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La trampa del desarrollo personal y el salto a la Transformación Cuántica

¿Y si el problema no es que nos falte algo, sino que hemos olvidado nuestra capacidad de crear? Por Liliana Bermúdez. Galería de fotos

La trampa del desarrollo personal y el salto a la Transformación Cuántica
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En 2014, Satya Nadella asumió como CEO de Microsoft. Recibió una compañía con una historia extraordinaria de innovación. Y también una organización paralizada por tensiones culturales internas, incapaz de adaptarse a una
industria que se transformaba a una velocidad que ella misma había contribuido a generar. La pregunta obvia era: ¿Qué le falta a Microsoft para volver a liderar? Nadella se negó a hacerla.
En lugar de diagnosticar déficits, declaró una identidad nueva. Propuso dejar atrás la cultura histórica del know-it-all —el que ya sabe todo— para abrazar la curiosidad del learn-it-all —el que siempre está aprendiendo—.
No como una técnica. Como un compromiso. Hoy Microsoft es una de las empresas más valiosas del mundo.
Lo que Nadella entendió —y que muchos líderes todavía no terminan de procesar— es que la transformación real no comienza en el déficit. Comienza en la declaración.
¿Qué falta para ser mejor?
Es una pregunta poderosa. Ha impulsado procesos de aprendizaje, autoconocimiento y crecimiento que han transformado millones de vidas.
Pero también es una trampa.
Porque parte de una premisa silenciosa: que algo en nosotros necesita ser arreglado. Que todavía no somos suficientes.
Y cuando una persona —o una organización— vive permanentemente intentando corregirse, termina desarrollando una relación consigo misma basada en la insuficiencia.
Siempre hay una nueva habilidad por desarrollar.
Una nueva herida por sanar.
Una nueva versión por alcanzar.
La consecuencia es una búsqueda interminable que convive con una sensación persistente de no llegar nunca.

¿Qué ocurriría si cambiáramos el marco de juego? Ahí es donde aparece la Transformación Cuántica. No como una nueva técnica. No como otra moda del management. Y mucho menos como otro método de reparación personal.
La Transformación Cuántica parte de una premisa radical: el problema no es que te falte algo. El problema es que has delegado tu capacidad de crear futuro en las circunstancias, la historia o las explicaciones.
Desde esta perspectiva, la transformación no comienza en el déficit. Comienza en la posibilidad. No parte de la idea de que algo está roto. Parte de la comprensión de que el futuro todavía no está escrito.
Cuando operamos desde la reparación, el pasado ocupa el centro de la escena. Analizamos qué ocurrió, qué nos condicionó, qué deberíamos superar.
Cuando operamos desde la creación, la conversación cambia.
La pregunta deja de ser ¿por qué soy así? y se convierte en ¿quién elijo ser a partir de ahora?
No se trata de negar la historia. Se trata de reconocer que el pasado puede explicar muchas cosas. Pero no tiene por qué diseñar el futuro.
En el trabajo con líderes y organizaciones observo constantemente cómo ciertas interpretaciones terminan convirtiéndose en límites invisibles.
Yo soy así.
Siempre me costó delegar.
En esta empresa las cosas nunca cambian.
Son frases que parecen describir la realidad. Pero muchas veces terminan definiéndola.
Porque no actuamos únicamente desde los hechos. Actuamos desde la interpretación que hacemos de esos hechos. Y cuando una interpretación se vuelve incuestionable, también se vuelve una frontera.
La Transformación Cuántica propone algo profundamente desafiante: todo es una conversación y desde esta premisa podemos cuestionar al personaje que hemos aprendido a ser. No para negar quiénes somos, sino para recuperar la libertad de elegir quiénes queremos llegar a ser. Sosteniendo que identidad y destino no son la misma cosa.
Es así como la herramienta más poderosa de transformación es la declaración.
No como pensamiento positivo. No como expresión de deseo. Sino como un acto de compromiso. Es la capacidad de afirmar un futuro que todavía no existe y comenzar a actuar en coherencia con él.

Existe una diferencia enorme entre decir:
Me gustaría que mi equipo funcionara mejor.
Y declarar:
Estoy comprometida a construir un equipo que aprende, colabora y genera resultados extraordinarios.
La primera frase expresa una preferencia. La segunda crea una responsabilidad. La primera espera. La segunda convoca acción.
Eso fue lo que hizo Nadella. No esperó que Microsoft estuviera lista para ser diferente. Declaró quién iba a ser Microsoft antes de tener pruebas de que era posible. Y comenzó a actuar en consecuencia.
El pasado puede explicar quiénes hemos sido. Pero el compromiso tiene el poder de diseñar quiénes llegaremos a ser.
Eso es lo que distingue a un liderazgo por poder de un liderazgo por inspiración: uno administra lo que existe; el otro declara lo que todavía no existe y actúa en consecuencia.
Y cuando esa visión se sostiene en el tiempo, ocurre algo extraordinario. El futuro deja de ser una idea y comienza a convertirse en evidencia.
Liliana Bermúdez
Master Coach Ontológica Profesional (AACOP – FICOP)
Directora de Quantum Mind Training-Mentora en liderazgo y transformación
LinkedIn https://linkly.link/2kWuZ
Instagram: @coachlilianabermudez https://linkly.link/2kWvE

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