Si no se le presta la debida atención, esa figura desgarbada que deambula por el hall del hotel parece más un pastor amish que una estrella de rock: pesadas botas negras –demasiado pesadas para esta calurosa Buenos Aires-, camisa blanca y desprolija, un crucifijo brillante colgando a la altura del esternón, saco negro tipo levita y un sombrero también negro que corona su cabellera desgreñada como la de un espantapájaros.
Así es Patti Smith. Desprolija, brillante, desgreñada. Recién bajada de un avión que se retrasó, brindó una inusual conferencia de prensa en la que habló del rock, de George Bush, de sus amigos –un tal Bob Dylan, un tal Allen Ginsberg, un tal William Burroughs- y adelantó, sola con su guitarra, temas del show que dará mañana por la noche en el marco del Festival BUE.
“El rock n´roll es una forma revolucionaria de expresión, una voz cultural, y sigue siendo una de las armas más importantes que tiene la gente joven. Hoy en día la gente no le da el poder que debería tener, los músicos están más interesados en el dinero o en la imagen”, sentencia con la autoridad que le confiere haber sido la segunda artista (después de la banda Television) en tocar en el mítico CBGB (Country Bluegrass Blues) , considerado la cuna del punk; y también la última, cuando el antro neoyorquino cerró sus puertas definitivamente el 15 de octubre.
“Me puse un poco triste cuando cerró el local, seguro. Pero CBGB es más que un lugar: es una filosofía. CBGB significa buscá tu propio lugar, cada uno debería tener su propio CGBG, estoy segura de que habrá muchos CBGB´s en el futuro”, confesó.
Patti Smith suena espontánea, a pesar de estar sometida a una intensa lluvia de flashes. Sus declaraciones son filosas como su poesía, y no tiene problemas en hablar de política: “Tenemos que despertarnos, la gente olvida que los gobiernos, las corporaciones o las iglesias están al servicio de la gente, y no al revés”, y criticar a George Bush: “Desde mi casa pude ver cómo las Torres caían, y el segundo avión pasó por encima de la escuela de mi hija; pero mi mayor temor era cómo iba a reaccionar el gobierno. Y mis miedos se cumplieron”.
Después se calza una guitarra acústica y sin micrófono comienza a tocar un tema. Alguien le pide que haga alguno de los viejos, pero ella se excusa: dice no saber tocarlos.
Otro pregunta si en su show en el BUE va a tocarlos. “Tendrán que venir a verme si quieren enterarse”, contesta, misteriosa, y después de una segunda canción se va, desprolija, brillante y desgreñada –pero sobre todo brillante- dejando a los presentes con la sensación de haber vivido un momento histórico.