Tercer capítulo de este novelón. Allá lejos y hace tiempo se producía el primero, el de ensayo y error, aquel que aceptaba como título: “En el que Marcelo se tira a la pileta para que Montecristo no se lo coma crudo”. A continuación llegó un segundo capítulo, con el rating más consolidado y otro posible título: “En el que la conspiración de los programas de la tarde se revela sorprendente”. Pero ahora mismo, el título del tercer episodio de este Bailando por un sueño que se devoró a ShowMatch no deja lugar a dudas: es el capítulo “en el que nuestro héroe triunfa sin asomo de sospecha”.
Uno puede llegar tarde, e incluso muy tarde, pero acá pasa algo y es de caballeros admitir las cosas: Bailando por un sueño es de lo más divertido que se puede ver, hoy por hoy, en la televisión argentina. Y ya no se trata ni de un manotazo de ahogado ni de la mera lucha para trepar en el rating instrumentada con trucos, zancadillas y artes no del todo claras. Pues no. Acá hay algo más. Tiene que haberlo.
Primero y principal, la optimización de la maquinaria. Seguramente el éxito de Bailando 3 tiene que ver con los nombres convocados, un casting-Terminator, letal, sin asomo de duda (¿quién hubiese imaginado, por ejemplo, a la Tigresa como reina del salón?); pero, además, sobre la marcha se fue retocando el formato, aparecieron personajes, rutinas, héroes y villanos, peleas (apañadas o no), emociones (genuinas o no), y así como el equipo de ShowMatch le fue sacando cada vez mayor jugo al asunto, fue aprendiendo a hacerlo mejor, los espectadores también fueron aprendiendo a ver ese espectáculo mitad culebrón, mitad Moulin Rouge (aderezado con una pizca cada vez más pequeña de “espíritu ONG”). Fijo que muchos renegados de Bailando 1 son adictos a Bailando 3, y esto tiene que ver, antes que con la conversión lisa y llana (a fin de cuentas, una debilidad tan respetable como cualquier otra), con ese camino recorrido.
En ese camino, la excusa de “los soñadores” fue ocupando su lugar: con todo respeto, por ellos y por sus sueños, brillan en la medida que no son funcionales a los caprichos de las divas, cuando por algún lado se salen de ese lugar de docilidad al que parecen condenados por el nivel de ego ambiente. Un Bailando 4 debería incluir un poco más de tensión al estilo Evangelina Carrozzo-Javier Rojas. Por lo demás, en Bailando 3 las divas son las divas (naderías, brillo y curvas), y ni siquiera el jurado (oportuno cóctel de colegiados que mezcla un poco de Feliz domingo , algo de panel de Polémica en el fútbol y hasta una medida de Forum , aquel simpático ciclo de Moreno Ocampo) puede ponerlas en otro sitio que no sea Su Sitio. Como Dios manda.
Pero quizá lo mejor de esta etapa de Bailando sea Marcelo Tinelli. La gente bailando ya es un espectáculo digno de verse, pero... ¿qué show es un show completo sin maestro de ceremonias? Tinelli se mantiene a una distancia perfecta de cada aspecto del show, despreocupado y elegante, como si flotara y desde allí pudiera observar el espectáculo a mitad de camino entre la satisfacción y una parsimonia que a veces linda con el cachondeo. Como quien sabe que, aunque empezó perdiendo y dio vuelta el marcador con goles y hasta pegándole un baile al rival (¡cuac!), después de este partido (o de este capítulo) vendrán otros más.