En enero de 1991, Buenos Aires se encontraba sumida en una inflación superior al 2.000% anual y un dólar que alcanzaba los $2900 en la cotización paralela, generando incertidumbre en los hogares y empresas. La renuncia de Erman González dejó un vacío en el Ministerio de Economía, y la llegada de Domingo Cavallo se convirtió en un punto de inflexión esperado tanto por mercados como por la opinión pública. Su reputación como tecnócrata y su paso previo por el Banco Central le otorgaban autoridad para enfrentar la crisis, pero también generaban expectativa sobre los métodos extremos que aplicaría.
Cavallo no solo asumió como ministro, sino que introdujo el concepto de un peso igual al dólar, respaldado por reservas físicas, un plan que prometía frenar la inflación pero que implicaba medidas drásticas para todos los sectores económicos. El gobierno debía contener el gasto público, limitar la emisión monetaria y garantizar la estabilidad cambiaria en un contexto donde los salarios reales habían perdido más del 70% de su valor en apenas dos años.


Así, los mercados reaccionaron con cautela: la Bolsa de Buenos Aires cerró con un aumento del 4,2% tras conocerse la noticia, reflejando la esperanza de que la Convertibilidad pudiera restablecer la confianza. Mientras tanto, los ciudadanos experimentaban un alivio relativo al ver que las pizarras de cambio dejaban de moverse y los billetes ya no se devaluaban a diario, aunque nadie podía prever que esta estabilidad traería tensiones futuras en la industria y en los sectores más vulnerables.
El día que el peso se convirtió en espejo del dólar
Cuando Cavallo presentó el Plan de Convertibilidad ante el Congreso, los precios que subían hasta un 15% mensual se detuvieron de forma casi inmediata. La medida fue percibida como un salvavidas por la clase media, que recuperaba acceso a créditos y cuotas para vivienda, electrodomésticos y educación, herramientas que habían sido inaccesibles durante la hiperinflación. Las expectativas de consumo aumentaron: en 1992, el crédito personal creció un 28% interanual, según datos del Banco Central, mientras el mercado financiero volvía a mostrar signos de confianza.
El ministro explicaba que la emisión de moneda quedaría limitada y que la paridad uno a uno garantizaría la estabilidad del poder adquisitivo. Para el público, el dólar se convirtió en un símbolo de seguridad, y la sociedad empezó a planificar viajes y compras internacionales como si la Argentina estuviera vinculada a las centrales.
Sin embargo, detrás de esta calma inicial se gestaba un proceso de desindustrialización: las importaciones crecieron un 65% entre 1991 y 1994, afectando la producción local en sectores textiles, metalúrgicos y agrícolas. Los beneficios de la Convertibilidad eran visibles en los hogares urbanos, pero generaban tensiones en la economía productiva y dejaban vulnerables a sectores que dependían del mercado interno. La estabilidad macroeconómica coexistía con fragilidades estructurales.
La nueva Argentina técnica: promesas y paradojas
La llegada de Cavallo marcó el inicio de una etapa donde la técnica económica se imponía sobre la política tradicional. Las privatizaciones de empresas estatales, como Aerolíneas Argentinas y YPF, y la apertura comercial, que duplicó las importaciones en tres años, consolidaron un modelo de modernización rápida, pero generaron desigualdades significativas en el empleo industrial y la producción local. Entre 1991 y 1995, el desempleo urbano creció del 7% al 10%, mientras los salarios reales apenas recuperaban terreno frente a la inflación previa.
El impacto mediático fue inmediato: la palabra de Cavallo aparecía diariamente en televisión, radio y diarios, y la sociedad seguía cada anuncio como un indicador del futuro económico. Las medidas técnicas ofrecían certezas para algunos, pero también mostraban el límite del modelo frente a crisis externas.

A pesar de la estabilidad inicial, la concentración de capital y la dependencia de la deuda externa crearon tensiones que marcarían la década. La política económica basada en la ortodoxia técnica ofreció alivio, pero también plantó semillas de vulnerabilidad, recordando que la disciplina monetaria y la confianza en el dólar no podían resolver problemas estructurales de fondo. La sociedad aceptó la estabilidad, pero aprendió que el progreso técnico podía tener costos sociales importantes.