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ESPECTACULOS / Tiempo liberador
sábado 21 septiembre, 2019

Venimos de un linaje de mujeres con sueños mutilados

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Mónica Antonopulos

En acción. Late el corazón de un perro, la obra que protagoniza Mónica Antonópulos en el Espacio Callejón. Junto a su mamá, Lucy. Foto: franco verdoia / carolina alfonsoi
sábado 21 septiembre, 2019

Me gustaría dedicárselo a los sueños de La Lucy, mi madre, a todas las mujeres y madres que la vida nos presenta.

Para un pueblo una mujer que sueña es peligrosa. Una mujer que sueña es peligrosa.

Comienza la función y estoy sola. Yo, Mónica, me encuentro en los zapatos de Ana, mi personaje. Una vez que entre a la casa de la infancia que propone Late el corazón de un perro, seré arrastrada más de una vez hasta la orilla, como cuando de niña una ola me sacudía violentamente y me entraba agua por la nariz y la boca, dejándome el culo cacheteado por la arena. Ahora esa ola será Mabel, interpretada por la gran Silvina Sabater; y Ana, su hija, ya no es una niña que pueda ser fácilmente volteada. Una vez que llegue a mi marca, arrancará un tiroteo poético de poco más de una hora. Será una carrera o una batalla. Tomo aire.

Ana se encontrará con su Madre, y yo, Mónica, me encontraré con la mía.   

Pongo a disposición los lugares más rotos de esta hija, pero con la dignidad suficiente como para refregarle en la cara que pude escaparme de ese destino inevitable que esa Madre pensó para mí, que finalmente logré ser otra. Yo misma. Exhalo por primera vez a los 40 minutos de obra y le escupo en la cara: “¿Tan raro te resulta que una persona se parezca a lo que realmente es?”.

Mi personaje, y yo con ella, salimos corriendo por no soportar un doblez. ¿Es Mónica la que se escapa? ¿Es Ana? Aprovecho la salida para hidratarme, porque la segunda entrada será aún más áspera.

Mientras, un Diego Gentile entrañable interpreta a Hernán; un bombero encargado de evitar un desalojo que mediará en un conflicto todavía mayor: una confusa madeja anudada que mantienen a esta hija y su madre en pie de guerra.

Vuelvo a entrar. Ante la primera palabra siento mi cuerpo erizarse. Es que Silvina contesta como Madre. ¿Es mi madre la que habla? ¿Es una mujer la que habla? Quedo suspendida en ese pensamiento y la ola me voltea para volver a ser Ana. Ana quiere mostrarle a su madre que ahora es ella quien la necesita, que ahora ella será mejor hija de lo que fue Mabel como madre. Pero, ¿quién puede hacerse cargo de su propia madre? No la que está frente a Ana, sino la madre que está dentro nuestro. La que queda incrustada. Pienso que es mucho “una madre” existiendo en la cavidad de “una sola mujer”.

Quedan pocos minutos y puedo sentir la gloria que hierve dentro de Ana. Como en un juicio, desparramo evidencias y dejo al descubierto a esta mala madre; como si con aquel exabrupto le diera un poco de Justicia a mi personaje. Elijo no mirar a Silvina, su fragilidad es una trampa. Su personaje, roto, me hace querer escapar otra vez, como si la verdad que ahora va a revelarse fuera esa ola que me voltea por completo:

Mabel: “…Siempre me sentí disfrazada siendo madre y esposa de un intendente. Es que para un pueblo una mujer que sueña es peligrosa”.

Quiero salir de escena y llamar a mi vieja. Quiero charlar con ella. Preguntarle cosas. Pero, quizás no haya encuentro posible entre una hija y su madre. Quizás la cita tenga que ser con la mujer detrás de esa madre. Un encuentro entre mujeres desprovistas de su condición de madre, de su condición de hija.

Quizás ahí, recién ahí, se pueda producir un encuentro.

Se escucha el sollozo de algunas mujeres que comparten pañuelos entre el público. A lo largo de nuestro linaje las mujeres han enterrado sus sueños convirtiéndolos en secretos. Y una mujer silenciada es una mujer exhausta, atrapada en una especie de enredadera que la devora de a poco, hasta no dejar huella. Conozco muy bien el sueño que tuvo que esconder Mabel para ser “la mujer del intendente”. Transgresiones que atentan contra valores que edifican la buena memoria de un pueblo. Venimos de un linaje de mujeres con sueños mutilados. Mujeres rendidas por miedo a perder el amor, a no ser correspondidas, exiliadas de ellas mismas por temer ser señaladas, avergonzadas, muchas veces amenazadas.

Pienso qué liberador es este tiempo en el que pueden salir a la superficie secretos que acosaron a generaciones de mujeres, decirlos en voz alta, saber que contamos con otra mujer para desenterrar nuestros huesos. Mabel cita a su madre, quien ilusionada con una hija que triunfe en el cine mandó a imprimir almanaques de su hija “Reina del trigo” como símbolo de una mujer capaz de materializar un sueño. En la obra hay fuego. Fuego que limpia. Cierro con mi Biblia femenina de Clarissa Pinkola Estés: “las lagrimas son un río que nos lleva a alguna parte”.

Sigamos desatando los cuerpos de tantas mujeres que han quedado atrapadas en la maleza de una enredadera aparentemente inofensiva.

*Actriz. Algunos de sus trabajos: La Leona, Atrapa a un ladrón. En cine Desearás, Muerte en Buenos Aires. Mamá de Camilo y Valentino. Protagoniza la obra Late el corazón de un perro, escrita y dirigida por Franco Verdoia en el Espacio Callejón.


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