La discusión sobre el radar de LeoLabs en Tierra del Fuego no puede analizarse en forma aislada. En el siglo XXI, el espacio es dominio estratégico y la información orbital es insumo de inteligencia. En ese marco, cualquier infraestructura de “space domain awareness” se inserta —quiera o no— en el ecosistema de seguridad de las potencias que lideran esa arquitectura.
Y allí aparece un actor central: la comunidad de inteligencia conocida como Five Eyes.
Qué es Five Eyes y por qué importa
Five Eyes (FVEY) es la alianza de inteligencia integrada por: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.
Nacida del acuerdo UKUSA tras la Segunda Guerra Mundial, constituye hoy la red de intercambio de inteligencia más integrada del mundo. No se limita a Inteligencia de Señales (SIGINT), sino que abarca ciber, vigilancia satelital, análisis geoespacial y cooperación militar profunda.
En los últimos años, el espacio se convirtió en un eje central de cooperación Five Eyes. El intercambio de datos orbitales, seguimiento de satélites, monitoreo de lanzamientos y detección de maniobras sospechosas forma parte del nuevo entramado de disuasión frente a China y Rusia.
LeoLabs y el ecosistema de seguridad occidental
La empresa LeoLabs tiene sede en California (EE.UU) pero está compuesta de capitales británicos pertenecientes al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RUGB). Se presenta como la principal empresa mundial proveedora de los siguientes servicios:
A) Monitoreo y consciencia situacional de utilidad militar (LEOGUARD)
B) Monitoreo de la posición orbital de los satélites (LEOTRACK)
C) Identificación y alerta por riesgos de colisión en el espacio (LEOSAFE)
D) Asistencia para la ubicación, seguimiento y recuperación de contacto con cargas útiles recién lanzadas a la órbita baja terrestre (LEOLAUNCH)
E) Evaluación de los riesgos de colisión satelital
F) Monitoreo de lanzamiento de vectores
En Argentina funciona a través de la filial LeoLabs Argentina SRL.
Aunque formalmente es una empresa privada, su tecnología alimenta bases de datos utilizadas por agencias gubernamentales y fuerzas armadas occidentales. La compañía presta servicios tanto a operadores comerciales como a gobiernos. Tal es el perfil dual de la empresa que en su Directorio hay ex miembros del Departamento de Defensa de los EE.UU y de la comunidad de inteligencia de dicho país así como también de la Fuerza Aérea Australiana.
En el contexto Five Eyes, el concepto clave es “space situational awareness” (SSA). Tener conciencia precisa de qué satélites están en órbita, cómo se mueven y qué capacidades poseen es vital para la protección de activos propios, la detección de amenazas, la planificación militar y la respuesta ante interferencias o ataques antisatélite. En otras palabras: los datos orbitales son inteligencia estratégica.
El factor Malvinas y la proyección antártica
La instalación de un radar de seguimiento espacial en el extremo sur argentino, concretamente en la localidad de Tolhuin, adquiere otra dimensión y su ubicación no es casual. Desde el sur fueguino se proyecta el acceso al Atlántico Sur, a las rutas bioceánicas y a la antesala antártica. En ese mismo teatro estratégico se encuentra la presencia militar británica en Islas Malvinas, con la base de Mount Pleasant como plataforma de vigilancia aérea y proyección regional.
La pregunta inevitable es: ¿quién controlaría los datos que genere el radar? ¿Bajo qué acuerdos se compartirían? ¿Qué grado de supervisión efectiva ejercerá el Estado argentino?
En la actualidad, no está clara la situación en que se encuentra el emprendimiento. Si bien la instalación de la infraestructura estaría en condiciones operativas, se encuentra en medio de una disputa en la que participan el Gobierno Nacional, el Provincial, la Embajada de EEUU y la propia empresa.
Aunque no existe evidencia pública de que el radar de LeoLabs esté integrado formalmente a una red Five Eyes, resulta ingenuo suponer que los datos orbitales generados en una ubicación estratégica del hemisferio sur no tengan valor dentro del esquema de cooperación occidental.
El Reino Unido es miembro pleno de Five Eyes. Estados Unidos es su pilar central. Australia y Nueva Zelanda comparten el eje Indo-Pacífico y el interés antártico. En el siglo XXI, la inteligencia no siempre fluye por tratados visibles. A veces fluye por ecosistemas tecnológicos compartidos.
El espejo con la base china en Neuquén
La estación espacial china en Bajada del Agrio generó cuestionamientos por su dependencia de estructuras vinculadas al Ejército Popular de Liberación. El argumento oficial fue científico. El debate real fue estratégico.
Hoy, frente al radar estadounidense, el razonamiento debería ser simétrico. Si se cuestionó la infraestructura china por potencial uso dual, corresponde aplicar el mismo estándar analítico a cualquier infraestructura vinculada a potencias occidentales. La soberanía no puede medirse con doble vara ideológica.
El problema estructural argentino
Aquí emerge la problemática central. Ni el gobierno anterior ni el actual han desarrollado una política coherente sobre infraestructura estratégica vinculada a potencias globales. Las decisiones parecen responder más a alineamientos coyunturales que a una doctrina nacional.
Argentina no forma parte de Five Eyes. Tampoco posee una arquitectura propia robusta de inteligencia espacial. Sin embargo, aloja infraestructura que puede insertarse —directa o indirectamente— en redes de inteligencia de terceros.
La pregunta no es si Estados Unidos o el Reino Unido actúan estratégicamente. Eso es esperable. La pregunta es si Argentina actúa estratégicamente.
La infraestructura como poder
En la lógica contemporánea, y basándose en los principios de la Conectografía, la infraestructura es una forma de soberanía delegada. Quien controla los datos controla la narrativa estratégica.
El radar de LeoLabs puede ser una herramienta valiosa si se integra a una estrategia nacional de desarrollo espacial y defensa. Pero si opera como nodo aislado en una red que responde a intereses externos, el país queda reducido a anfitrión geográfico.
Five Eyes no necesita instalar bases militares visibles para proyectar influencia. Le basta con integrarse a nodos tecnológicos claves.
Conclusión
La soberanía no es retórica. Es capacidad efectiva de decisión, supervisión y control.
Tanto Tolhuin, como Bajada del Agrio y Mount Pleasant no son hechos inconexos. Son piezas de un tablero global donde el espacio es dominio estratégico y la información orbital es inteligencia.
La verdadera discusión no es pro o antiestadounidense ni pro o antichina. Es pro-Argentina.
Y lo más preocupante es que esta debilidad, salvo contadas excepciones, no distingue oficialismos ni oposiciones. Es una carencia estructural de la clase política argentina: la dificultad para comprender que en el siglo XXI el control del espacio —terrestre y orbital— es una dimensión central del poder.
Tolhuin y Bajada del Agrio no son casos aislados. Son síntomas de un debate que Argentina aún no ha decidido dar en serio. El radar de LeoLabs no es un problema en sí mismo. El problema es la ausencia de una política de Estado coherente sobre infraestructura estratégica.
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Aceptar infraestructura de actores vinculados a potencias globales sin una evaluación integral de riesgos estratégicos revela una falencia transversal en la dirigencia argentina: la ausencia de una visión geopolítica de largo plazo.
Mientras potencias diseñan estrategias a 30 o 50 años —incluyendo el dominio espacial y la proyección sobre la Antártida—, Argentina se debate en clave coyuntural.
La soberanía en el siglo XXI no se pierde solo con tropas. También puede erosionarse por negligencia conceptual y diluirse con convenios o contratos mal evaluados.
Y en un mundo donde Five Eyes, China y otras potencias compiten por el dominio del espacio, la ingenuidad no es neutral: es un riesgo.