INTERNACIONAL
Commitee to Protect Journalists

Malvinas fue el bautismo de fuego del CPJ

El Comité para la Protección de Periodistas es una ONG fundada hace 25 años en Estados Unidos. Hoy es una institución de enorme prestigio pero sus orígenes fueron muy modestos. El director de la revista política más importante de ese país The Nation, y del prestigioso Columbian Journalism Review, narra en este artículo las vicisitudes de aquellos años. Un hecho curioso: Argentina fue el primer caso en el que intervino el CPJ cuando Galtieri arrestó a tres periodistas ingleses en 1982. Por Victor Navasky*

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Ushuaia. Mather y Prime, del Observer, y Winchester, del Sunday Times, detenidos en 1982. | Gentileza Simn Winchester/CPJ.
A comienzos de los 80, durante mi tercer año como editor en The Nation, recibí una llamada de Michael Massing, de 27 años de edad, editor ejecutivo del Columbia Journalism Review. Tenía una idea: en Estados Unidos, los periodistas contaban con la Asociación de Libertades Civiles Americanas y otros grupos que velaban por sus intereses. Pero los periodistas en otros países no tenían ninguna organización similar y sufrían constantes ataques. ¿Por qué no establecemos una asociación que hable en nombre de ellos?

Massing, un graduado de la Escuela de Harvard y con una maestría en la London School of Economics, tenía más que una idea. Tenía una colega, Laurie Nadel, por entonces una escritora que trabajaba en la CBS. Ambos tenían un abogado y una pila de papeles. El abogado les había informado que para incorporarse como una ONG necesitaban tres firmas (un presidente, un tesorero y un secretario). ¿Sería yo el tercero?

Por entonces, un periodista paraguayo, Alcibíades González Del Valle, estaba recorriendo Estados Unidos, bajo los auspicios del Servicio de Información estadounidense, un brazo del Departamento del Estado. La cuestión era ésta: el periodista, de 43 años, había sido acusado de “menoscabar el sistema legal de Paraguay al escribir un artículo detallando el tratamiento deplorable hacia los prisioneros”.

Crítico del dictador paraguayo Alfredo Stroessner, González decidió que debía volver a su casa para enfrentar los cargos. Al regresar a Asunción fue encarcelado, y Massing y Nadel acordaron: “Tenemos que ayudar a este hombre”.

Sin embargo, no pudieron ayudar. La Asociación de Libertades Civiles Americanas no operaba en el extranjero. El Club de Prensa Extranjera no tenía entre sus actividades la protesta. El Comité de Reporteros para la Libertad de Prensa estaba muy ocupado luchando por la libertad de prensa en Estados Unidos. Y en París los reporteros tampoco podían dedicarse al tema. Pero Massing y Nadel hicieron lo que pudieron. Eso incluyó notificar a la Associated Press y Reuters, junto con Warren Hoge, el corresponsal de The New York Times en Brasil, y con las ONG en Paraguay.

Como señaló recientemente Joel Simon, el director ejecutivo del Committee to Protect Journalists, CPJ, en un artículo publicado en World Policy Journal, Hoge citó las palabras del abogado de González, que decía: “La presión extranjera es el único poder que el poder dictatorial (Stroessner) respeta”.

Nadel escribió su historia para el Columbia Journalism Review. González, después de pasar 70 días en la cárcel, gracias a la publicidad internacional fue liberado. Así surgió la idea del CPJ. Massing persuadió a Anthony Lewis y Harrison Salisbury, de The New York Times; Mary McGrory y Colemann Mc Carthy, de The Washington Post; Jane Kramer, del New Yorker; Peter Arnett, de Associated Press, y otros para unirse a la junta del CPJ. Todos estábamos contentos cuando Walter Cronkite, quien ejemplificaba la conciencia moral del establishment de la prensa, aceptó convertirse en el director honorario.
Dan Rather convenció a Cronkite, primero Nadel había convencido a Rather. Cronkite señaló que nunca prestó su nombre para nada pero como este proyecto era tan cercano y crucial a su corazón, haría una excepción. Dave Marras, por entonces un conductor de la CBS en Nueva York, se le ocurrió la idea de ponerle al grupo Committee to Protect Journalists, CPJ (Comité para la Protección de los Periodistas), lo cual, después de todo, era lo que éramos, y Alice Arlen, de la Alicia Patterson Foundation, encontró algo de espacio temporario en sus oficinas. Más tarde se subalquiló una oficina justo en las nuevas oficinas centrales de Human Rights Watch (Defensores de los Derechos Humanos).

Con instalaciones que consistían básicamente en un par de máquinas de escribir usadas, algunos muebles de segunda mano, y un director ejecutivo voluntario part-time, el CPJ tuvo que sortear algunos inconvenientes los primeros meses. Por ejemplo, cuando su entusiasta directora, Peggy Seeger, quería tomar un curso de español (en aquel momento había un alto porcentaje de casos en Latinoamérica), no tuvo ningún jefe que le autorizara el gasto.

La junta directiva se agrandó y fortaleció, y la Fundación Ford ofreció algo de dinero para comenzar. El CPJ estableció una junta de investigación para enviar a las misiones, las cuales se harían conocidas a través de los avisos que daban cuenta de los problemas periodísticos alrededor del mundo.

Lo primero que hizo el CPJ fue una lista de correo con 300 nombres. Justo cuando estaba comenzando, estalla la Guerra de Malvinas. Y tres periodistas británicos, Ian Mather y Tony Prime, de The Observer, y Simon Winchester, del Sunday Times, habían sido arrestados bajo cargos falsos de espionaje. “Todo el mundo tenía la actitud de que como estos hombres tenían grandes editores atrás, serían puestos en libertad”, subraya Massing. Pero casi pasaron dos meses y estaban languideciendo en la cárcel, comiendo lo que Winchester describió como una “memorable sopa de pata de gallina”. Neier que trabajaba en otra oficina, dijo: “Tenemos algo que hacer”.

Y eso hicieron. Como recuerda Massing: “Escribimos a máquina un informe abreviado y enviamos una protesta en el encabezamiento de la carta al ministro de Justicia y al ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina, firmada por Walter Cronkite, y enviamos una carta adicional a nuestra lista de 300 direcciones postales. Tengo todavía el recuerdo de cuando estaba en la oficina postal pegando las estampillas.

De hecho, antes de la intervención del CPJ, trataron de ayudar a los periodistas encarcelados el gobierno suizo, el Papa y el secretario de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar, sin éxito alguno. Luego de que llegó la carta de Walter Cronkite expedida por el CPJ, los tres fueron rápidamente liberados y hasta el día de hoy ellos le dan el crédito al CPJ, “proveyendo una herramienta para nuestra moral todos aquellos años”, además de jugar un rol muy importante en su liberación.
Desde aquellos años, Laurie Nadel dejó el periodismo y el CPJ, obtuvo un doctorado en Psicología y se volvió una autora reconocida como terapeuta y motivadora. Michael Massing ganó la beca Mac Arthur (conocida popularmente, y en su caso apropiadamente, como “el premio del genio”), continuó siendo un miembro activo de la junta del CPJ y su comité ejecutivo, y siguió con su carrera como autor y quizá como el principal crítico de EE.UU. sobre la cobertura de la prensa en lo referente a la Guerra de Irak (escribiendo en The New Yorker Review of Books, entre otras publicaciones). Y el CPJ, que ha inspirado imitadores alrededor del mundo, continuó hasta convertirse en lo que hoy es.

*Editor honorario de The Nation y director del Columbia Journalism Review.