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opinión

Selección, estadios e identidad

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Monumental. Es el escenario histórico del seleccionado. | afp

No entiendo por qué Tapia, Riquelme, y hasta tal vez los jugadores, se empecinan con que la Selección juegue en la cancha de Boca (en este caso el amistoso-despedida contra Guatemala el 31 de marzo). La cancha de la Selección es la de River. La de Boca es para Boca. Solo para Boca. Porque, de hecho, la historia de Boca con la Selección es compleja, cuando no tortuosa. Boca fue bicampeón en 1976, y campeón de la Libertadores en el 77 y 78. Sin embargo, en el Mundial 78 no hubo un solo convocado de Boca (Tarantini podría ser el único, pero ya no pertenecía a Boca, había quedado libre). Pedro Killer, suplente de Passarella, ¿era tan superior a Mouzo? Obviamente, no. Podría dar muchos ejemplos más, y siempre terminaría con la poca pertenencia de Boca a la Selección. Por supuesto, está Maradona, y con eso alcanza y sobra, pero siempre el hincha de Boca sintió mayor lejanía con la Selección que el de River.

Para el hincha de Boca, que la Selección juegue en su cancha no es un honor. Al contrario, es un contratiempo. Pero el de River sí siente orgullo. La de River es la cancha donde se jugó la final del 78, donde la Selección jugó sus más importantes partidos de las diferentes eliminatorias, y donde, seguramente, se jugará el partido que le tocará a Argentina en el mundial 2030.

En lugar de invitar a la Selección, lo que tiene que hacer Boca es saber qué hacer con su cancha. La distancia que hay hoy entre la cancha de River y la de Boca es inmensa. Mientras la de River no para de modernizarse sin perder su esencia (un estadio inmenso, actualizado, pero frío), la Bombonera es solo esencia: no tiembla, late (más allá que, desde hace años, cualquiera le gana a Boca en la Bombonera, empezando por el paupérrimo Alianza Lima). Pero se hace imprescindible, manteniendo su esencia, agrandar el estadio. Riquelme lo viene prometiendo desde hace años, pero todavía no presentó un proyecto formal. Ahora dicen que viene en serio con ese tema, veremos si esta vez es cierto. Una parte del macrismo, negocios de por medio, quiere construir una cancha nueva, a unas cuadras. Es, como de costumbre en el macrismo, no entender nada. Cualquier proyecto de ampliación y modernización tiene que ser en la vieja Bombonera.

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Este no es solo un momento oscuro de Boca en lo futbolístico, es, si todo sigue así, la víspera de una decepción, la decepción con Riquelme. Me parece que él piensa que con su idolatría, que no menguó un ápice, le alcanza para ganar las próximas elecciones. Tal vez sea cierto. Riquelme es una de las personas que más saben de política en Argentina (a esta altura empiezo a pensar que sabe más de política que de fútbol). Hace años que Boca no juega a nada, no tiene técnicos adecuados y, sobre todo, no tiene un proyecto. Va a los ponchazos, como a los ponchazos aparecen (y desaparecen) los proyectos para modernizar la cancha. Todo esto empieza a hartar.

Entre tanto, el 31 el astro de Miami pisará, probablemente por última vez, una Bombonera que sobreactuará la pasión por la Selección mientras que, por dentro, Boca reza con no quedar eliminado en la primera fase de la Copa Libertadores.