El Gobierno del presidente Javier Milei transita a comienzos de 2026 una estabilidad macroeconómica transitoria que le permitió avanzar en reformas, con inflación en baja y recomposición de reservas, en un contexto de oposición fragmentada y sin liderazgos claros. Ante ese escenario, el politólogo Sergio Berensztein analizó en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) las dos “i” —inflación e inercia política— que explicaron el éxito inicial del oficialismo, pero que hoy resultan insuficientes para responder a las tensiones sociales, productivas y de empleo que empiezan a emerger, en un escenario político y económico más exigente.
El analista político argentino, sociólogo y consultor, Sergio Berensztein, cuenta con presencia frecuente en medios de comunicación y debates públicos sobre política local e internacional. Se desempeña como doctor en Sociología (Universidad de North Carolina at Chapel Hill), magíster en Ciencias Sociales (FLACSO) y licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Además, dirige la consultora Berensztein®, especializada en análisis político, opinión pública y estrategia.
Estamos viviendo un prolongado verano político de Milei o, como le ha sucedido a muchos otros, el tercer año aparece como un punto de inflexión.
El gobierno disfruta en este comienzo de 2026 de un veranito financiero y político. La Argentina, después del terremoto económico y financiero del año pasado, atraviesa una etapa mucho más estable, y eso le permite al oficialismo capitalizarla políticamente. Todo ocurre en un contexto posterior a las elecciones, que dejó a la oposición confundida, como después de un knock out, todavía tratando de entender por dónde avanzar. Esto se da, a pesar de que la imagen del presidente no es alta y de que la confianza en el gobierno resulta bastante mediocre. También persiste la preocupación social por el contexto económico actual y por lo que el país puede enfrentar en el año.
Lo que llama la atención no es tanto que al gobierno le vaya bien o que disfrute este veranito, sino que, al menos hasta ahora, la oposición ha sido incapaz de capitalizar esa tensión creciente, no solo, pero sí fundamentalmente, en materia económica. Aquí hay dos puntos para subrayar. El gobierno respondió con eficacia a demandas centrales de la sociedad argentina hacia 2022, en particular la inseguridad y la inflación.
Sin embargo, no está respondiendo de la misma manera —o directamente está ignorando— las nuevas demandas que empiezan a emerger. Son reclamos vinculados, en gran medida, a los propios logros del oficialismo. Por ejemplo, la baja de la inflación convive con tensiones en el empleo y en el consumo. Es solo un ejemplo entre otros. Se trata de un debate que recién comienza: por dónde debe entrar la oposición, cómo construir narrativas, programas y propuestas, antes incluso de definir los liderazgos capaces de sostener un proyecto creíble.
En ese sentido, muchas personas señalan que un programa de dólar barato siempre fue exitoso en términos electorales. Lo fue incluso al comienzo, con el apoyo que tuvo la dictadura en sus primeros años, y también durante la convertibilidad. Un dólar barato no solo gana elecciones, sino que lo hace porque, al abaratar su precio, y dado que la mayoría de los comestibles son productos exportables, esos bienes se vuelven más accesibles.
Con un peso sobrevalorado, los salarios medidos en dólares terminan siendo más altos, la relación entre la deuda externa y el producto bruto se reduce y se genera una ilusión que, tarde o temprano, termina mal. Así ocurrió en los años 80 con aquella frase, “el que apuesta al dólar pierde”, y también con la convertibilidad, más allá de los esfuerzos de Domingo Cavallo por reactivarla antes de su caída.
A partir de allí aparecen dos teorías. Una sostiene que no hay dos sin tres y que esta será la tercera experiencia, que en algún momento se volverá insustentable, aunque hoy genere ventajas para una parte importante de la población, como una mayor capacidad de consumo de ciertos productos, incluso a costa de la desventaja de un tercio de la sociedad. Según esta mirada, más temprano que tarde el proceso terminará como en las dos experiencias anteriores. La otra teoría plantea que la tercera es la vencida y que esta vez será diferente, porque ahora existe superávit fiscal, algo que no ocurrió en los casos previos, y porque se proyecta un horizonte, a tres, cuatro o cinco años, con un flujo de recursos vinculado a Vaca Muerta, el cobre, el litio, las ventajas competitivas de la Argentina en la industria del conocimiento y una capacidad agroexportadora en expansión. Si hubiera que apostar por uno de los dos escenarios, si no hay dos sin tres o si la tercera es la vencida, surge la pregunta de por cuál inclinarse.
La primera experiencia mencionada fue durante la dictadura militar, cuando no había elecciones. Por lo tanto, no es posible saber cómo habría reaccionado la sociedad frente a una política de atraso cambiario en un contexto electoral en esa época, después del Rodrigazo.
Más que analizar experiencias en abstracto, resulta clave entender el contexto. A Menem le fue bien tras el impacto profundo de la hiperinflación, una crisis de una magnitud extraordinaria. A Milei le está yendo bien luego de más de dos décadas de alta inflación, de un régimen inflacionario que no terminó en una híper, pero estuvo cerca. Fue una experiencia muy traumática para la sociedad argentina. Eso explica, en parte, la tolerancia o la capacidad de adaptación social frente a regímenes de tipo de cambio con un peso tan fuerte. Un elemento adicional, y llamativo, es que Milei prometió dolarizar la economía y, sin embargo, está fortaleciendo el peso.
Recién, hace apenas un día y medio, dijo: “Para mitad de año vamos a cumplir con todas las promesas electorales. La más importante fue dolarizar y cerrar el Banco Central”, algo que el presidente, obviamente, no va a hacer. No marco este punto para insistir en la contradicción, sino porque es importante evitar conclusiones mecanicistas en política, que miran a la economía como un determinante absoluto. En mi opinión, resulta mucho más relevante la oferta política y la capacidad de detectar las demandas de la sociedad que extraer conclusiones puramente economicistas.
Desde ya, existen restricciones externas e internas difíciles de anticipar, como el estado en el que llegará la economía argentina a 2027. Pero, incluso como hipótesis, al observar el escenario global, no solo el local, en un contexto tan volátil e incierto, cualquier desenlace es posible.
Pensemos qué ocurriría si en noviembre Trump pierde las elecciones. ¿Cómo impactaría eso en el mundo? ¿Qué pasaría con el dólar como moneda de transacción? ¿Y con la capacidad que tuvo Estados Unidos, para bien o para mal, de orientar decisiones de países como la Argentina? Todo esto configura un escenario en el que, si existiera un sistema político capaz de aprovechar las oportunidades, podría haber una competencia electoral real en 2027.
Para que eso suceda, debería conformarse una coalición similar a la que se vio en Brasil, liderada por Lula, junto al rol que tuvo Fernando Henrique Cardoso en su última etapa como figura de peso antes de retirarse por razones de salud. El punto central es que, si todo el arco opositor, ese amplio espacio que se opone al presidente por motivos ideológicos, políticos o diversos, logra aglutinar una oferta electoral y ofrecer a la sociedad un canal para expresar esas demandas, habrá competencia electoral. Esa coalición podrá ganar o perder, pero de ninguna manera se avanzaría hacia un escenario fragmentado como el de los años 90, que facilitó la reelección de Menem, o como ocurrió más recientemente, cuando la dispersión opositora terminó favoreciendo triunfos en segundas vueltas.
Es interesante porque planteás que, en realidad, los actores económicos son optimistas y que estamos atravesando este verano financiero prolongado. No ocurre porque exista una confianza plena en Milei, ya que su imagen y la de su gobierno, como señalás, no superan en positividad a las de gestiones anteriores, sino porque la sociedad argentina quizá cambió. Escuché a un colega economista decir que el conocimiento y la alfabetización financiera de los argentinos mejoraron como consecuencia de tantos años de alta inflación. Aprendieron. Lo que existe hoy no es solo superávit fiscal, sino también una mayor alfabetización financiera que en décadas previas. Algunos sostienen, además, que para reducir el riesgo que suele generar un cambio de gobierno sería necesario un presidente del Banco Central que atraviese gestiones de distintos signos políticos. De ese modo, no existiría el temor de que, si Milei pierde y llega un gobierno peronista, la macroeconomía se vea afectada. Aparecen así distintos componentes: una regla a futuro para una macroeconomía sólida, como un Banco Central con autoridades independientes, y la importancia de que la sociedad vote con mayor alfabetización financiera, lo que también exigiría a la oposición ofrecer alternativas que respeten las lógicas macroeconómicas. En ese marco surge la pregunta: ¿qué te generó escuchar a Pichetto decir que, si el peronismo o Axel Kicillof quieren ganar, deben cambiar sus ideas económicas?
Pensaba en el caso peruano, que va en la línea de lo que sugerís: una independencia muy sólida del presidente del Banco Central, blindada constitucionalmente, y superávit fiscal, lo que desacopla la economía de la política. A Perú le fue, entre comillas, bien en términos macroeconómicos, aunque sigue siendo una sociedad con altos niveles de desigualdad y serios problemas de desarrollo humano y distribución del ingreso. Eso no sería deseable para la Argentina.
Creo que Pichetto se convirtió en una figura que, muchas veces, quizás por su edad o su trayectoria, dice las cosas sin filtro. Son ideas que se escuchan desde hace tiempo dentro del peronismo, pero que no solían expresarse. Lo de Miguel Ángel fue saludable porque puso blanco sobre negro con una definición clara: el peronismo no tiene liderazgo y, si Kicillof, como gobernador, aspira a conducirlo, tiene que peronizarse en el sentido más clásico del término, no en una versión kicillofista.
Esa lectura choca con la posición de Kicillof. Es un dirigente con casi veinte años de experiencia en la función pública y sin un solo escándalo de corrupción, algo muy poco habitual. Un amigo peronista suele decir que eso lo vuelve difícil de digerir para buena parte de la política, porque genera desconfianza en relación con sus códigos y prácticas. Al mismo tiempo, tiene ideas que resultan anacrónicas, incluso desfasadas respecto de la izquierda latinoamericana actual, como Lula o Yamandú Orsi. En ese sentido, Kicillof mantiene una mirada ideológica más tradicional, cercana a un proteccionismo propio de la década del cincuenta.
Lo interesante de Pichetto es que plantea primero las ideas y después los líderes. Lo que hace falta es construir un marco narrativo que exprese las demandas emergentes de la sociedad, los intereses estratégicos de la Argentina y aquello que Milei no va a hacer por falta de sensibilidad en ciertos temas.
Milei, por ejemplo, tiene sensibilidad en política social: aumentó la tarjeta Alimentar y la Asignación Universal por Hijo, entiende que eso es clave para la paz social. Sin embargo, carece de una narrativa coherente en materia educativa, un eje central para el país. La idea de “mi hijo el doctor” ya no responde a las demandas actuales del mercado laboral. Existe una enorme incertidumbre. En el Foro de Davos se advirtió que un porcentaje significativo de los trabajos del futuro aún no existe y que muchas carreras destinadas a formarlos van a desaparecer. Ese es el debate de fondo. Cuando Federico Sturzenegger, columnista durante tantos años, sostuvo que no hay que regular la inteligencia artificial, se puso sobre la mesa uno de los grandes temas de esta época. Son discusiones abiertas, mientras la oposición parece muy lejos de ellas, sintonizando un mundo que ya no existe. Eso es, finalmente, lo más relevante.
Al menos eso es lo que yo experimento en carne propia, con un pensamiento tan alejado de los dos extremos. Qué fácil resulta ubicarse en una posición u otra y qué poco espacio queda, en la comunicación del periodismo argentino, para quienes intentan pararse en un punto equidistante. No quiero desaprovechar tu profundo conocimiento de Estados Unidos. De hecho, la semana pasada hicimos una columna en el programa titulada “¿Qué pasa si Trump pierde?”. Todo indica que está perdiendo popularidad y que, por el momento, se lo percibe como extremadamente fuerte, aunque también puede ser cierto aquello de que la noche nunca es más oscura que antes del amanecer. ¿Cuál es tu propia visión sobre el devenir futuro de Trump?
Hay una suerte de obsesión con lo electoral. Creo que de acá a noviembre falta mucho y que existen desafíos de corto y mediano plazo que son cruciales. Algunos tienen que ver con el sistema republicano norteamericano y con la división de poderes. Hay fallos inminentes de la Corte que pueden complicarle el panorama a Trump. Uno está vinculado a la cuestión de las tarifas, a la capacidad del presidente de disponer sanciones comerciales. Para muchos, esa atribución debería recaer en el Congreso y no en el Poder Ejecutivo. Es un fallo que probablemente salga en marzo.
El Congreso ya le está imponiendo límites al presidente. Incluso en el Senado, donde hay mayorías republicanas en ambas cámaras, aparecen senadores que empiezan a marcar distancia, en algunos casos por razones ligadas a su propia reelección y, en otros, por diferencias importantes, sobre todo en materia de inmigración y violencia social, asociadas a la política migratoria. Los sucesos de Minnesota conmocionaron a buena parte del Republicano, al punto de que uno de los candidatos a gobernador en ese estado decidió bajarse. El video que difundió es impactante: “No miré a mis hijos a los ojos y no pude explicar por qué estamos haciendo esto”.
Creo que empiezan a aparecer episodios que podrían empujar a Trump a modificar algunas de sus políticas más irritantes para el ciudadano promedio en el corto plazo. En el mediano, hay escenarios internacionales que pueden complicarlo aún más. La venta de bonos del Tesoro por parte de países europeos, en particular nórdicos, como reacción a amenazas difíciles de entender en torno a Groenlandia, es un dato significativo. Ahí se percibe con claridad cómo el mercado condiciona incluso a Trump, que no cuenta con un prestamista de última instancia. En ese punto, se enfrenta de manera directa con el mercado, y el mercado está compuesto por actores de carne y hueso que evalúan si un liderazgo de estas características puede acelerar, por ejemplo, una decadencia del dólar. No es un debate instalado hoy, pero cada vez más analistas observan escenarios de mediano plazo y se preguntan si el dólar sobrevive a Trump, entendido como moneda de transacción global.
Un ejemplo allí es el precio del oro, pasando los dos mil dólares cuando costaba setecientos hace no tanto tiempo.
Es un salto cuántico. Eso expresa con claridad la desconfianza respecto del dólar como moneda patrón. Hay que recordar que, cuando se abandonó el patrón oro, los bancos centrales sustituyeron en todo el mundo sus reservas en oro por reservas en dólares. Ahora lo que empieza a verse es que, probablemente, el dólar deje de ser la moneda de reserva mundial. Eso lo hizo Nixon, recordemos, y terminó con un problema muy serio. Tal vez, objetivamente, ese problema derivó en su renuncia junto con el fin de la convertibilidad del oro en esa época. Lo planteo como una hipótesis contrafáctica; hay que ver si eso hubiera ocurrido de todas maneras.
Quiero enfatizar lo electoral en sí mismo, porque un presidente que pierde una elección de mitad de mandato es algo bastante común en Estados Unidos. Le pasó a Clinton y logró su reelección; le pasó a Obama y también logró su reelección. Trump no tiene reelección. Entonces, una derrota en noviembre implicaría este efecto de “pato rengo”. Eso a Trump lo desespera. Es un presidente sin reelección y con una autoridad muy limitada, porque el sistema político en su conjunto, incluido su propio partido, ya está buscando reemplazantes. Una derrota de Trump generaría un vacío dentro del Partido Republicano, porque sus dos principales candidatos a sucederlo forman parte de su gabinete: JD Vance y Marco Rubio. Una derrota también los dejaría en una situación complicada a ellos.
Estamos, entonces, ante escenarios muy interesantes, con una incógnita central: hasta qué punto la sociedad norteamericana va a reaccionar como lo hizo en Minnesota, en particular en Minneapolis. Es un estado muy tranquilo y resulta muy inusual ver este tipo de episodios. Curiosamente, hace algunos años, allí también surgió el movimiento “defund the police”, vinculado a la violencia institucional de la policía.
Black Lives Matter es un movimiento que se extendió y que, en parte, sigue vigente hasta hoy. Hay que ser cautos, porque cuando se observan estas olas de movilización, se sabe cómo empiezan, pero no cómo terminan ni cuáles serán sus repercusiones. Lo vimos, hablando de Nixon, en los años 60, con la ola de movilización universitaria que derivó en una nueva cultura en general y en una nueva cultura política en particular.
Donald Trump ha abandonado al mundo
Son movimientos muy profundos, con preferencias subyacentes que se están redefiniendo. Trump va a influir de manera decisiva en la política norteamericana más allá de su propia figura, incluso por efectos que seguramente él no buscó provocar.
MV cp