La historia económica argentina de las últimas décadas no puede contarse sin la presencia del economista cordobés Domingo Felipe Cavallo, cuya palabra tuvo el poder de transformar la vida cotidiana. A partir de su rol como ministro de Economía bajo Carlos Menem y luego con Fernando de la Rúa, no solo diseñó la arquitectura financiera que rigió al país durante más de una década, sino que también construyó un léxico propio que se filtró en la mesa de los argentinos.
Así, sus frases no fueron simples comentarios, sino que funcionaron como herramientas, capaces de dictar el ritmo del consumo, los ahorros y la confianza:
"Mándelos a lavar los platos"
La frase que más resonó ocurrió en septiembre de 1994, cuando le dijo a la socióloga del CONICET Susana Torrado que debía 'lavar los platos'. Aunque, lejos de ser solo un desplante misógino, la frase simbolizó la tensión entre el modelo de ajuste fiscal que promovía Cavallo y las demandas del sector científico, que en aquel momento denunciaba una caída sostenida de salarios reales y condiciones laborales precarias.
Al momento, el CONICET contaba con aproximadamente 5.000 investigadores activos, muchos de los cuales se sintieron directamente afectados por la política de congelamiento de cargos y recorte de becas que impulsaba el ministerio. Esta postura de Cavallo dejó en claro que el conocimiento académico era visto como un gasto prescindible si no se alineaba con la eficiencia económica, anticipando fenómenos posteriores como la fuga de cerebros, que entre 1995 y 2001 llevó a centenares de investigadores y profesionales argentinos a emigrar en busca de mejores oportunidades y reconocimiento.
De hecho, para Cavallo, la macroeconomía era una ciencia exacta, y cualquier cuestionamiento social o reclamo sectorial se interpretaba como un obstáculo al progreso, dejando en evidencia el choque entre la lógica técnica del ministerio y la realidad social de un país que comenzaba a mostrar tensiones estructurales.

"Uno a uno"
El concepto de "uno a uno", que igualaba el peso argentino al dólar estadounidense, fue la frase más icónica de la gestión de Domingo Cavallo. Aquella política, implementada en 1991 durante su primer paso por el Ministerio de Economía, detuvo la hiperinflación de los años 80 y principios de los 90, estabilizando los precios tras décadas de crisis crónicas y permitiendo a la sociedad planificar viajes, consumos e inversiones con confianza en la moneda local. La paridad se percibió como un logro histórico, impulsando la entrada masiva de capitales extranjeros y facilitando el acceso a bienes importados.
Sin embargo, lo que comenzó como un símbolo de éxito pronto se convirtió en una trampa de liquidez, ya que el sistema económico dependía excesivamente del dólar y de la confianza externa. A lo largo de su regreso al Ministerio en 2001, Cavallo implementó el corralito, asegurando que la medida no era una confiscación sino una "protección al ahorro", pero la percepción de los ciudadanos fue opuesta: los recursos quedaron bloqueados, generando un descontento social sin precedentes, que derivó en protestas masivas, saqueos y la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, marcando uno de los episodios más traumáticos de la historia.
"¡Yo no soy un ignorante!"
En un debate televisivo en 2001, un Domingo Cavallo visiblemente desencajado pronunció esta frase para defender su gestión ante los cuestionamientos sobre la implementación del corralito y la caída del PBI, que ese año se desplomó un 10,9%. El grito quedó registrado en la memoria colectiva, simbolizando la tensión extrema de un funcionario que veía sus políticas técnicas confrontadas. Al momento, más de 2 millones de argentinos tenían sus depósitos restringidos por el corralito, mientras el desempleo superaba el 18% y la pobreza alcanzaba el 50% de la población, cifras que reflejaban el colapso estructural que la sociedad vivía.
Sin dudas, el impacto psíquico de la frase fue doble: para los economistas y técnicos del sector público, reflejaba la frustración de quienes consideraban que la realidad social no se ajustaba a sus modelos matemáticos; para la ciudadanía, fue la imagen de la desconexión emocional de un ministro frente a la caída del país. La frase trascendió lo personal y se convirtió en un símbolo de la brecha entre política y sociedad, encapsulando la sensación de impotencia y desconcierto de millones.

"La Argentina es un país donde no se puede evadir"
En su gestión en los años 90, Domingo Cavallo utilizó esta frase para justificar la bancarización obligatoria de ingresos y la implementación de controles fiscales y financieros estrictos. El objetivo era equilibrar las cuentas públicas sin devaluar el peso y mantener la paridad uno a uno con el dólar. Bajo su dirección, se establecieron medidas que obligaban a declarar movimientos financieros, retenes sobre pagos y un seguimiento minucioso de los depósitos, generando que millones de argentinos sintieran que sus operaciones cotidianas estaban permanentemente bajo vigilancia.
Simultáneamente, mientras el ministro reforzaba la imagen de un "superministro" controlador, el sistema financiero se volvía cada vez más frágil. La fuga de capitales de grandes empresas y grupos económicos superaba los 10.000 millones de dólares en 1999-2001, debilitando la estabilidad que buscaba sostener.
Aquella dinámica generó una sensación de injusticia: los pequeños ahorristas estaban sujetos a controles y restricciones, mientras que los actores con mayor poder económico podían mover fondos libremente, anticipando el clima de descontento social y desconfianza hacia las instituciones que culminaría en el estallido.

MV