. semejanza alguna entre la famosa María Pérez Balteira y nuestra no menos famosa María E. de P.? Hace poco me acordaba yo de las palabras con que se burlaba Pero da Ponte al volver la soldadera de cumplir su voto de cruzada: “Ya nuestra cruzada María Balteira vino de Ultramar, tan cargada de indulgencias que no puede con el peso tenerse derecha. Las indulgencias debían guardarse con cuidado, como algo muy precioso, pero la maleta de María Pérez no tiene cerradura, y los mozos del lugar se la trastornan a cada momento, hurtándole las indulgencias, y todas las perdió como cosa, al fin, mal ganada”. 

El Instituto del Profesorado ha dado otro tumbo hacia el desastre con la partida de María Rosa Lida. [Julio] Caillet-Bois se ha hecho cargo de la cátedra de Literatura Castellana. En la de Griego la reemplaza Blanca Saager, egresada en 1944 del Instituto. Por cierto que esta sustitución le ha parecido muy mal al benemérito Casani [sic], porque, según le dijo a María Rosa misma, “el Instituto ha perdido toda su seriedad desde que se han metido en él las mujeres”. Tales palabras nos han sorprendido mucho en su boca, porque ahora las gentes de su laya se han puesto a cantar loas a la mujer, y especialmente a una mujer. Hace unos días, al sancionarse el voto femenino, un diputado lanzó en el Congreso un discurso increíble, y en él, después de ponderar las ventajas que El libro de doña Petrona tiene sobre La casa de Lúculo o El arte de comer, escrito por un hombre, rinde homenaje a Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Juana de América (dos nombres y una sola poetisa verdadera para el Sr. diputado: Juana de Ibarbourou y Sor Juana Inés) y María Rosa Lido [sic], “por sus altas especulaciones en la filosofía del lenguaje”. 

María Rosa ha mandado a Andrés unas cartas divertidísimas desde los Estados Unidos. Al llegar a New York Américo Castro la lanzó a un tren social vertiginoso, amenizado con arengas terribles acerca de “lo perdido que está el mundo en general y Leo Spitzer en particular”. 

Parece que don Américo [Castro], furioso a causa de su libro, se queja con toda naturalidad de que Losada no tome un empleado especial para atender su correspondencia. 

Desde Cambridge [Massachusetts] María Rosa envía regularmente a Andrés minuciosos relatos de sus almuerzos (de pavo relleno casi siempre), de sus cenas en la Episcopalian Society, de sus extravíos (pérdida de orientación) por unas calles endiabladamente sinuosas, pero llenas de perfumes y de claros de luna, y hasta de unos bailes a que ha debido asistir forzosamente. Por desgracia no faltan las malas noticias: la señora [Joan Evans] de Alonso tiene para unos cuantos días más de sanatorio, todavía delicada a causa de su congestión pulmonar. 

El Instituto de Filología está tétrico, parece un cementerio de ciencia momificada. En cuanto entra uno en él le pesa en el alma el silencio de las ausencias y el de algunas presencias, ay, tan desagradables. Los únicos que mantienen allí la llama de la vida son Andrés (con muchas ganas de irse, a pesar del aumento de sueldo) y Daniel Devoto, que vierte todos sus ácidos y corrosivos sobre la pobre almita del nuevo investigador, ese italiano estudioso de la lírica provenzal. De vez en cuando aparecen fugazmente el leve Battistessa, cada vez más parecido a doña Rosita la soltera, y el grave [Enrique] François, que provoca en Andrés unos impulsos irresistibles de deformarlo a trompadas. Pero por ahora se reprime, y se divierte pensando en la cara que pondría usted al saberlo, si lo hiciera. 

–¡Por fin han llegado las primeras pruebas [de imprenta] del Vossler! Tenemos con Andrés algunas dificultades con los títulos y subtítulos, pero ya las venceremos. En cuanto lleguen las pruebas de página se las mandaremos a Elsa Tabernig. 

–De mí mismo no tengo mucho de interesante que contarle: la Libertad exoptatisima que no llega y my poor tantalized spirit que se retuerce esperándola. Y fuera del cuartel ¡es todo tan desalentador! Tiene uno que olvidarse de muchas cosas, y acordarse de usted, para animarse y ponerse a trabajar sobre Wordsworth-Coleridge. 

La señora de [Hertha] Langsdorff, la amiga de [Ángel] Rosenblat, a cuyo hijo enseñaba yo español, está empeñada en traducir conmigo algo del alemán y me ha propuesto nada menos que el Shakespeare de Gundolf. Le he propuesto la correspondencia de [Friedrich] Hölderlin con [Susette Gontard] Diotima, pero no he podido dar con el texto. Estamos pensando en otra cosa.n

Un gran abrazo de Pezzoni 

* Extracto de Correspondencia (EDUNTREF, 2022)

 

 

Papeles de trabajo

Miranda Lida 

Esta edición transcribe el epistolario que se conserva de Enrique Pezzoni y Raimundo Lida, provenientes de los repositorios archivísticos vinculados a este último. Por ello, se trata mayormente de cartas escritas por Pezzoni, dado que de Lida solo se conservan unos pocos borradores de cartas o, excepcionalmente, alguna copia mecanografiada. Se trata de un corpus de 36 documentos de diferente tenor y procedencia. Las primeras 34 cartas provienen del Archivo de la Biblioteca Pusey de la Universidad de Harvard, Massachusetts. Se incluyen en este lote unos pocos borradores de Lida a Pezzoni. Los dos documentos incluidos como apéndice fueron cedidos para esta edición por los responsables del archivo de Raimundo Lida en El Colegio de México. En este último caso, se trata de dos cartas de recomendación que hizo Lida en favor de Pezzoni. 

Cada carta va precedida de la indicación archivística correspondiente y de una breve descripción general. Se mantiene la distribución en párrafos tal como se presenta en los originales. Los subrayados en las cartas fueron trasladados a cursiva. Se añadieron las cursivas que, según el uso actual, se consideran necesarias cuando se trata de palabras en otros idiomas, títulos de publicaciones, etc. Se corrigieron errores mecánicos de escritura manuscrita (ausencia de una cursiva o tilde, inconsistencias en la puntuación, etc.) y posibles erratas. Las notas al pie de los propios corresponsales son reproducidas entre paréntesis, seguidos de un asterisco. Las notas al pie que siguen criterio numérico corresponden al aparato crítico de esta edición y tienen por objeto proporcionar al lector información precisa para su comprensión contextual. Se introducen corchetes para ampliar sobreentendidos o datos faltantes. 

Agradecemos la disponibilidad que nos prestaron en la biblioteca Pusey de la Universidad de Harvard y en El Colegio de México para obtener copias digitales de los documentos. Clara E. Lida también nos ayudó con las gestiones. Quedamos sobremanera agradecidos a Angú Vázquez, hija de Andrés Vázquez, que tantos vasos comunicantes tuvo con los dos interlocutores de este epistolario, porque nos facilitó las cartas de Enrique Pezzoni a Alberto Salas que se citan en algunos pasajes de este volumen y, además, valiosa información que enriqueció el aparato crítico que acompaña este epistolario. Last but not least, agradecemos la colaboración de Maia Karagozlu y Mauro Lazarovich, quienes gentilmente nos ayudaron con la tarea de organizar y transcribir los documentos.

Nota preliminar sobre la presente edición.