Hacer un balance de lo que dejaron los últimos doce meses tiene siempre la particularidad de
desempolvar hechos que parecen sumergidos en el olvido. También redimensionar otros que, por su
proximidad, siguen llamando la atención. Pero, sobre todo, sirve aprovechar ese repaso que el
calendario impone para intentar unir los acontecimientos con lazos que el tiempo fue exponiendo con
agudeza.
Los brindis de fin de año encuentran, en los despachos oficiales, un marcado clima de
optimismo. El “triple 9” con que la administración K encaró 2006 quedó muy cerca en
metas: casi 9% de crecimiento (las cifras arrojarán, seguramente, unas décimas menos), a poco de
alcanzar el dígito de desempleo abierto (sin contar los planes sociales, claro) y muy cerca de
terminar en el 9% de inflación anual.
En esa euforia resultadista está el nudo gordiano de la marcha de la economía en un futuro.
La tentación de dejarse llevar por la corriente expansiva, la ceguera en ver en las dificultades
sólo obstáculos de grupos interesados y dolores de parto podrían contribuir a no tomar las luces de
alerta como tales.
Con esa particular visión conspirativa y épica de la economía, el Gobierno encaró el 2006
como un combate librado a sangre y fuego contra adversarios de categorías disímiles y hasta a veces
imaginarios. Veamos:
1. El fantasma de la inflación: quizá sabiendo que en el guarismo final del IPC se jugaban el
gatillo automático de la indexación, tenerla a raya fue la consigna número uno impuesta a, y por,
Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio. Un guapo de arrabal que tensa la relación
con empresas y especialmente con las que tienen precios “sensibles” hasta el máximo.
2. Crecimiento récord, cuatro años seguidos: no hay cita oficial que no incluya este dato.
Claro que un porcentaje mayor que esta cifra es la recuperación desde el pozo más profundo en que
cayó la economía argentina. Con suerte, 10 años después del “pico” de 1998 estaremos
superando indicadores por habitante de ese año, pero a un ritmo que involucró caídas y alzas
extrañas. La pregunta del millón es: ¿cuál es el ritmo de crecimiento “normal” de la
nueva economía argentina?
3. Un dólar sostenido, gracias a las compras de reservas: mantener el tipo de cambio a una
neoconvertibilidad de $ 3 no es gratis. Emisión monetaria, presiones inflacionarias y un aceitado
mecanismo fiscal vienen en el mismo paquete. Por ahora, ese dólar alentó exportaciones en una buena
combinación con precios internacionales favorables, revirtiendo la larga tendencia adversa en los
términos del intercambio.
4. La pelea con el agro: la paradoja de que la bonanza en los commodities trajo aparejados
dolores de cabeza a productores y al Gobierno se profundizó durante estos meses. Los superprecios
de los cereales acarrearon retenciones y control de exportaciones para el trigo y la carne. La
heterodoxia también llegó al comercio exterior.
5. La crisis energética: la demanda de energía supera a la oferta actual, al menos en
momentos pico. Se importó gas-oil y gas (de Venezuela y Bolivia) y electricidad (de Brasil). Se
explicó que era por el fortísimo crecimiento industrial, que las inversiones llegarán y con ellas
energía abundante y barata, como la actual (la más baja de todo el continente). Pero los primeros
calores contundentes del verano implicaron cortes en las grandes ciudades, escasez de gasoil para
el campo y gas interrumpido para las industrias. La sola mención de la racionalización forzosa de
1988-89 hace correr escalofríos en el equipo económico.
6. La tirantez con las privatizadas: puestas entre la espada y la pared de tener que vender
servicios a precios de 2001 y en pesos y tener deudas en dólares, costos laborales crecientes y
demanda insatisfecha en muchos casos alentó el cambio de manos de las empresas del sector, para
sincerar la pérdida del tsunami del 2002 e implorar por mejores precios para el 2007. Hay de todo
en esta jungla, donde reina la estrella del ministro Julio De Vido, sentado sobre las tarifas.
7. El boom inmobiliario: en un complejo juego de dominó, la caída de confianza en los activos
financieros tradicionales, la devaluación y la liquidez internacional hicieron que el mercado
inmobiliario transitara una actividad febril, con precios que parecían inalcanzables y escasez de
la oferta en segmentos “premium”, que también refleja el dispar impacto del modelo
“productivista” sobre la población.
8. Cruces con Chile y Uruguay: la interrupción del suministro de gas, en los contratos entre
privados, en el caso de Chile, y el corte del tránsito vehicular a Uruguay, por la instalación de
las plantas pasteras sobre el río internacional homónimo, llevaron las relaciones con ambos vecinos
a los peores márgenes en mucho tiempo, con derivación insospechada sobre las ya debilitadas
estructuras del Mercosur.
9. Capitalistas, go home: la frustrada fusión de SanCor con Adecoagro, una empresa cuyo
inversor principal es George Soros, no hizo más que desnudar la desconfianza K hacia el inversor
extranjero, mucho menos sumiso a las presiones oficiales y con autonomía suficiente para tener
vuelo propio en muchas decisiones. En cambio, el diálogo se hace más “fluido” con
empresarios locales más receptivos a las requisitorias del Gobierno.
10. El centralismo fiscal: yo recaudo, tú me pides, nosotros hacemos. El actual esquema
impositivo (con un porcentaje creciente de la tributación que va directamente al Estado nacional,
como las retenciones sin coparticipación) favorece el clientelismo VIP de gobernadores e
intendentes, K a la fuerza. Rutas, puentes, repavimentaciones, tendidos eléctricos, centrales
generadoras... todo suma para mejorar la infraestructura y ganar votos con recursos ajenos,
reduciendo el margen de maniobra de las administraciones locales. Y, por el contrario, aumenta el
poder discrecional de quienes deciden dónde y cómo se invierten los fondos públicos.
Las tarjetas. Muchos frentes abiertos al mismo tiempo, demasiado desgaste en rounds no
definitivos, mucho juego para la tribuna y también para el ring-side. Victoria por puntos
inapelable, pero con una advertencia del árbitro: no abusar de la superioridad. Puede revertirse
rápidamente.