ATENAS—El lamentable estado de las escuelas públicas francesas, que desencadenó airadas manifestaciones por todo el país, era un síntoma de la austeridad crónica. Pero eso no impidió que las sirenas de una austeridad aún más severa volvieran a hacer oír su canto. Emmanuel Moulin, gobernador del Banco Central de Francia, aboga por grandes recortes presupuestarios para evitar el "riesgo de ser estrangulados gradualmente por el aumento de los tipos de interés". Si eso ocurre, las tensiones sociales se agudizarán aún más y desaparecerán las inversiones que tanto se necesitan. Con Alemania ya enfrentándose a la desindustrialización y al creciente apoyo a las fuerzas de extrema derecha, la deuda pública francesa se perfila como la próxima línea de fractura de Europa.
En este contexto, Jean-Luc Mélenchon, líder de La France Insoumise y candidato a la presidencia, ha presentado una propuesta que asciende a unos 600.000 millones de euros (673.000 millones de dólares), lo que supone el 18 % de la deuda pública total de Francia. Se trata de bonos del Estado francés que posee el banco central de Francia y que este mantendrá hasta su vencimiento, momento en el que los contribuyentes tendrán que pagar más impuestos, o pedir más préstamos, para reembolsar a su propio banco central.
Mélenchon sostiene que es absurdo que una rama del Estado francés pida prestados 600.000 millones de euros para pagar a otra rama del Estado. Su alternativa es un canje de deuda entre el Tesoro y el banco central que, en la práctica, amortice esa deuda para crear margen fiscal destinado a inversiones que se necesitan con urgencia.
En aras de la transparencia, debo aclarar que no soy un mero comentarista en este debate. El plan de deuda de Mélenchon se basa en mis propuestas de canje de deuda de 2015, cuando fui brevemente ministro de Hacienda de Grecia. La idea era poner fin a la locura que la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional intentaban imponer.
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Poco después de asumir el cargo en el Ministerio de Hacienda, tuve que devolver al BCE unos 6.000 millones de euros por los bonos griegos que vencían y que este había comprado en 2011 para rescatar a los bancos —principalmente franceses y alemanes— que los poseían. Dado que el Gobierno griego estaba en quiebra, ningún inversor en su sano juicio prestaría a mi ministerio el dinero para reembolsar al BCE. Así pues, para mantener la apariencia de que estaba reembolsando al BCE, este y el FMI querían que los bancos griegos en quiebra emitieran 8.000 millones de euros en pagarés sin valor que mi ministerio, también en quiebra, garantizaría. El BCE los aceptaría como garantía y prestaría a los bancos 6.000 millones de euros. A continuación, yo vendería a los bancos nuevos bonos que ningún inversor querría tocar, me quedaría con «sus» 6.000 millones de euros y se los devolvería al BCE. Suena a esquema Ponzi, porque eso es lo que era.
Mi contrapropuesta era sencilla: canjear toda la cartera de bonos griegos que poseía el BCE en aquel momento por un único bono perpetuo con un valor nominal idéntico, que pagara al BCE el 1 % de ese valor a perpetuidad. No había nada de nuevo en ello: por esas mismas fechas, George Osborne, ministro de Hacienda del Reino Unido, estaba amortizando un bono perpetuo emitido por el Estado británico en 1752. No se condonaría ni un solo euro. El BCE salvaría las apariencias. El pueblo griego obtendría un respiro. Y a Europa se le ahorraría un plan que la desacreditaba ante los ojos de cualquiera con un mínimo de decencia.
Eso es lo que propone hoy Mélenchon: convertir los bonos del Estado francés que ya se encuentran en poder del banco central francés en bonos perpetuos. A continuación, utilizar el margen fiscal que esto genera exclusivamente para invertir en empleo de calidad, educación y vivienda social. La única diferencia entre su propuesta y la mía es que Mélenchon sugiere un cupón del 0 %, mientras que yo propuse un tipo de interés del 1 %, lo que habría evitado cualquier acusación legalista de que estábamos condonando la deuda.
¿Sería eso inflacionista? No. Los bonos perpetuos no constituirían una nueva deuda y no añadirían ni un solo euro a la masa monetaria.
¿Equivaldría esto, como afirmó el ministro de Economía francés, Roland Lescure, a "…decir que no vamos a pagar a quienes les debemos dinero… a los ahorradores, a las pólizas de seguro de vida y a los bancos"? No. Los 600.000 millones de euros ya se han retirado del mercado de bonos; no se deben a los ahorradores, a los asegurados ni a los bancos; los bonos se encuentran en las cámaras acorazadas del propio banco central del Estado.
Olivier Blanchard, economista jefe del FMI cuando yo mantenía un acalorado debate con él, comentó que "el efecto neto sería nulo", ya que el Estado ahorraría en intereses, pero perdería la misma cantidad en beneficios del banco central. Pero esto es sencillamente falso. Blanchard omite mencionar que la refinanciación del 18 % de la deuda depositada en el banco central elevaría innecesariamente el coste del servicio del 82 % restante de la deuda pública francesa, lo que aumentaría la presión para aplicar más austeridad, lo que a su vez agravaría el descontento y frenaría la inversión.
¿Existe alguna razón válida para rechazar la propuesta de Mélenchon, aparte de que la propusiera él mismo o que yo la propusiera en 2015? El excomisario de Mercado Interior de la UE, Thierry Breton, se acercó a una respuesta: el Banco de Francia forma parte del Eurosistema, regido por el BCE, y no puede cancelar ni eliminar bonos de forma independiente. Eso es cierto, pero el Consejo de Gobierno del BCE podría tomar esta decisión siempre que se aplicara a todos los Estados miembros de la zona del euro.
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Del mismo modo que el Eurosistema compró bonos de todos los Estados miembros de la zona del euro en proporción al PIB de cada país durante la crisis del euro, el Eurosistema puede amortizar la deuda de todos los Estados miembros de la zona del euro que tiene en cartera, lo que proporcionaría un valioso margen fiscal a todos. Si condicionara esta medida a que el margen fiscal adicional se destinara a invertir en energía limpia, educación y vivienda social —que Europa necesita—, tanto mejor.
Pero la Comisión Europea y el BCE acabarán con cualquier propuesta de este tipo, tal y como hicieron con la mía en 2015. Saben que más austeridad ahora reforzará los ya abrumadores niveles de desigualdad y estancamiento de Europa. Entienden que dará más alas a la extrema derecha, que está en auge. Pero tal es su determinación instintiva de presionar a favor de la máxima austeridad que no se inmutan.
Cuando, en nombre de la moderación, los centristas tachan de «tontería» cualquier alternativa sensata a la austeridad severa, solo dejan a los votantes una única opción de rebelión viable, y la extrema derecha se complace en ofrecerla. El fanatismo con traje gris, que repite que no hay alternativa, no parece fanatismo hasta que fracasa. Pero entonces ya es demasiado tarde.
(*) Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, es líder del partido MeRA25, catedrático de Economía en la Universidad de Atenas e investigador sénior en la Universidad de Fudan.