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ESPECTACULOS / Aniversario
jueves 23 enero, 2020

Emilio del Guercio: "Todo lo que escuchaba de Luis Alberto Spinetta me parecía bueno"

El músico fue amigo de toda la vida del "Flaco" y socio fundador de “Almendra”. En el día que hubiese cumplido 70 años, su emocionado recuerdo y cuenta qué le hubiera regalado.

Mariano Cervini

Luís Alberto Spinetta y Emilio Del Guercio. Foto: Cedoc Perfil
jueves 23 enero, 2020

Emilio del Guercio (70) viene caminando despacio por avenida Córdoba. Ropa de gimnasia, gorra y anteojos con marco naranja forman parte de su look. Si no fuera porque es uno de los padres del rock nacional, pasaría inadvertido entre la gente. Fundador de “Almendra” junto Luis Alberto Spinetta, uno de sus hermanos de la vida, detrás de su mirada franca y equilibrada resuenan los ecos de aquellos tiempos en los que el "Flaco" y él hicieron historia con sus guitarras. En el día del cumpleaños de su entrañable amigo, lo evoca con un poco de nostalgia y mucho cariño. 

¿Cómo recordás a Luis Alberto en el día de su cumpleaños?

Los primeros años lo recordé con tristeza. Ahora, con un afecto más sereno. Sobre todo me acuerdo de cuando éramos chicos. En esa época estábamos pegados como hermanitos; íbamos a todos lados juntos. Teníamos doce, trece años. Para que te des una idea, te estoy hablando de unos cinco años antes de empezar con "Almendra". 

¿Qué te acordás de esa época?

Lo que me acuerdo es que casi no teníamos ningún instrumento. Andaba por ahí una guitarra del padre de Luis y yo tenía un acordeón a piano que había dejado de tocar porque me aburría el método de mi profesora. En el colegio nos gustaba hacer música con la boca. Ahora se llama “beatbox”. Imitábamos los instrumentos de percusión, bajo y alguna melodía. Nos divertíamos mucho. 

Eran muy chicos...

Cuando empezamos con Almendra teníamos dieciocho. La gente piensa que bajamos de un barco con Pedro de Mendoza (risas) pero es porque empezamos de adolescentes. Nos interesaba mucho el arte en general; la música popular, el dibujo, la escritura, el jazz. Vimos el estreno de la ópera "María de Buenos Aires", de Horacio Ferrer y Astor Piazzolla con 17 años y quedamos encantados. Prácticamente no teníamos diferencia de edad. Nos llevábamos tres meses. Yo cumplo antes que él, pero estábamos parejos hasta en eso. 

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¿Cómo fue tu conexión con Luis?

De chicos, como hermanos. Después crecimos, cada uno formó sus familias, y tuvimos otro tipo de vínculo afectivo pero no esa cosa tan pegada. Tener tantos gustos artísticos en común nos hizo inseparables. Cuando tenía 16 años salía del colegio y me iba para el instituto de dibujo que tenía Alberto Breccia en Florida y Viamonte. Ahí fui absorbiendo toda la movida bohemia del centro de Buenos Aires, las galerías de arte, los cines... y un poco lo fui arrastrando a Luis para ese lado. 

Él era más de barrio y no se enteraba mucho de esas cosas. Ibamos a las exposiciones artísticas y al Di Tella. También íbamos al Lorraine y al Lorca, a ver películas de Bergman, que para nosotros era muy complejo pero ya en esa complejidad nos gustaba. 

¿Y con la música?

Nos pasaba lo mismo. Siempre estábamos buscando. Tratábamos de expandir esa idea de escuchar mejor e ir más profundo. Tuvimos la suerte de ver en vivo a  Ray Charles y a Dizzy Gillespie. Después empezamos a escuchar "free jazz". No sé de dónde nos venía ese interés. Tal vez porque nuestros padres nos estimulaban. Mi vieja siempre fue una gran cantante no profesional y me inculcó la música de chico. Papá trabajaba en radio con Jaime Yankelevich. Eran personas que me animaban mucho a mí y también a Luis. Un día aparecieron Los Beatles y cambiaron todo. Sus discos no eran tan fáciles de conseguir. Parece rarísimo decir esto hoy en día. Cuando salió "Revolver", en 1966, algunos se iban a Uruguay a buscarlo porque acá no se conseguía. Nosotros estábamos muy entusiasmados y la pasábamos muy bien. 

¿Cuál es tu primer recuerdo de Luis Alberto con una guitarra?

A los 14 años, cuando él empezaba a sacar los temas de Los Beatles. Tenía muy buen oído y los hacía iguales. Se esforzaba por encontrar los acordes exactos. Cuando estaban listos, cantábamos juntos. De los locales nos gustaba "Zamba para no morir", de Mercedes Sosa; el tema "Barro tal vez", está muy en esa cuerda. Pensá que Luis compuso "Barro..." a los quince años....

Una genialidad...

¿Sabés qué nos pasaba? Éramos como esponjas de todo lo que admirábamos. Otra cosa que nos sucedió es que no fue muy pensado lo que hacíamos. A la hora de crear algo nuestro, no copiábamos; teníamos influencias, pero se convertían en un lenguaje propio. Por ejemplo, nos gustaba mucho Castagnino y sus dibujos sobre el Martín Fierro y dibujábamos en esa onda pero nunca copiando. En la música también nos pasó eso. Pero no fue una decisión consciente; nos salía así. Al principio, Luis componía temas en inglés y después empezó a hacer temas en castellano, supongo que influido por el folclore y la canción latinoamericana. No teníamos la pretensión snob de hacer cosas raras. Queríamos hacer algo original y de calidad. Siempre quisimos ser músicos populares. 

Los criticaron por raros varias veces...

Es que empezamos a cantar en castellano y buscamos una manera de hacerlo diferente a lo que se escuchaba en "El Club del Clan" o lo que venía de los melódicos de España o San Remo. Cantábamos a dúo y articulábamos la voz de una manera particular. Esa matriz nos quedó grabada a los dos. Yo la usé en Aquelarre y Luis en varias etapas. Venimos de una escuela de cancionistas. Componíamos de una manera similar a lo que hacían Los Beatles; primero hacíamos la melodía y luego la letra. 

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¿Lo veías componer?

Claro, muchas veces. Juntos compusimos "Cometa azul", "Leves instrucciones", "El mundo entre las manos"... También vi cómo Luis le daba forma a la "Cantata de puentes amarillos". Para mí era normal, porque yo lo conocía de chico y él llevaba puesta la guitarra a todos lados y tan naturalmente como si fueran sus zapatos. No pensaba “a ver qué genialidad va a hacer ahora”. La verdad, no me daba cuenta de la trascendencia que podía tener lo que estaba haciendo. Todo lo que escuchaba de él me parecía bueno, entonces no había nada que me pareciera singular. Algún tema me gustaba más que otro pero todos tenían mucha calidad. 

¿Dónde componía?

En mi casa o en la casa de sus viejos. A los padres de Luis le copamos el living; empezamos a poner instrumentos y ensayar ahí con Almendra. Ese espacio fue cooptado por la música (risas). Nos sentábamos en los sillones y pasábamos horas tocando. A veces ni siquiera nos hablábamos porque cada uno estaba en la suya; Luis estaba con un tema y capaz que yo me ponía a leer o dibujar. Lo que me acuerdo es que él tenía la facilidad de hacer una letra en la cocina de la casa de los padres, con toda la familia alrededor. Podía estar su madre cocinando, la hermana jugando a la generala o el padre escuchando la radio y él haciendo una letra. Tenía la capacidad de abstraerse del entorno. 

¿Cómo viste su evolución musical en esos primeros años?

Al principio tocaba la viola con inversiones más simples. Después empezó a jugar con acordes más difíciles y a eso le sumó la voz de manera armónica para que suene como otra cuerda más en el entramado de la construcción del acorde. A Luis le hubiera gustado ser un gran guitarrista lírico. Tenía mucho corazón para tocar y tiene solos de viola muy lindos pero no era un virtuoso como Salinas. Era un enorme guitarrista rítmico. Le gustaba mucho investigar armonías y composición, y fusionarlo con el canto. 

¿Qué cinco temas de Luis te resultan imprescindibles?

Creo que son más de cinco, pero te las nombro: "A estos hombres tristes", "Cantata de puentes amarillos", "Canción de amor para Olga", "Iris", "Canción para los días de la vida" y no puede faltar "Muchacha ojos de papel", que es un tema popular de una redondez increíble. 

¿Es verdad que él lo odiaba?

No, sólo coqueteaba con eso. Como la gente sabía que le había dedicado esa canción a Cristina Bustamante, su novia de aquel entonces, tenía miedo de quedar encapsulado en una veta romántica y quiso salir de ahí. Aunque era una canción con mucho más nivel que las románticas de la época. No sólo en su armonía, sino en la letra y la manera de cantarla. 

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¿Te acordás la primera vez que la escuchaste?

Fue en el living de la casa de sus viejos (risas). Estábamos los cuatro integrantes de Almendra en un ensayo. Luis agarró una guitarra acústica vieja que el padre le había regalado porque no tenía una propia. Empezó a tocar el tema y me gustó apenas escuché los primeros acordes. Me acuerdo que le dijimos “a ver, pasala de nuevo, Luis”. Y cuando la volvió a tocar, le hicimos las voces improvisadas que son las mismas que quedaron en la grabación final del tema. Nosotros ya habíamos empezado a cantar a voces en cuarteto. Estábamos entrenados en la cuestión vocal y cada uno ya sabía cuál era su cuerda. 

¿Escuchás sus temas en la actualidad?

No; sólo cuando aparece de casualidad en la radio. No me gusta escucharlo porque me pongo muy melancólico. Alguna vez lo intenté y me pega mal. Si pongo un disco todavía me duele un poco. Para mí, la voz de él no es solamente eso; es la voz de un ser humano que conocí como mi hermano. Es fuerte. 

¿Te da bronca?

Sí, porque no tendría que estar muerto. En realidad fue una irresponsabilidad de él. Más allá de que cada uno hace lo que puede con su vida. Luis era un gran fumador y de eso no hay manera de zafar. Es una ilusión de la gente que fuma creer que en algún momento de tu vida no te vas a pescar un cáncer o alguna afección similar, antes o después. 

¿Hablaste con él de su enfermedad?

No. En el último tiempo no lo pude ver. 

¿No te dejaron verlo?

Qué se yo. Nunca me dijeron que no podía verlo. Se hizo una especie de cobertura de cuidado hacia él; como un "cerco amoroso", para no pensar en otra cosa. Me acuerdo que una de las veces que traté de ir a verlo a la clínica, no me dejaron entrar. Está bien, no era el horario de visitas, pero bueno... 

¿Te acordás la última vez que lo viste?

Fue unos días después del show de las Bandas Eternas en 2009. No pasó nada en especial. Él no sabía nada de su enfermedad. En los ensayos se quejaba de un dolor en la espalda y el hombro. Se lo atribuía a una contractura que tiene el guitarrista por la posición con la viola. Fue a ver a un médico que le decía que era un tema muscular, pero no. La vida decide en qué momento estás y en cuál dejás de estar. Tiene mucho que ver con la forma en que uno lleva su vida y también con el flujo propio de la historia en la que estamos inmersos y que no podemos dominar. 

¿Vas a escuchar "Ya no mires atrás", el álbum inédito que se lanza hoy?

Sí. La verdad que desconocía que había temas grabados de él. Cuando me invitaron al estreno de la biografía de Luis de Nat Geo, le dije a Cata (su hija), que yo acababa de grabar un tema dónde repito “no mires atrás / no mires atrás”. Son coincidencias que vaya a saber de dónde vienen. 

¿Luis era de festejar su cumpleaños?

Sí. Igual no era de hacer fiestas voluminosas. Cuando teníamos 15 años le quería regalar un libro de Cortázar que recién había salido. Creo que era "Todos los fuegos el fuego". Nosotros ya éramos punks de chiquitos y yo no quería llevarle un regalo envuelto con moño y todo. Entonces lo que hice fue forrar el libro con papel de diario. Cuando se lo di, la madre me miró como diciendo “qué es esta porquería” (risas). 

Si tuvieras que regalarle algo hoy, ¿Qué le regalarías?

Un dibujo mio. Nosotros nos regalábamos dibujos. Cuando yo estaba en España, él me mandaba cartas con ilustraciones. En un momento se nos había dado por dibujar bichos; engendros surrealistas, mitad máquinas, mitad seres humanos; le llamábamos "Los Guiñapos". Compartíamos mucho ese mundo. Me sentí un privilegiado de conocerlo, pero no en el sentido de un fanático, sino como mi amigo. El privilegio fue haber tenido un hermano de la vida muy valioso para mi y también la felicidad de haber hecho todo lo que hicimos juntos. 

CP


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