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CULTURA / Lux Lindner
domingo 25 agosto, 2013

Trazos de una sinfonía discordante de sentidos

Erudito, obsesionado con la historia y la literatura locales y sobre todo con la música, los dibujos de Lindner son crónicas de su tiempo y de la argentinidad, procesadas y codificadas a través de su vocabulario visual imaginativo, desaforado y particular. Tomando códigos del dibujo técnico, clásico de Bellas Artes y de los cómics alternativos, su última muestra tiene la potencia de una ópera wagneriana.

por Redacción Perfil

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Cuando Polonio ve que el balbuceo supuestamente irracional de Hamlet tiene sentido dice que hay método en su locura: “Es posible que lo que padece el príncipe sea locura, pero hay método en ella”. La racionalidad aparece así como un límite de la sinrazón. Es una forma de darle al mundo un sentido, pero no el sentido que la mayoría social considera “común” o compartido, sino un sentido propio. A su manera, Hamlet es un artista. Imagina sentidos que aún no se han vuelto populares. (De manera similar, Mallarmé imaginaba al poeta como el que inventa las nuevas palabras de la tribu; aquellas que, una vez puestas en circulación, dejan de ser “poéticas” y se vuelven “comunes”). La muestra Tráiganme la cabeza del ecualizador wagneriano, de Lux Lindner (Buenos Aires, 1966) también trabaja sobre la racionalidad (y la locura o sinrazón) del sentido del mundo, vista a través de tres ejes: la música (en especial, la ópera wagneriana –y, aun más precisamente, Lohengrin–), la construcción de la heterosexualidad masculina (si es que eso fuera posible) y el sentimiento alienígena (o de cómo Gregorio Samsa devino coleóptero).

En esta muestra, Lindner presenta buena parte de su última producción sobre papel en diálogo con algunas obras realizadas en los 90 (Luca, de 1990, y Funcionario, de 1992) y otras pocas hechas en tinta sobre papel vegetal durante su estadía en Suiza en los primeros años del presente siglo. Los tres ejes que articulan el recorrido “conceptual” de esta muestra funcionan además como esas paralelas que se juntan en el infinito (aunque aquí el infinito es el pequeño espacio de la galería). Las obras, puestas en diálogo, conforman una especie de sinfonía de sentidos. Una sinfonía discordante, estructurada en base a ecos: reiteraciones que disienten.

Es notorio que Lindner piensa luego de dibujar (o mientras dibuja, pero no a priori). Cada dibujo parece ser el mapa de un pensamiento, pero el pensamiento aparece a posteriori del trazo. No son ilustraciones de ideas, sino que son productores de ideas: de la mano a la imaginación, del trazo al entendimiento.

El segundo eje de la muestra, el de la construcción de la heterosexualidad masculina, se representa en la lucha simbólica entre diversas formas de naves. Los heterosexuales se representan como viejos aviones de la Segunda Guerra Mundial y los homosexuales son naves intergalácticas, que permiten viajar a otros mundos. Desde sus primeras obras, Lindner mostró su interés por una utopía desvencijada: el industrialismo desarrollista del primer peronismo transformado en un plan quinquenal estalinista.

El tercer eje es el de una sensación de extrañeza radical: el hombre que se despierta en su cama y descubre que se ha convertido en coleóptero. Lindner no habla en estos términos, pero la obra que produjo en Lucerna a comienzos del siglo XXI remite al Samsa kafkiano. La sensación de alteridad radical (sentirse un alienígena en su casa) es, primero, una extrañeza, pero también, a posteriori, una estrategia: al devenir otro, el insecto (el alienígena) logra zafar de lo que lo apresaba. A Gregorio Samsa lo oprimía una familia que sólo lo tenía en cuenta en tanto proveedor, a Lindner, un matrimonio suizo: una naturaleza “contenida” por la cultura. Una naturaleza domesticada.

De todo eso escapa el artista: del cisne, del signo, de ser visto como alienígena, de la ópera, del rock, de ser macho, de no serlo. Lo que dibuja Lindner es una fuga (entendida en todos los sentidos de esta palabra; incluso, los musicales).


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