Hay un Farruquito de exportación, el que se presenta el miércoles 8 de noviembre en el Teatro Opera y que el séquito de amantes del flamenco verá en su cuarta visita a la Argentina. Es el mismo que adoró Broadway y que la revista People consideró como a uno de los más bellos del mundo. Hay otro, bautizado Juan Manuel Fernández Montoya, conocido sobre todo por los españoles, cuando lo descubrieron en septiembre de 2003, capaz de atropellar y abandonar a la muerte a un hombre en una calle de Sevilla, un delito que aún tiene una causa judicial pendiente y por el que, tal vez, podría terminar en la cárcel.
Por homicidio, por imprudencia y por omisión del deber de socorro, la Audiencia Provincial de Sevilla lo condenó a tres años de prisión, además de indemnización para la viuda y los padres de la víctima, un mecánico de 35 años. La defensa del bailaor pidió que se le sustituyera la pena por trabajos en beneficio de la comunidad (probation) o el pago de una multa, pero la Fiscalía se opuso. “De temas personales no hablo”, responde el acusado y pasa a otro tema. Su jefa de prensa española explicará luego que Farruquito está esperando una sentencia firme. “Pero él sólo habla de su espectáculo –aclara– y no tiene por qué contestar sobre lo que hizo.”
En todo caso, en este hombre hay un artista único, que con apenas 24 años lidera, desde la muerte de su abuelo Farruco en 1997, un clan gitano de bailarines y cantantes.
“Aunque tenga malos recuerdos de la Argentina por lo que ya sabes (su padre, el cantaor Juan Fernández Flores, sufrió un infarto mientras actuaba en el Museo Fernández Blanco, en 2001), también me da gusto ir porque tengo muchos amigos allí, es una tierra especial para mí”, dice desde Sevilla. Para Farruquito no hace falta ser gitano para sentir el flamenco: “Ahí tenemos al maestro Paco de Lucía, a Pilar López, hay muchísima gente. Ser gitano te da algunas vivencias distintas pero la verdadera diferencia está en el estar enamorado o no del arte”.
El sello que le viene dado por derecho de familia es el de la tradición. Su madre, la bailaora Rosario Montoya “la Farruca”, y su tía, Pilar Montoya “la Faraona”, son puristas. En cambio, él prefiere decir que los más jóvenes tienen inquietudes y evolucionan. Pero nunca al modo de su paisano Joaquín Cortés: “Cada cual es libre de interpretar el flamenco como quiera. Respeto todas las opiniones pero soy partidario de llamar a las cosas por su nombre. Joaquín Cortés me gusta y tiene su mérito. Pero si él no hace flamenco, que no lo llame flamenco porque el flamenco necesita de respeto y admiración”.
Si de tradiciones se trata, Farruquito se casó el año pasado con Rosario Alcántara con toda la pompa de la ceremonia gitana, incluida la “prueba del pañuelo” para probar la virginidad de la novia.
De pura cepa
Farruquito y Farruco se llama el espectáculo que traen a Buenos Aires los bailaores sevillanos Farruquito, su hermano Farruco (18) y su primo Barullo (16). Para el patriarca español de 24 años, el porteño es un público que sabe o aparenta saber de flamenco y sobre todo lo siente desde el corazón: “Cuando uno baila, aquí te acompañan, dicen ole al compás de tu música, porque la mayoría de los que van al teatro son aficionados, bailan o cantan, y eso para el artista es genial, y no siempre se da”.
A los 5 años, Farruquito debutó en Broadway y a los 12 participó en la película Flamenco, de Carlos Saura. Para los 15, ya había creado su primer show, Raíces flamencas, y desde entonces sigue llevando su arte por todo el mundo, además de estar al frente de la Academia, en Sevilla, que difunde los preceptos de la escuela Farruco.