INTERNACIONAL

Masada: la historia que Israel se jura no volver a repetir

La fortaleza protagoniza uno de los relatos fundantes del Estado israelí. Por qué su historia mantiene viva la identidad de un país en guerra. Fotos. Galería de fotos

Año tras año, soldados llegan a Masada para hacer un juramento.
| AFP.

A través de las postales que se venden en las tiendas de recuerdos y regalos, uno puede repasar los sitios que Israel le ofrece a los visitantes del mundo: Jerusalén, Jericó, el Mar de Galilea, el puerto de Yafo, en Tel Aviv. Sin embargo, uno de ellos se destaca por no pertenecer al influjo bíblico que define los periplos turísticos de la Tierra Santa. Se trata de Masada, una vieja fortaleza que fue declarada como patrimonio cultural por la UNESCO en 2001 y que representa para los israelíes uno de sus más importantes símbolos de resistencia frente al sometimiento invasor. Un poderoso agente subjetivador que, por mandato cultural, alinea a los habitantes de esta tierra detrás de un objetivo: defender, por encima de todo, la tierra que consideran propia.

Ubicada en pleno Desierto de Judea, Masada es una meseta a 400 metros de altura, rodeada de imponentes quebradas recostadas sobre el Mar Muerto, muy cerca de la frontera con Jordania. Si trazáramos una línea horizontal, comprobaríamos que está a la misma altura de Jan Yunis, una de las principales ciudades de la Franja de Gaza.

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Por su inmejorable ubicación, fue elegida para emplazar allí una fortaleza un siglo antes de Cristo, en tiempos del Reino de Judea. Poco después, bajo el reinado de Herodes, alcanzó su máximo esplendor arquitectónico: no sólo se desarrolló como inexpugnable refugio frente a los enemigos internos y externos, sino también como un lujoso y placentero palacio. Durante esta época, además de los extensos murallones, se construyeron un avanzado sistema de cisternas capaz de garantizar el continuo abastecimiento de agua en una zona prominentemente seca y decenas de almacenes, tan grandes y eficaces que los excavadores modernos encontraron, no sin sorpresa, kilos y kilos de granos en perfecto estado muchos siglos después de haber sido depositados en sus arcas.

Una breve ocupación de la fortaleza por parte del pueblo judío le imprimió a este lugar una nueva simbología, ajena al yugo del Imperio Romano que por entonces dominaba la construcción. Fue a partir del año 66 d.C. que un grupo de rebeldes se instaló en Masada y le confirió su propio pulso a través de la edificación de templos religiosos.

Dispuestos a recuperar lo que creían propio, los romanos se lanzaron a la reconquista de la fortaleza en el 73 d.C., desplegando una numerosa tropa de 8 mil soldados, que durante un año realizó distintas tareas destinadas a debilitar al enemigo ocupante. Así, construyeron sobre la tierra un muro de piedra que circunvaló al fuerte elevado en las alturas. Luego, una rampa de tierra reforzada con vigas y, por último, una torre móvil de madera con la que asestaron la estocada final.

Agotados todos sus intentos de resistencia y entregados a su resignación, los 960 rebeldes judíos escogieron la propia muerte ante el sometimiento enemigo. Eligieron, entre ellos mismos, a diez hombres que se encargarían de degollar a toda la población antes de que las tropas romanas escalaran los 400 metros y ocuparan la zona sitiada.

Ocultos en uno de los tantos escondrijos que ofrecían esas 360 hectáreas, sobrevivieron dos mujeres y cinco niños, en quienes se depositó la esperanza de que la historia perduraría más allá de los vanos intentos por permanecer en una fortaleza que fue reconquistada por los romanos y, tras la caída de estos, olvidada a su suerte.

Necesitado de postular un relato que encontrara en el pasado un motivo para justificar los objetivos del presente, el joven Estado de Israel recuperó esta historia, promediando en el siglo XX. Los movimientos sionistas de la década del '40 -y sus sucedáneos- reivindicaron aquel suicidio colectivo como un símbolo de identificación cultural frente al sometimiento invasor. Trabajos arqueológicos posteriores fueron dotando de rigor científico al relato, que se narra como una gesta épica que define el código genético de una nación que, durante siglos, ha visto entreverada su historia entre ocupaciones, expulsiones, pólvora y sangre.

Los propósitos militares del nuevo siglo buscan recuperar aquella vieja mística, aprovechando la generosidad con la que el paso del tiempo reacomoda los recuerdos a favor de quien los menta.

Así, las postales actuales del lugar, con la imponencia del maravilloso espectáculo natural que supone la casi perfecta conservación de la milenaria fortaleza en medio del vasto desierto, están acompañadas de una leyenda que dice “Masada no volverá a caer dos veces”. La frase, repetido como un mantra, estimula a las milicias israelíes que, año tras año, llegan al lugar tras una larga marcha para tomar el refrán por propio e incorporarlo como una causa nacional de un país que ha incorporado a la guerra como el estado natural de convivencia.

En Israel, el servicio militar es obligatorio para hombres y mujeres. Una vez finalizado, los conscriptos se convierten automáticamente en reservistas susceptibles de ser convocados por el gobierno para cualquier tipo de acción. En estos días, 75 mil personas recibieron el llamado telefónico que los conminaba a estar listos para partir hacia Gaza si es que no prosperan las negociaciones de paz imploradas por la comunidad internacional y el gobierno israelí decide atacar la zona por tierra.

(*) Especial para Perfil.com