ELOBSERVADOR
24 Años del atentado

AMIA: arte contra el horror en un nuevo aniversario

Una animación sobre una víctima, un video de Pinti contra el olvido, otro de Piñón Fijo con música de Pedro Aznar; un texto de Spinetta musicalizado y un relato de Eduardo Sacheri, las iniciativas que la mutual preparó para este año.

Atentado a la AMIA: ocurrió el 18 de julio de 1994. Saldo de 85 muertos y 300 heridos.
Atentado a la AMIA: ocurrió el 18 de julio de 1994. Saldo de 85 muertos y 300 heridos. | Cedoc

Sofía Kaplinsky Guterman tiene la voz acaramelada. Saborea cada palabra antes de pronunciarla. Quizás se deba a su alma de poeta u oradora. Pero detrás de su tono azucarado, hay una historia impensada, dolorosa: de esas que parece una trama de ficción, aunque lastimosamente no lo sea. Sofía tuvo una sola hija: Andrea Judith, de 28 años, maestra jardinera. Si bien, durante gran parte de su vida, Andrea vivió con sus padres a pocos metros de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), jamás había puesto un pie en el edificio. Pero, como su madre le había recomendado que fuera a dejar su currículum a la bolsa de trabajo que allí funcionaba, lo hizo. Y justo fue a las 9.53 del 14 de julio de 1994. Siete días después del atentado, el equipo de tareas levantó una pared que era de esa área de la AMIA, y allí fue encontrada sin vida.

Madre, quiero tener un hijo que sea mi prolongación, que sea sangre de mi sangre, muy sanito y juguetón.

Será tu nieto mimado, consentido y regalón.

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Terroristas asesinos. Cuando la AMIA voló acabaron con mi vida y mi hijo no nació.

Ganó el terrorismo, madre, te quedaste sin los dos.

Si bien Sofía no estaba embarazada. Trabajaba con niños en el jardín de infantes Gotita de Agua, que pertenecía a Obras Sanitarias, pero cuando se convirtió a Aguas Argentinas, la echaron, junto a todas las docentes de allí, por recambio de personal. Ella ya tenía otro trabajo, pero como pensaba casarse a fines de 1994, quería un empleo de jornada completa. “Yo le sugerí que fuera a la AMIA por la bolsa de trabajo. Pero después, sentí tanta culpa. Si bien no le sugerí el día, ni la hora, yo le dije que vaya allí”, relata hoy Sofía Guterman.   

Madre, quiero vivir muchos años, tengo mil cosas que hacer.

Envejeceremos juntas, con dignidad y placer,

y cuando seas anciana, siempre a tu lado estaré.

Terroristas criminales, nada de eso pudo ser.

Ganó el terrorismo, madre ¡Qué será de tu vejez!

“Si bien al principio no quería saber nada. Cuando empecé a ir a las reuniones de familiares de víctimas, vi que muchos hermanos luchaban y como mi hija no tenía hermanos, si yo no tomaba la posta ¿quién iba a hacerlo? Y ahí empecé a tocar timbres en las escuelas para que me dejaran estar con los chicos a darles charlas. Solo me respondían los colegios judíos, pero yo quería llegar a todos. Entonces, les decía a los chicos judíos que llevaran un amigo católico y así, de a poco, me fui metiendo”, rememora hoy Sofía.

Madre, quiero la paz en el mundo, quiero una vida mejor.

Que todos se den la mano, en sangre, raza y color.

Terroristas despiadados que siembran muerte y horror, barren la paz con violencia, matan gente sin razón.

Sofía cuenta que en los inicios, se hablaba del número 85 (por la cantidad de víctimas), “pero nadie conocía sus historias, sus rostros. Entonces me interioricé y empecé a humanizar ese número: quién era cada una de las víctimas, qué les enojaba, qué soñaban, cuáles eran sus gustos. Les hablo de los sueños truncos”.

Ganó el terrorismo, madre, el mundo está cada vez peor.

Quedaste muy sola, madre. No sientas tanto dolor, yo te cuido y te protejo desde el sitio donde estoy.

Así, Sofía, hace 24 años que se convirtió en una luchadora incansable por la Justicia y por la Memoria del atentado de la AMIA. Y no se quedó solo con eso: dentro suyo empezaron a aflorar poemas. Escribió cinco libros en prosa sobre “el dolor, la impotencia y la exigencia por el esclarecimiento del atentado”. Los regala, no los vende “porque no soy escritora”. Sus textos viajaron por el mundo, “tratando de informar y formar, sobre todo, a las nuevas generaciones”. Hoy continúa dando charlas. “Eso es lo que yo he elegido como forma de sobrevida”, dice.

Cuando te llegue la hora que el destino te marcó, te estaré esperando ansiosa en los umbrales de Dios, y muy juntas de la mano, transitaremos felices el mundo que habito yo.

—¿Qué pensás de la esperanza?

—“Tengo que ser honesta, yo ya perdí las esperanzas en la Justicia. Son muchos años, muchas mentiras, muchos cachetazos. Aunque algún vestigio de esperanza me debe quedar porque cada día me levanto y sigo la lucha.

Ni la bomba más intensa nos separará a las dos, porque estamos fusionadas por un infinito amor.

Terroristas desalmados, ¡ellos qué saben de eso si no tienen corazón!

Ellos aman la violencia, ni conocen el amor.

Perdió el terrorismo, madre, esta vez, les gané yo*.

*Madre, poema escrito por Sofía Kaplinsky Guterman.

 


 

Abro los ojos

Abro los ojos, ya todo pasó.

Solo quedan sin resolver los reflejos de las miradas

que se han perdido entre nuestras cosas más queridas.

Abrazados como estábamos, no percibíamos el infierno.

Yo creí, por un instante, que podría olvidar el dolor.

Al intentarlo vi la sonrisa de unos niños.

No tenían banderas, ni ejércitos.

Todo aquello que nos separaba desapareció.

Solo quedamos esperando una sonrisa, un gesto.

Ese silencio hace despertar en nosotros la esperanza

de que tal vez, un día, ya no existan los enemigos.

Abro los ojos, ya todo pasó.

*Luis Alberto Spinetta, Poema inédito escrito en 1994 a pedido de la AMIA.

 


 

Futuros negados

Sebastián tiene 29 años. Abre la puerta de un departamento de dos ambientes que huele a pintura fresca. La luz lo sorprende y lo obliga a parpadear varias veces. Hay que poner cortinas urgente, piensa. Sonríe. Mira a un costado y ve que su novia también parpadea. ¿La alza en brazos para cruzar el umbral, como hacen en las películas viejas? ¿Será demasiado solemne hacer una cosa así? No está seguro. Pero está tan feliz de mudarse con ella que está dispuesto a correr el riesgo. Pero no estoy seguro de si, finalmente, Sebastián se anima a alzar a upa a su novia para entrar a vivir juntos en ese departamento. No estoy seguro. No alcanzo a verlo. La imagen se me borra. Buscando nitidez, retrocedo.

Unos años, retrocedo. Sebastián tiene 23. Sebastián tampoco ve bien pero esta vez no es por la luz que entra por las ventanas. No ve bien porque acaban de tirarle harina, y huevos, y agua y mostaza y un montón de porquerías. Y lo rodean su familia y sus amigos. ¿En qué Facultad se está recibiendo Sebastián? No lo sabemos. Imaginamos que alguna carrera vinculada con lo social porque desde chico parece que le gustan esas cosas. En la infancia decía que pensaba ser presidente, pero ¿qué estudió? No estamos seguros. No alcanzamos a verlo. La imagen se nos borra otra vez. Volvemos a retroceder.

Sebastián tiene 14 años recién cumplidos. Hay árboles y pájaros y plantas y un banco en el que Sebastián y una chica están sentados. Sebastián la mira con los ojos redondos y fijos. Sebastián tiene la respiración acelerada. Sebastián tiene todos los síntomas que se padecen cuando uno está a punto de adelantar el cuerpo y torcer apenas la cabeza y darle a alguien el primer beso en serio. Pero en serio, en serio. Pero es en ese momento, cuando Sebastián termina de adelantar el cuerpo a pura fuerza de valentía que la imagen se distorsiona y volvemos a perderlo.

Hacemos un esfuerzo y ahí está Sebastián. Tiene 10 años. Aferra con fiereza el joystick de una Play. Y en el televisor Sebastián lucha con dragones, avanza por un laberinto de fuego. El gran dragón espera en su guarida. Sebastián y su mejor amigo cruzan un vistazo fugaz y se lanzan al ataque. El dragón abre un ojo flamígero. La pantalla se llena con el fuego tenaz de la bestia. Y aunque nos parezca mentira, volvemos a perder a Sebastián. De nuevo su imagen se nos escapa.

Sebastián tiene 5 años y camina por la calle Pasteur. Va de la mano de su mamá. Faltan unos pocos minutos para las diez de la mañana. Corre 1994. Es el lunes 18 de julio. Ahora entendemos por qué se nos fueron borrando todas esas imágenes del futuro de Sebastián.

Ahora, que todavía son las 9 y 52 de la mañana, esos futuros son posibles.

Todavía es posible que Sebastián juegue a la Play a los 10. Que se reciba a los 23. Que se mude con su novia a los 29.

Todavía es posible que eso suceda porque todavía no han matado a Sebastián.  

*Eduardo Sacheri, texto escrito a pedido de la AMIA sobre la víctima más joven del atentado.

 


 

Manifestaciones artísticas por la memoria

◆Ronda de la paz: una bellísima canción y un video muy emotivo creados especialmente para AMIA por Piñón Fijo, con música de Pedro Aznar, para homenajear a Sebastián.

◆ Rosa y Sebastián: testimonio real que documenta en primera persona los últimos minutos que una madre (Rosa) y su hijo (Sebastián) pasaron juntos antes de la explosión de la AMIA. Una animación reconstruye los últimos pasos que ambos vivieron esa mañana.

◆ El muro de la memoria y Post it: sobre las únicas marcas que permanecen del viejo edificio de AMIA, Martín Ron creó un gigantesco mural que clama por justicia y rinde homenaje en forma permanente a las víctimas del atentado. El artista también es el autor de Post it, la muestra que el Espacio de Arte AMIA exhibe en el marco de los 24 años del atentado.

◆ El olvido mata: una pieza audiovisual en tono de denuncia que el actor, dramaturgo y monologuista Enrique Pinti creó especialmente para AMIA para destacar la importancia de no olvidar, y la necesidad de seguir reclamando justicia.

◆ Abro los ojos: poema inédito de Luis Alberto Spinetta, escrito en 1994 a pedido de AMIA en ocasión del recital realizado en el estadio de Obras Argentinas, a cuatro meses de perpetrado el atentado. El cantante, autor y compositor Gabo Ferro musicalizó e interpretó una pieza única creada por una de las leyendas del rock nacional.