Cuando pensamos en desarrollo en la primera infancia, muchas veces imaginamos juguetes educativos, actividades especiales o consultas con profesionales. Sin embargo, gran parte del desarrollo psicomotor ocurre en los momentos más simples de la vida cotidiana, es decir, en las prácticas de crianza.

Cada interacción, cada palabra, cada oportunidad de movimiento y experiencia compartida contribuyen a la construcción de ese ser humano que se está desarrollando rápida y significativamente en estos primeros años. Las miradas, las respuestas, la significación de cada gesto/movimiento que el pequeño pueda expresar y su habilitación por parte del adulto que acompaña esa crianza, constituyen los cimientos de ese desarrollo, de las habilidades que el niño irá construyendo. Las prácticas de crianza no son algo menor: son el escenario donde el desarrollo sucede.
Durante los primeros años de vida, el cerebro atraviesa un período de extraordinaria plasticidad: crea millones de conexiones neuronales en respuesta a las experiencias que el niño vive. Esto significa que el afecto, el movimiento, el juego, la alimentación, el sueño y las interacciones cotidianas no sólo acompañan el desarrollo, sino que contribuyen activamente a organizar y fortalecer los circuitos cerebrales que serán la base de futuros aprendizajes, esto es lo que los especialistas conocemos como epigenética.
El momento del baño, por ejemplo, no sólo es una rutina de higiene. Es una oportunidad para jugar con el agua, favorecer la exploración sensorial y fortalecer el vínculo. Algo similar ocurre al vestirlo, cambiar un pañal, leer un cuento, cantar una canción o simplemente conversar mientras se realiza una tarea cotidiana. No se trata de convertir cada momento en una actividad de estimulación, sino de comprender que el desarrollo necesita tiempo compartido con conciencia, presencia plena y oportunidades para explorar.
La buena noticia es que no hacen falta grandes recursos para favorecer el desarrollo. Muchas veces, las mejores oportunidades están en aquello que hacemos todos los días, porque criar no consiste únicamente en cuidar: también es acompañar, habilitar experiencias y favorecer el crecimiento integral de nuestros hijos.
Para terminar, sumo a esta premisa la importancia de la organización y anticipación en la rutina cotidiana. Es decir, una dinámica diaria con hábitos estables y flexibles, con previsibilidad para los más pequeños, es una puerta de entrada a momentos de bienestar y las mejores condiciones para en desarrollo pleno.
Julieta Fernendez, Lic. en Psicomotricidad MP: 13153. Esp. en desarrollo psicomotor de la 1era infancia.
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