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DEPORTES / opinión
domingo 15 septiembre, 2019

Diego, el eterno retorno

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por Agustín Colombo

A los 59. Tal vez sean los últimos aplausos que reciba. Foto: ap
domingo 15 septiembre, 2019

Desde hace mucho, la vida de Maradona entró en una noción de tiempo circular, una repetición cíclica asociada a la imagen del eterno retorno. Podría hacerse un ensayo borgeano sobre Diego y el tiempo. Diego siempre vuelve. Siempre se reinventa. Y en esa reinvención permanente ahora apareció Gimnasia, un club que desde hace 10 días vive el desborde más feliz que recuerden sus hinchas.

Quedó un poco eclipsado por la Selección de básquet, pero Maradona volverá hoy, 22 años después, a una cancha argentina como protagonista en un club. Lo último fue como jugador en Boca, en 1997. Todavía era capaz de algunos destellos de magia. Luego llegó el infierno, la parca golpeando la puerta, la resurrección cubana, La Noche del 10, su trance como DT de la Selección, el exilio árabe y México como frontera.   

A punto de cumplir 59 años, prohibido durante mucho tiempo por sus viejas rencillas, Maradona sabe que probablemente esté ante una de sus últimas oportunidades de recibir la ovación y los aplausos dentro de una cancha argentina, aunque sea como entrenador. 

La edad de Diego coincide con la última curva de los ciclos de técnicos. De hecho, en la Superliga sólo hay dos más viejos que él: Ricardo Zielinski (casi 60) y Julio César Falcioni (63). Para las plaquetas y los títulos honoríficos quizás haya más tiempo. Para estar en el centro de la escena, como estuvo siempre, lo de hoy. Gimnasia le posibilitó eso y no es poco: que el jugador de fútbol que más alegrías nos dio tuviera un reconocimiento en vida.

Diego ya no es el pibe de oro. El Pelusa. Está viejo y se nota: con dificultades para hablar y para caminar, medicado por diferentes razones, el Diego DT de Gimnasia ya no regala las ocurrencias de otros tiempos. Todo lo contrario: por ahora ofrece lágrimas de emoción. Cuando sale del túnel, cuando viaja en el carrito, cuando conoce el predio de Estancia Chica, cuando le pregunta un periodista, cuando le pregunta su amigo Ruggeri, Diego llora. Y a diferencia de lo que le ocurría en sus otras vidas, cuando decía que no había que llorar (en el increíble especial de 10 horas sobre el 10 que emitió TyC Sports recordaron cuando visitó el programa Agrandaditos para sorprender a un nene y, al verlo, el nene lloraba y se decía a sí mismo: “No tengo que llorar porque a Diego no le gusta que lloren”), esta vez no tiene problemas en exponerlo: Diego volvió a su país, volvió a disfrutar de entrar a una cancha llena y su vida le debe pasar como un loop. Por eso recuerda a su vieja, a su viejo, por eso queda anclado en sus viejas hazañas. Por eso llora, en definitiva. Porque está sensibilizado. Porque busca reconocimiento. Porque sabe que pueden ser las últimas caricias, los últimos aplausos dentro de una cancha.

No nos perdamos esta posibilidad y digamosle gracias. Disfrutémoslo. No vaya a ser que la noción del eterno retorno algún día termine y después nos lamentemos.


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