Estrenamos esta semana en el Centro Cultural de la Cooperación la primera obra teatral que se conoce en la Argentina del reconocido novelista sueco autor del exitosísimo personaje Wallander: Henning Mankell. Dirigimos Graciela Dufau, mi mujer, y yo. También la codirección es una experiencia inaugural para nosotros.
Mankell es, además de un prolífico novelista, un dramaturgo y autor de más de treinta obras teatrales. La nuestra se llama Antílopes y de ella dice su autor: “Los protagonistas son los negros, pero no se los ve”. En escena hay tres personajes blancos en un país de Africa. Pero no son los únicos personajes. Cuando entra un africano no tiene cuerpo. Está invisibilizado. Y ellos le hablan al “fantasma” del africano que tienen frente a sí.
La metáfora que crea Mankell no necesita de demasiada explicación. Esta invisibilización de los negros es la misma que padecen en nuestro país los cuatro millones de descendientes de afroargentinos a los que no se los ve y cuya cultura y ancestros permanecen silenciados.
Se suele pensar que los mataron mayoritariamente en la Guerra con Paraguay. Es una hipótesis en discusión. Porque en todo caso, ¿qué pasó con las mujeres que no fueron a guerrear y con su descendencia que se mezcló luego con los blancos?
La inminencia del estreno me enfrenta una vez más al hecho de que Antílopes no es solamente una obra con un fuerte contenido psicológico. Las ranas croan. El hipopótamo suspira. Estamos en Africa. Un árbol de baobab creado por Eugenio Zanetti como fondal de escena nos lo recordará durante los setenta minutos frenéticos que dura la obra.
Antílopes aborda lo psicológico, pero lo trasciende: es teatro político del mejor nivel. Sutilmente, sin panfletarismo, el autor hace una fuerte denuncia social.
Mankell vive seis meses en su país natal, Suecia, y otros seis en Mozambique donde dirige el Teatro Nacional de Maputo, su capital. Dice Mankell: “Yo no vine a Africa por razones románticas. No hay nada paradisíaco aquí, muy por el contrario. Pero desde la infancia sabía que terminaría aquí. Hoy tengo una torre de observación en Europa y otra en Africa. Eso me permite ver el mundo con más claridad, sobre todo a Europa. Me llena de rabia cuando escucho el modo en que se habla de Africa. Se sabe todo acerca del modo en que los africanos mueren y nada acerca de ¡cómo viven! Es hora de que estas historias invadan Europa, como lo hizo América latina en los 60. Occidente se ocupa solamente del porvenir, de lo que vendrá, de lo que viene después. No debemos perder la conexión con la historia. Lo que yo vi en Africa, es a Europa. Africa me hace un mejor europeo”.
¿Hay un teatro que no sea político?
En toda producción el artista toma partido por una poética y desecha otras. O bien defiende las tendencias culturales y políticas en pos del mantenimiento del statu quo y los valores instituidos o bien resiste a lo preestablecido y lucha por el cambio. Más allá de que los contenidos de la obra sean específicamente politizados, toda obra contiene una tensión entre lo que sucede dentro del teatro y lo que pasa puertas afuera.
Y por tanto, es política. Shakespeare definía esa interrelación diciendo que el teatro debe ser un fiel reflejo del mundo. Yo creo que se puede ir más allá que la mera idea de un reflejo. En tanto se trata de una creación artística, como en toda creación hay una nueva realidad que el arte inventa. Si la metáfora es el instrumento del que se sirve el poeta para, poner en interrelación dos elementos que antes no lo estaban, podemos afirmar junto con el crítico y ensayista Jorge Dubatti que “La mayor fuerza política del teatro está en su capacidad metafórica”.
Tito Cossa decía hace unos años que el teatro de arte es siempre rebelde. Y que por eso es político. “Cuando le toca, le pone el pecho al autoritarismo. En épocas de bonanza institucional se enfrenta al mercantilismo, a la banalidad y al mal gusto. Y en todos los casos necesita romper con las modas. Es decir, hace política’’.
*Psicoanalista y director teatral.