Londres, The Guardian- El mundo pasa por el lobby de un coqueto hotel en el centro de Londres y, de vez en cuando, el ascensor se abre para "escupir" a sus pasajeros, muchos de los cuales transportan grandes luces, cámaras y estuches de maquillaje.
Empiezan a apilar sus cosas en el lobby y vuelven al ascensor para subir una vez más. Tiene el tamaño de un ataúd, lo que los obliga a hacer muchos viajes. Teniendo en cuenta la cantidad de equipos que se apilan a mis pies, estuvieron filmando la remake de Ben-Hur allá arriba.
En el medio de todo, hay una caja. Está llena de papeles y tiene una etiqueta en el exterior. Dice “Liza Minnelli”. Y justo cuando mi anticipación está a punto de pasar de aburrimiento a irritación, la Sra. Minnelli está lista: me recibirá ahora.
Lo único, me pide el publicista, es si podría evitar las preguntas del tipo cómo mantiene una visión positiva de su vida, y esas cosas. Aparentemente, la Sra. no ve porque no debería ser positiva. El publicista parece preocupado y yo acepto el requisito, aún cuando me parece un poco raro.
De todas maneras, a los 60 años, y siendo una de las últimas estrellas de la Vieja Guardia, una heredera de la realeza de Hollywood, Liza ha hecho bastantes entrevistas en su vida y hay algunas preguntas que simplemente deben irritarla, me parezca extraño o no. Y puedo ver como las preguntas sobre lo positivo pueden llevar a preguntas sobre lo negativo...
Minnelli es la única hija de dos ganadores del Oscar, Judy Garland y Vincent Minnelli, que también mereció el premio. Es también una de las pocas artistas que ganó los máximos galardones de la industria del entretenimiento norteamericano: el Grammy, el Emmy, el Tony y el Oscar.
Y también está su vida personal. Están los temas de las adicciones, los cuatro matrimonios fallidos y los miles de affairs que fracasaron, la complicada relación con su madre, y el roce con la muerte (tuvo encefalitis hace seis años).
Pero acá estamos en el cuarto de la Sra. Minelli y frente a ella en persona. Está vestida de negro y sus ojos son grandes y brillantes. Su maquillaje es pesado, pero sin errores. Tiene un lunar en la mejilla. Luce exactamente como ella y si no se hizo nada, luce increíble para tener 60.
Tiene un cigarrillo en la mano. Hace poco dijo que fumar era el único vicio que le quedaba. ¿Extraña a los otros? Parece inescrutable y me pregunto si es porque no puede mover la cara.
“Querido”, me dice, “todos gastamos tanto tiempo en cosas que no valen la pena. Me parece que cuando uno se hace más viejo empieza a comprender lo que importa y lo que no. Tenés la experiencia”.
Esto no responde a la pregunta, pero me empiezo a acostumbrar (también parece que puede mover la cara).
Hay un elefante en la habitación (expresión: un tema que no resulta difícil evitar). Se llama David Gest y es un tema que está fuera de los límites Según el publicista, la ley le prohibe a Minnelli hablar de él.
Durante el casamiento, en el cual Michael Jackson y Elizabeth Taylor fueron testigos, Gest le dijo esto a Minnelli: “Me hacés una persona completa. Sos todo para mí y te voy a amar para siempre”. Y le dio un beso que hizo historia.
Dieciséis meses después el matrimonio había terminado y la pareja sigue en guerra hasta hoy. En el 2003, Gest acusó a su ex esposa de atacarlo en reiteradas oportunidades. Mientras tanto, los abogados de Minnelli sostenían que ella temía por su vida durante el tiempo que estuvieron juntos.
Gest dice que los ataques lo dejaron en un estado de dolor constante, que hizo que necesitara medicación, que lo llevó a la anorexia. Por su parte ella dice que su ex se inventa dolencias y que sus ataques fueron en defensa propia y que el trataba de dominarla y controlarla con drogas.
Y después hay otro juicio que involucra al chofer. E historias que aseguran que el perro de Minnelli fue envenenado mientras ella estaba de shopping.
Y todo esto viene antes del gran signo de pregunta alrededor de la sexualidad de Gest, a quien casi nadie considera heterosexual.
No fue el más digno de los divorcios.
Inclusive la jueza del caso aseguró que se hartó de su “basura caprichosa”. “Es indigno y tiene que parar”, dijo.
Si Liza estuviera dispuesta a hablar del tema, me parecería un poco desubicado hacer la pregunta: ¿así que cagaste a piñas a tu marido gay?. En cambio, con Gest como un no-tema lo único que me queda es tratar de leer entre líneas todo lo que dice, y preguntarme si cuando dice x, en realidad quiere decir z.
Como ocurre con mucha gente sobre-analizada, mucho de lo que dice suena profundo pero no lo es si se escucha con detenimiento.
Minnelli está en Londres promocionando el lanzamiento en DVD de su concierto de 1972, “Liza con Z”. Dirigido por Bob Foie, filmado en una sola noche en Broadway y transmitido por la televisión norteamericana, el recital muestra a Minnelli en su auge.
Es luminosa, energética, sexy pero inocente. Nunca fue convencionalmente linda, pero te hipnotiza mirarla. Habita el escenario sin esfuerzo y salta de clásico en clásico, incluyendo “Cabaret” y, por supuesto, “Liza con Z”, escrita por Fred Ebb sólo para ella.
Fue hace más de 30 años, pero le parece ayer. Casi nunca mira para atrás, dice.
“Estoy siempre mirando hacia lo que viene. Soy demasiado curiosa como para mirar para atrás...Es muy difícil ser infeliz cuando sos curiosa y agradecida. Estás ocupada, no tenés tiempo de estar triste. Mi más grande talento es que sé quien tiene más talento que yo. Voy, los busco y aprendo”.
Trabajo mucho en su vida. Inclusive ahora, hace dos horas de jazz a la mañana, “como siempre”. La danza es uno de sus grandes amores, aunque quiso patinar sobre hielo durante mucho tiempo.
“Me entrené para participar en campeonatos. Ahora no entreno más pero miro las competencias todo el tiempo. Nunca me las pierdo”. Dice que no tiene intenciones de retirarse.
¿Qué consejo le daría la Liza de 2006 a la Liza de 1972? “Es una pérdida de tiempo hacer eso”, dice. “Es una pérdida de tiempo pensar en lo que tendría que haber hecho pero no hice. Es lo que es. Vivo mi vida un día por vez”.
Eso es lo que tenés que hacer cuando sos un adicto en recuperación: vivir un día por vez. Pero es justo decir que un poquito de planeamiento no hubiese estado de más en la vida de Minnelli.
La primera vez que apareció en una película tenía 14 meses, junto a su madre. A los 18 años, volvió a actuar junto a Garland, esta vez como co-protagonista de una obra de teatro en el London Palladium, papel que para muchos fue el punto de partida de su carrera. Después ganó el Oscar con “Cabaret” en 1972”.
Pero con cada victoria, los fracasos se acumularon. Están los ex maridos antes de Gest: Peter Allen, Jack Haley Jr y Mark Gero. Están sus batallas con el alcohol, las drogas y su peso. Y en el 2000, la encefalitis. Fue durante la recuperación que conoció a Gest.
Aunque algunos periodistas dijeron que mostró algunos signos de incoherencia en algunas entrevistas, a mí me suena bastante lógica hoy.
Hablamos de su amor por New York y de cómo Los Angeles es un par de suburbios que intentan ser una ciudad. Le gusta Las Vegas también, adonde va a volver a hacer un show el mes que viene.
“No puedo esperar para ver Las Vegas otra vez. Me acuerdo de la primera vez que fui, yo tenía 9 y mi mamá iba a actuar ahí. Estaba en la pileta todo el día. No voy a Las Vegas como hace cinco años. Ahora nadie se viste como antes. La gente viene a ver los shows vestidos con shorts. La convirtieron en un lugar para la familia, lo que es positivo económicamente. Pero falta el misterio, el peligro”.
Hablamos de cómo cambió Estados Unidos desde el 11 de septiembre. “Nos afectó a todos”, dice. “Entendimos qué es el verdadero miedo. No teníamos esto antes. Fue realmente aterrador pero mostró el espíritu de New York. La canción “New York, New York” se convirtió en un himno. Yo fui y la canté”.
Y entonces el aire en la habitación cambia de repente. “Me tengo que ir querido”, dice. “En serio”.
Minnelli se para y me da la mano. La entrevista, que también se sintió como una montaña rusa, acaba de terminar. Estoy desorientado pero ella ya está en el otro cuarto, esperando que me vaya. Considero hacerla esperar pero termino escapándome al ascensor del tamaño de un ataúd. Parece grande sin el elefante.
Traducción: Carolina Thibaud