El Chino Laborde tiene un peinado bastante moderno (rulos en forma de jopo) que no se condice con la imagen más prototípica. Pero, claro, cuando uno abre su disco, Tango tango, en las fotos de la cubierta y el interior aparece con el más gardeliano peinado a la gomina. En estos márgenes se mueve el cantor. Por un lado es el front man de la clásica orquesta Sans Souci que es, según él, como “una banda de perfectos covers”, y también de la típica Fernández Fierro, que sigue el estilo Pugliese, pero con músicos con rastas, remeras de Ferrocarril Oeste y zapatillas.
—¿Qué es un “tango tango”?
—Es un tango de verdad sin fusiones ni ganas de mezclarse con otros estilos. Es una flor de tango o un tangazo, sin vueltas, tocado desde la guitarra. Y la idea era hacerlo bien a tierra, con una guitarra criolla, como Atahualpa Yupanqui, o Aníbal Arias, que es el guitarrista de Troilo. Quisimos volver al origen.
—¿Viene de una familia tanguera?
—Tuve la suerte de escuchar esa música en vivo, en mi propia casa. Mi abuelo materno era bandoneonista aficionado, mi tía cantante llegó a trabajar con Tanturi, una especie de Virginia Luque. Los sábados, mi casa era como una especie de peña. Yo, por otra parte, siempre fui un chico muy locuaz y por eso empecé a cantar. A los 2 años, había una telenovela con Rodolfo Bebán, que tenía de cortina Te llamarán malevo, y yo me lo aprendí de memoria.
—¿Qué lugar toca a los cantores en el renacer del tango?
—Somos una pieza necesaria en la poesía musicalizada. Hemos ido resurgiendo y estamos mejorando. Si nos ponemos a nombrar de Gardel para acá, debe haber por lo menos veinte cantantes importantes, porque todavía hay cantantes que cantan como Goyeneche o como Maciel. Yo estudié, con un tenor de Wilde, la técnica de la escuela italiana lírica, y después con el profesor Rubén Alvarado –el maestro de Edmundo Rivero, Hugo Marcel, y hasta Luis Miguel cuando estuvo en Buenos Aires–, un gran vocalista que me enseñó todos los secretos. Ese profesor falleció y ya no hay otros grandes.
— Algunos asocian el auge del tango con un interés económico ligado al turismo...
— Me molesta un poco cuando creen que los músicos se meten en el tango para ganar plata. Porque no hay plata, hay pérdida. Pero el tango tampoco es fácil, los que se llenan de plata con él son los empresarios que viven de los bailarines. Y los músicos tampoco ganan. Eso mataría reaclararlo, porque está todo muy confundido, hay gente que cree que, como el turista consume tango, el tanguero cobra tres por uno, y no es así, para nada.