ESPECTACULOS
ENTREVISTA AL ACTOR ROBERTO CARNAGHI

"Tato me dio un nombre"

Millones de personas reconocen su labor en Montecristo y acaba de ganar el ACE de Oro por su trabajo en teatro. Casado con la actriz Julia Blanco hace más de cuarenta años, recuerda los tiempos en que tuvo que vender de todo para sobrevivir y la ayuda que le brindaron Alberto Ure y Joe Rígoli. Agradecido con la televisión que le dio tres Martín Fierro, confiesa que le hubiera gustado ser Robert De Niro.

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LUMINOSO. Carnaghi muy distinto al personaje siniestro que encarna en Montecristo. | Cedoc
Como siempre, Roberto Carnaghi es puntual. Acompañado por yogur descremado y agua mineral, espera como un novio, acicalado y con ojitos brillantes. El entusiasmo no es cuestión de edad. Las preguntas resultan una convención artificiosa, porque el ganador del ACE de Oro no “responde a la entrevista” sino que rememora, asocia, construye un ida y vuelta de palabras que hasta casi parece disfrutar. No abandona la elegancia ni cuando se niega. “Soy del siglo veinte”, contesta en lugar de dar una cifra en años. Con el elegido Mejor actor protagónico en comedia y/o comedia dramática (por La resistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht), no hay que remar. Sólo escuchar y hacer la plancha en un mar benévolo.

—¿Está más delgado?
—Sí... pero creo que ya engordé un poco. Es que estuve tomando vino últimamente. Tengo que cuidarme. Históricamente, tengo problemas de hígado golpeado.

¿Tuvo hepatitis?
—No, de joven tomaba de más. A los 16 años tuve un cólico hepático. Cosas de pibe: ¿A qué no te mandás este vaso de ginebra?

Habrá festejado después del premio...
—Con mi familia, en mi casa.

En una casa en Villa Urquiza viven varios Carnaghi: la esposa –la misma desde que se conocieron en el Conservatorio de Arte Dramático, la actriz Julia Blanco–, dos de sus tres hijos –María Paula y Andrés– y un nieto de 15 años, de María Paula. El más grande y con cama afuera es Pablo, casado, padre de dos nenas, técnico y actor.

¿Lo sorprendieron los dos ACE?
—No me lo esperaba. Me nominaron cuando se creó el premio, en el ’92 (por Sacco y Vanzetti), ’93 (por Black Comedy) y ’94 (por Así es la vida). Después nunca más hasta ahora. Es más, hasta no iba a ir. No tenía premios en teatro, sólo en televisión. Tengo tres Martín Fierro (por participación en ciclos de Tato Bores, de Antonio Gasalla y la sitcom La niñera). Fijate que empecé a trabajar con Tato en 1979 y el premio me llegó en el último año del programa, en 1993, por mi “corrupto”. Tampoco me nominaron por Buscavidas, con Luis Brandoni, cuatro años haciendo el Loro, un personaje maravilloso. Pero la tele me dio muchas satisfacciones, y por eso la quiero tanto.

¿Este es el mejor momento de su carrera?
—Sí. Con Montecristo estoy viviendo un momento único. La gente me llama para decirme que odia mi personaje (el matón Lisandro) pero que le encanta lo que hago. Como actor es una satisfacción porque la televisión es raro que te permita crecer, y acá puedo hacer cosas distintas, experimento, aprendo y encima con un rating que llegás a tantos. Aunque hubo otros también. Cuando estuve con Tato, que me dio un nombre, me hizo masivo pero con ese nivel que perdura. Aprendí mucho de él y le debo mucho. Cuando hacía Buscavidas, cuando estuve en el elenco estable en el teatro San Martín, la primera vez que tenía un sueldo seguro haciendo obras maravillosas y con vacaciones. El mejor momento fue cuando empecé a vivir de la profesión, porque antes malvivía.

Cuarenta años. La carrera de actor comenzó cuando egresó del Conservatorio en 1966, “junto con Ana María Picchio”, acota, “aunque creo que ella ingresó antes de cumplir los 18, a los 17 o menos”, aclara inmediatamente con temor a la indiscreción. “Mi primera obra fue El mundo de Scholem Aleijem, dirigido por Carlos Gorostiza, en el teatro San Telmo, que se quemó. Ahí estrenó Norman Briski La fiaca, así que imaginate, se llenaba”, recuerda.

¿Cómo fue esa etapa hasta que empezó a vivir de la actuación?
—Cuando me recibí ya estaba casado y tenía a Pablo pero igual dejé la oficina donde trabajaba porque no podía ir a los ensayos. ¡Era una locura! Así que empecé a vender libros, enciclopedias, vinos, cacerolas. En esa época estaba lleno de actores vendedores. Cobrabas por comisión y la empresa te daba la lista de clientes. Pero una vuelta, de mucha malaria, salí con otro a tocar timbres.

—¿Pasó mucha “malaria”?
—Sí, sobre todo al comienzo. Empeñé y vendí todo: joyas de mi mujer, mi colección de libros. Mirá, cuando nació mi segunda hija, vino con un pan enorme bajo el brazo. Tenía trabajo en la tele (hacía de marido de Susana Brunetti en El pastito), en el teatro y en cine, para Sonofilm. A la semana del nacimiento, se levanta el programa, se posterga la obra para el año siguiente y la película no se hace. No se podía creer. Dos hijos, las cuotas del departamento recién comprado y sin trabajo. Era desesperante. Entonces un amigo me recomendó en una empresa de perfumería y cosmética. No me querían tomar porque ya era algo conocido por la tele, por algunas publicidades. No te digo que de rodillas pero le pedí por favor que me tomara a prueba. Argentina año veinte, me dijeron que sólo tomaban gente en relación de dependencia y ahí quedé hasta que salió lo de Tato e ingresé al San Martín. Al renunciar, les pedí que me dejaran las puertas abiertas por si volvía a quedarme sin trabajo.

¿Y en el gremio, quién le dio una mano?
—El primero fue Alberto Ure. Era director creativo de Walter Thompson, ganaba guita y era una especie de Mecenas no sólo mío sino de varios compañeros. Fue mi mejor comprador de libros. “¿Cuánto necesitás vender?”, me decía. Nunca me pidió lo que me prestó. Y Joe Rígoli. Con él hacía sketches en el programa Casino Phillips y en los carnavales, por los clubes Morón, Vélez Sársfield y Comunicaciones, donde armábamos un show con cuatro minas. ¿Sabés quién era el presentador? Silvio Soldán. Y la secretaria, una piba hermosa y modosita, Silvia Süller. Imaginate, yo venía del Conservatorio, del teatro serio, y en el escenario de la cancha, con micrófono, decía: “Joe, ¿qué dice el bombero cuando le tiran la manguera?”. ¡Esas boludeces!

—Había que pagar la luz...
—Claro. Mirá, yo empecé con el psicoanálisis cuando estaba con Ure, con Carlos Gandolfo, esa gente. Y ahí tuve el click, cuando el analista me dijo: “Hospital, haga hospital, no sólo laboratorio. Gánese la vida con su profesión, en lo que sea pero en su profesión”. Yo hacía teatro serio, por un lado, y vendía vinos Don Raúl, por otro. Me sacó la vergüenza y me convertí en un actor mucho más rico, que hacía distintas cosas, de todo, publicidad, radio, títeres, creo que lo único que no hice fue la calle. No me arrepiento de nada. Claro que no soy tan necio como para afirmar que no cambiaría nada. Sí que cambiaría algunas cosas pero no me arrepiento. Le di de comer a mi familia y me mantuve con la misma mujer.

—¿Cómo se hace?
—Un día, amándola, y otro día queriéndola matar, así se hace. No la cambiaría por otra mujer. Le fui fiel salvo unos meses que estuvimos separados después de tenerlo a Pablo. La felicidad no existe. Son momentos y hay que aprovecharlos.

¿Qué le parece la nueva generación de actores?
—Hay dos tipos de actores jóvenes: los que quieren llegar pronto, ser famosos porque son lindos –generalmente lo son– y los que estudian. Cuando yo empecé, no había esta locura mediática y los que laburaban eran los viejos, los pibes tenían que hacer banco. Claro que también soñába con el éxito. Yo quería ser una estrella, me habría gustado ser Robert De Niro, o ser el mejor actor del mundo. Pero después te das cuenta de que no sos el mejor.