El presidente Javier Milei tiene una visión muy selectiva respecto de qué entiende por corrupción o, en todo caso, sobre quién decide subrayarla y sobre quién evita hacerlo.
Pongo un ejemplo. El Presidente intervino activamente este año en la campaña presidencial de Viktor Orbán. También lo hicieron Donald Trump, J. D. Vance y otros líderes internacionales. Finalmente, Orbán perdió las elecciones. Y alrededor de su gobierno empezaron a aparecer funcionarios involucrados en causas judiciales. Entre ellos, su exjefe del Banco Central, György Matolcsy, una persona perteneciente al círculo íntimo de Orbán, acusado en una causa por fraude y malversación de fondos.
Sin embargo, Milei nunca dijo una palabra sobre Orbán. Y, eventualmente, a Orbán podrían caberle algunos de los mismos cuestionamientos que el Presidente formula contra Pedro Sánchez o Lula. Pero ahí aparece esta especie de disonancia o, simplemente, la conveniencia.
Para Milei, da la impresión de que corrupto es aquel que es ideológicamente su rival. Si una persona cuestionada piensa como él, como ocurre con Orbán, deja de ser presentada como corrupta y pasa a ser considerada un líder mundial. Algo parecido, aunque en menor medida, ocurre con Isabel Díaz Ayuso.
El encuentro con Díaz Ayuso
Milei finalmente se reunió con la presidenta de la Comunidad de Madrid. La escena fue casi de Love Story: la vio y corrió hacia ella para abrazarla, como diciendo “me salvaste el viaje”, porque hasta ese momento prácticamente nadie lo recibía.
Ahora bien, Milei no dijo sobre Díaz Ayuso lo mismo que había dicho sobre Pedro Sánchez. Y alrededor de su pareja, Alberto González Amador, existen problemas judiciales importantes.
González Amador está acusado de fraude fiscal y existen investigaciones vinculadas con empresas proveedoras de la Comunidad de Madrid. También aparecen cuestiones vinculadas con comisiones en la compra/venta de barbijos durante la pandemia.
Es decir, situaciones que conocemos perfectamente en la Argentina y también en otras partes del mundo.
El entorno de Díaz Ayuso está atravesado por denuncias e investigaciones judiciales. Pero Milei se abrazó con ella y no utilizó el mismo criterio que emplea cuando habla de Sánchez. Y eso es lo que me llama la atención.
La moral como política de Estado
En este sentido, también aparece el presidente de Estados Unido, Donald Trump que vendió un indulto por 50 millones de dólares. No se puede creer.
Esto nos lleva nuevamente a aquella idea que Milei denomina la moral como política de Estado. Para Milei, la cuestión moral parece no estar estrictamente relacionada con una conducta concreta, sino también con la ideología. Cuando se trata de alguien que piensa de una manera contraria a la suya, aparece inmediatamente la condena moral. Cuando se trata de alguien ideológicamente cercano, la mirada cambia.
Por eso conecta la moral no necesariamente con el robo, sino con la ideología. Quien no piensa como él aparece naturalmente como una persona corrompida, haya robado o no. Y quien pertenece a su mismo espacio ideológico recibe otro tratamiento.