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ELOBSERVADOR / area binacional en patagonia
domingo 13 enero, 2019

Crearán un parque protegido que irá de Argentina a Chile

Crónica in situ de cómo las donaciones de millonarios activistas ambientales producen un cambio en la economía y el turismo de una de las zonas más olvidadas del sur.

por Agustina Grasso

Patrimonio. La Cueva de las Manos es uno de los lugares de mayor interés histórico, al norte de la provincia de Santa Cruz. Foto: fundación flora y fauna

Cuántos lugares en el mundo despiertan en nuestro interior esa adrenalina de estar recorriendo lo inexplorado: tierras inmensas, semivírgenes, donde reina la naturaleza, aún con fósiles de dinosaurios o arte rupestre en sus piedras. Y al mismo tiempo, ese sentimiento de que a nadie le importan estas tierras, casi olvidadas del mundo…

“Patagonia: la amás o la odiás”, dice sin vueltas el intendente del Parque Nacional Patagonia, Pablo Agnone. Hace cuatro años que vive ahí, en el parque, al norte de Santa Cruz. Sabe que su vida es bastante solitaria. Ni que hablar en invierno. Pero eso le gusta.

Sin embargo, hay un grupo de personas que está intentando promover el movimiento turístico, ecológico, cultural y económico del circuito binacional (Argentina-Chile) Parque Patagonia, que conforma un circuito de 600 km, a lo largo de un territorio de 12.000 km2; rodeado por la Rutas 40 y la Carretera Austral, con caminos transversales (rutas 41 y 43) y pasos fronterizos, ubicados al margen de los grandes lagos compartidos entre Chile y Argentina. Un camino con lagos, ríos, cañadones y avistaje de fauna, como guanacos, pumas y macá tobianos (dependiendo de la zona y la suerte), que incluye la Cueva de las Manos.

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“Todo comenzó en California, en los años 60. Un día de 1968, mi amigo Douglas Tompkins (con 25 años) me dijo: ‘Ey, ¿vamos a escalar el Fitz Roy en la Patagonia?’. Tomamos la cámara Bolex de 16 mm para filmar el viaje. Llenamos la camioneta de tablas de surf y equipos de alpinismo y salimos a hacer un viaje de 16.000 km directo al sur”, cuenta, en la película 180° Sur, el andinista Yvon Chouinard, fundador de la famosa marca de ropa Patagonia.

Con unos amigos, se compraron una van antigua y en dos semanas emprendieron el viaje a la Patagonia.

“Saliendo hacia lo salvaje del mundo, donde la naturaleza estaba básicamente virgen, metimos en nuestras almas el sentido de la belleza. Ese viaje marcó el rumbo de lo que sería el sentido de nuestras vidas”, dijo Douglas Tompkins, quien cuando tenía 21 años ya había fundado la marca de ropa North Face

En ese viaje, Douglas Tompkins conoció la Patagonia y, según dicen sus allegados, ya en ese momento quedó enamorado del lugar.

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La ruta es la 43. Al costado está el Lago Buenos Aires (llamado así del lado argentino). Maneja la 4 x 4 Marian Labourt, encargada de las relaciones institucionales de CLT / Fundación Flora y Fauna. Cuenta que cuando Douglas Tompkins era un adolescente dejó la escuela porque sabía que el mejor lugar para aprender era la calle (y la montaña).

Allá, a principios de los 70, al volver de escalar el monte Fitz Roy, fundó la empresa de ropa Esprit. Bajo su administración, creció hasta convertirse en una empresa multinacional. A fines de los 80, Tompkins se empezó a interesar –cada vez más– en el activismo ambiental y a desencantarse –cada vez más– del consumo extremo. Vendió su parte de Esprit y creó Foundation for Deep Ecology y el Conservation Land Trust.

“Me di cuenta de que estaba haciendo muchas cosas que la gente no necesitaba y empujando a una sociedad ultraconsumista”, llegó a decir en la película.

Durante los últimos 25 años, Douglas Tompkins con su mujer, Kris, se dedicaron al proyecto de conservación de tierras más grande del mundo, CLT, a través del cual compraron tierras en Chile y la Argentina para devolverlas a su estado original y luego entregarlas a la administración pública con el fin de convertirlas en reservas naturales. En Argentina, ya colaboraron con el Parque Nacional El Impentrable (Chaco), el Parque Provincial El Piñalito (Misiones), el Parque Nacional Perito Moreno y el Parque Nacional Iberá (Misiones).

Allí, en la Patagonia, donde empezó su aventura hace tres años, el 8 de diciembre de 2015, el ecologista falleció. Fue al caerse del kyat del lado chileno del lago Buenos Aires, que más que lago parece un mar. Sus olas son muy movidas. No llevaba puesto su traje de neopreno porque no iban a salir de la orilla. Aunque terminaron adentrándose en el lago. Cuando sus compañeros lograron darlo vuelta, ya estaba en estado de hipotermia e inconsciente.

Los que lo conocieron aseguran que murió en su ley.

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Las obras del CLT actualmente son continuadas por su viuda y varios de sus discípulos, como los creadores de la Fundación Flora y Fauna, que compraron las tierras con las que se formó el Parque Nacional Patagonia en 2015. Y este último año, donaron casi 40 mil hectareas más a la Administración de Parques Nacionales.  

Ya hay tres “portales” en Argentina y uno más está en construcción. La meta final del trabajo del CLT y Flora y Fauna es seguir donando tierras para agrandar el PN Patagonia argentino y llevar sus límites hasta la frontera, donde ya llegan las tierras compradas por Tompkins en el Valle Chacabuco, para convertirse en 2020 en el Parque Nacional Patagonia chileno: el primer espacio natural protegido binacional.

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“No cambiamos nuestra forma de vida de la noche a la mañana. Pero tuvo una gran influencia en mí ese primer viaje a la Patagonia. En América Latina, hay una gran historia de los conquistadores. Eso no es diferente a Estados Unidos. Pero al menos acá (por EE.UU.) no se lo confiamos a los gobiernos.

Tenemos una cultura de la filantropía. Cuando Doug dijo: ‘Voy a crear un parque nacional y se lo voy a donar a ustedes (por Chile)’, ellos le dijeron: ‘Cómo no’. La gente no hace eso. Tiene que haber otra razón”, relató Yvon Chouinard.

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La creación de áreas protegidas en Argentina se remonta a la primera donación de tierras que realizó Francisco Pascasio Moreno, en 1904. El Estado argentino, luego, declaró varios parques a lo largo de las fronteras para resguardar cuencas y bosques.

Algunos filántropos extranjeros, por considerar que la creación de parques nacionales es un gran legado a la humanidad, han comprado tierras privadas y las han donado para este fin. En Argentina, nos cuesta confiar en esta clase de acciones, que tal vez son más populares en otros países.

En la Patagonia, menos del 5% del área tiene algún tipo de estado de conservación (en todo el mundo, el 13% de la tierra está bajo algún tipo de protección). Las mayores amenazas se deben al pastoreo excesivo que ha degradado las tierras, sumado a que las especies están amenazadas. Y ni que hablar de las actividades de las mineras y el desarrollo del gas, que agravan la situación al no parar de degradar áreas silvestres.

“Cada uno de nosotros debe hacer algo a su manera, salvar su alma ¿sabes?”, reflexinó Tompkins en una de las últimas escenas del film.

“Los parques nacionales cambian la economía de la región”

Dentro del proyecto del Parque Patagonia, se fomenta un componente en especial, que es el trabajo con las comunidades vecinas al parque. Se busca lograr el desarrollo tanto del área como de los servicios y el entorno. Fabián Bezunartea, coordinador de Desarrollo Local del Parque Patagonia para Flora y Fauna, explicó a PERFIL que por eso se trabaja “con prestadores de servicios turísticos, emprendedores locales pequeños y grandes agencias, vinculando los corredores turísticos, las oportunidades de negocio y la concepción del producto de servicio. Brindamos visibilidad y asesoramiento en el trabajo comunitario, vinculándolo a los reglamentos que tiene Parques Nacionales.

”Como las tierras están en proceso de donación, los servicios y la gente deben estar en regla con los estándares que pide la Administración de Parques Nacionales. Pero dentro de las comunidades donde el parque existe, creemos que ese mismo parque genera un motor de economía. Es la misma comunidad la que, al sentirse incluida y tener un rédito económico, trabaja para que esto permanezca y se cuide. Son los locales quienes lo cuidan como suyo, como patrimonio, y velan para que se mantenga en el futuro”.

Cambio de vida. La Ascensión es uno de los portales del Parque Patagonia que ya desarrolló esta iniciativa. Por eso, un grupo de emprendedores, cada fin de semana ofrece sus servicios –que van desde artesanías y pastelería hasta cerveza artesanal y turismo aventura– en lo que era el casco histórico de una antigua estancia. También allí se puede encontrar información turística y senderos de trekking. “No sabía qué hacer con mi vida, si ser psicólogo o diseñador. Pero nada de eso me cerraba. Decidí que cocinar era lo que quería. Me formé como chef, pero después me compliqué y me enredé entre empleados, sistemas, y dejé de hacer lo que me gustaba. Vivo en Los Antiguos con mi familia, tengo una cervecería artesanal, chocolatería, y trabajo mucho.

La Ascención. Pero cuando conocí La Ascensión y el proyecto, sentí que no me quería ir más, porque cuando vi el fogón del Rincón de Ulises abandonado y vacío, ya me lo imaginé encendido y cociendo sabores típicos de la Patagonia para que quien pase por ese lugar conozca y se deleite con los sabores típicos de esta zona. Hasta metí a mi viejo a ayudarme a armar los muebles hechos reciclando madera de postes del campo”, contó a PERFIL el cervecero artesanal Germán Alles. Todos son protagonistas de un cambio que también es económico, además de cultural y social.


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