ELOBSERVADOR
Despedida a Tabaré Vázquez

La Historia con forma de lágrima

El autor repasa con una vitalidad no exenta de rigor la improbable trayectoria de un hombre que social y políticamente se convirtió en símbolo eterno del Uruguay: el doctor Tabaré Vázquez.

El guardapolvo del médico Tabaré Vázquez 20201209
El guardapolvo del médico Tabaré Vázquez | Antonio Scuro

Como Julio María Sanguinetti Coirolo y como José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez antes que él, Tabaré Ramón Vázquez Rosas fue dos veces presidente del Uruguay, un logro mayúsculo para cualquier político. Pero fue, sobre todo, un símbolo idílico de la república socialdemócrata en que ha moldeado su identidad ese país, por sus reformas sociales y laborales de avanzada y por el modo en que hace más de un siglo las implantó, ajeno a los vientos del autoritarismo populista, pero también al fratricidio que en toda hora y en todo lugar ha significado la lucha de clases.

Inspirado en aquel espíritu, que como buen caudillo aceptó y ejecutó, Vázquez, una especie de pastor protestante que ejerció con intransigencia su calculada serenidad, interpretó una partitura muy cara al centro del espectro político: la de un liberal de izquierda más cercano a la democracia cristiana que a las epifanías revolucionarias de algunos de sus compañeros del Frente Amplio y de la “patria grande” bolivariana, en la que nunca creyó, puesto que su personalidad tenía más que ver con la de otros socialistas connotados, como Michelle Bachelet o Ricardo Lagos, que con la de un Hugo Chávez o un Néstor Kirchner, a quien llegó a vetar para la presidencia de la UNASUR, y con quien se enfrentó nada menos que en la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

Un símbolo idílico de la república socialdemócrata en que ha moldeado su identidad ese país

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Acaso esa capacidad, la de entender la naturaleza más honda de Uruguay, ahuyentando de paso cualquier cuco que los adversarios más extremos de la izquierda le achacaron al Frente antes de que conquistara por primera vez la presidencia, sea parte esencial del legado de un hombre cuyo segundo mandato, cercado por el hermetismo propio y por la falta de lealtad de muchos de sus compañeros, no tuvo ni por asomo el éxito del primero, un período notable en la historia moderna de Uruguay.

La ex primera dama de Uruguay María Auxiliadora Delgado junto a su esposo, el presidente Tabaré Vázquez.

 

Pero al lado de su cinematográfica vida, ese es un mérito secundario. Porque Vázquez se crió en un barrio obrero y estudió en la escuela, el colegio y la universidad públicos. Pero se convirtió, en base al esfuerzo personal, a un mérito basado en una agudeza y en un brillo que estaba igualmente hecho de inteligencia, de carisma y de una enorme capacidad para conectarse íntimamente con quien quisiera, en exitoso dirigente de fútbol, en intendente de Montevideo, en médico que no abandonó el ejercicio de la vocación siquiera estando en la cima del poder, en catedrático de Oncología de la Facultad de Medicina, y en presidente de todos los uruguayos en dos ocasiones, la primera sin necesidad de balotaje.

Animal político por antonomasia, masón de formación salesiana, moderado en lo ideológico aunque tremendamente firme en las escasas convicciones que lo apartaban de un pragmatismo que también era virtud, Vázquez solía citar a Mitterrand al argumentar las razones por las cuales sus apariciones en la prensa como mandatario eran esporádicas -“cuando habla el presidente, habla Francia”-, y respetaba todas y cada una de las formas de la tradición republicana.

Animal político por antonomasia, masón de formación salesiana, moderado en lo ideológico aunque tremendamente firme en las escasas convicciones que lo apartaban de un pragmatismo que también era virtud

Su carrera política está repleta de logros y de errores, pero su primer período como gobernante fue una conjunción fabulosa de aprovechamiento de las condiciones económicas externas con liderazgo político, tanto para designar a personas poco carismáticas pero muy solventes técnicamente y equilibradas ideológicamente, como Danilo Astori, como para concretar una serie de medidas virtuosas que impactaron en una mayor calidad de vida de la población en ámbitos tan variados como la cultura –inauguró el Auditorio Nacional del SODRE-, la educación –impulsó el emblemático Plan Ceibal-, la economía –incorporó a la economía real a vastos sectores de la población, les mejoró el salario real a otros, y su búsqueda de la justicia social fue progresiva y razonable- y la salud –luchó con tanta inquina contra el tabaco que, por la agresividad de las medidas que tomó para aniquilar a la industria que por entonces se dedicaba a matar a 15 uruguayos por día y que sigue comercializando con alegre impunidad esa droga dura, prohibió de plano cualquier tipo de publicidad, aumentó los impuestos contra un flagelo más adictivo que la heroína y, no contento con eso, le ganó un juicio testigo a Philip Morris International-.

Es que la misma determinación que hacía que fuera imposible quebrarle el brazo en el cambio de medidas de combate contra la inseguridad a todas luces ineficaces, era la que le permitía vetar la despenalización del aborto votada por su propia fuerza política y, pocas horas después, renunciar al Partido Socialista.

Porque Vázquez fue un símbolo del Frente Amplio, pero lo que le permitió trascender barreras y obtener el favor de miles y miles de desencantados de los partidos fundacionales que le guardan una admiración muy singular ha sido el hecho de que siempre actuó más como vazquista que como un militante enamorado de dogmas añejos. Lo suyo era la mirada de largo aliento, la imposición de su visión, sí, pero también la comprensión del estadista.

En eso era también contracultural. Su amigo, el ex presidente Luis Alberto Lacalle Herrera, lo definía como “un socialdemócrata francés” y como “la encarnación del sueño uruguayo que todos quisiéramos que volviera”, y agregaba: “El país que permitió el ascenso social vertical de un muchacho como Tabaré es el que yo quiero. Pero hay que aprovechar las oportunidades como las aprovechó él”.

En una entrevista en profundidad que, por los temas que trata y por el despliegue de cultura política que ofrenda, tuve el gusto de realizarle para libro Nacional y su cultura, editado por el diario El País, Lacalle abunda: Tabaré es un adversario y un tipo de pasiones muy profundas, pero siempre está a cargo de las cosas y ha mostrado un gran autocontrol, lo cual es muy lindo. Yo le tengo mucha admiración, porque sabe ejercer el poder y porque, como enseñan los jesuitas, tiene suavidad en los modos y fortaleza en las cosas”.

Consultado respecto a cómo le gustaría que lo recordaran, contestó: “Muy simplemente. Como un presidente que trató de ser serio en su actuación, responsable, y que intentó cumplir con sus compromisos”.

“Era”, “es”: el verbo cambia de tiempo y a nadie le importa, por el presente perpetuo en que desde hace pocas horas vive quien físicamente desapareciera a causa de un cáncer de pulmón, a quien Mauricio Macri saludó como “un caballero de la política”, y sobre quien el continente ha vertido un océano de admirado respeto que, en su tierra, un país que, como recalcó Luis Lacalle Pou, está “de duelo”, se transformó en una lágrima con forma de caravana fúnebre que ya es Historia.

Historia como la que hace pocos días empezó a tejer Vázquez cuando, visiblemente disminuido físicamente, declaró al programa televisivo El legado, de Canal 10: “Estoy absolutamente convencido de que la base de una democracia está en la fortaleza de sus partidos políticos. Y yo me saco el sombrero por todo lo que los partidos tradicionales hicieron por el país”. Y cuando, consultado respecto a cómo le gustaría que lo recordaran, contestó: “Muy simplemente. Como un presidente que trató de ser serio en su actuación, responsable, y que intentó cumplir con sus compromisos”.

Deseo concedido, doctor Vázquez. Usted ya sabe quién lo espera en el Cielo.