El gobierno de Javier Milei profundizó su programa de estabilización con la meta de consolidar la desinflación y ordenar las cuentas públicas, en un contexto de reformas fiscales y laborales que buscan sostener el equilibrio macroeconómico. Así, el economista Carlos Melconian cuestionó la consistencia del plan y advirtió sobre sus costos potenciales en Modo Fontevecchia, por Net TV: “Con Caputo, para que colapse la inflación tiene que colapsar el crecimiento”.
El economista argentino, Carlos Melconian, cuenta con trayectoria en el sector público, el ámbito académico y la consultoría privada. Es una figura habitual en el debate económico y político del país. Se desempeñó como presidente del Banco de la Nación Argentina entre 2015 y 2017, durante el gobierno de Mauricio Macri. Además, ha sido diputado nacional y director de la consultora M&S, especializada en análisis macroeconómico.
Un balance de cómo creés que va a continuar 2026 en términos económicos.
Mirá, yo diría que el eje del 2026, más allá del cierre de 2025 con la elección, el alineamiento con Estados Unidos y el respaldo financiero cuando hizo falta, es definir para qué y hasta dónde está el gobierno de Milei. En lo inmediato, el desafío central es quebrar la estanflación.
¿Y a tu juicio, es viable, es posible o tiene más pronósticos de lo contrario?
Siempre es posible, pero también cabe preguntarse si el resultadismo posterior a lo logrado hasta ahora no empieza a chocar contra un esquema de prueba y error. Hasta acá, frente a una herencia compleja, se evitó una crisis mayor, se bajó la inflación a 30% anual y el bienio de actividad dio cero: no hubo colapso, pero tampoco se quebró la estanflación.
La pregunta hacia adelante es si se puede afianzar el régimen cambiario y monetario, asegurar el financiamiento externo, consolidar el equilibrio fiscal y avanzar en reformas de fondo. La previsional se postergó con dificultad, la tributaria quedó en espera y la laboral se negocia con alcance limitado. Mientras tanto, la demanda de resultados se vuelve más exigente: pasar a “cero coma algo” mensual y transformar el rebote en crecimiento sostenido.
Ahí aparece mi duda sobre si este programa clásico y ortodoxo puede terminar distinto de experiencias anteriores, más aún en democracia, con Congreso y Justicia de por medio. Incluso aceptando la hipótesis de que la inflación colapse, el punto es que lo haga con crecimiento y no como resultado de un proceso que llegue a destino dejando daños.
¿Colapsa? Porque para llegar a cero coma algo es un camino largo, cuando estás más cerca de 3 que de 2.
Sí, porque para que la inflación colapse, si esto fuera un juego donde me preguntás por la instrumentalidad y no importa el resto, te diría: si tenés equilibrio fiscal y nunca emitís moneda, algún día colapsa. Es como decir: en el desierto me muero de sed. En algún momento te morís de sed. El problema es que en política macroeconómica uno tiene que hacer colapsar la inflación dentro de un aspecto integral y lógico, donde además haya crecimiento económico.
Para que haya crecimiento tiene que haber confianza e inversión.
No puede ser un objetivo en sí mismo colapsar la tasa de inflación sin considerar los costos.
Si alguien dijese me preocupa solamente eso, a cualquier costo, si este plan económico va camino a eso. Y si algún día, si nunca tenés déficit fiscal y no emitís moneda bajo ningún concepto, un día colapsa, con cinco argentinos en lugar de 45 millones. O, si vos tenés déficit de cuenta corriente y tenés un problema cambiario.
Ahí ya metés otras variables. Te dije: hagamos un juego. ¿Colapsa o hablamos en forma integral? Si hablamos en forma integral, está reprobado el viceministro. Si es un jueguito, claro: sin emisión y con superávit fiscal, colapsa. Pero si incorporás cuenta corriente y nivel de actividad, entonces el “colapsa” no dice nada.
Incluso sacando el nivel de actividad, si en algún momento el peso está sobrevaluado…
Si vos me preguntás si la inflación… volvamos a hablar en serio. Si lo que está en discusión es si el camino elegido hace que la inflación colapse exitosamente junto con el resto de las variables, la respuesta es no. Por eso estoy evaluando, pensando —se lo decía a un colega tuyo— si, como ha pasado tantas veces, esto no implica fracasar sino que el Presidente deba decidir, no dije que lo vaya a hacer, si relanza de manera más formal lo que viene haciendo, si sale de una definición —yo diría capitalista occidental, él dirá anarcocapitalista— de reformas secuenciales y avanza más allá de estos procesos de prueba y error, porque no han logrado éxito. Ellos lo han llamado tímidamente cambio de fases.
Cambian de fase cuando la anterior se cumplió, no cuando fracasó. Entonces se pasa de una etapa a otra. Pero vos te preguntás: ¿por qué pasamos a esta? Porque la anterior se cumplió, dicen. No: se pasa porque no se cumplió. Entonces, la suma de todo eso me lleva a pensar que, si debiera incluir remonetización, mejora, dejar de lado la discusión sobre el tipo de cambio, acumulación de reservas, expansión monetaria virtuosa, reformas en serio y vuelta al mercado, yendo más al llano para que la liga también favorablemente, ahí habría consistencia. Si esa macro virtuosa se diera, la micro la ligaría positivamente. Ahora, lo que veo es un empecinamiento que muestra dinamismo en lo extractivo, lo energético, lo petrolero, los minerales raros, lo que ya sabemos; pero el resto, como hubiera dicho mi viejo, el pescado está sin vender.
O sea que en realidad no hay secuencialidad, lo que hay es erratismo, prueba y error.
Creo que no. Secuencialidad no hay. Si yo llamara secuencialidad a tener en la cabeza lo que querías el 10 de diciembre del 23, entonces podríamos hablar de secuencialidad y erratismo. Lo que creo es que todavía no está clara esa secuencia. Ejemplo contrafáctico, que lo hemos hablado varias veces: el presidente Milei recibió un conjunto de precios relativos muy desarticulado; me pierdo en si era peor o mejor que el que recibió Carlos Menem, porque allá había hiperinflación y eso era imposible de medir. Pero acá estaba claro que tenías que tener bien definido qué hacer.
Acomodar precios y al mismo tiempo afirmar que estás en un plan de estabilidad es contradictorio, más aún por la magnitud del ajuste: nueve veces la luz. Hubo que reacomodar luz, gas, transporte de colectivo, y eso terminó en la discusión de si impacta o no en el índice. Obvio que impacta. ¿Quién quería cambiar el índice en 2024? Nadie, porque decir que los energéticos iban a tener más peso no lo compraba nadie, pero había que hacerlo. Entonces, si debías encarar todo eso —tipo de cambio, salarios, licuación de gasto público—, era difícil no cometer el error de prometer cero coma algo, porque no es cero coma algo en agosto del 26; eso lo vienen diciendo hace rato.
La secuencialidad requería un plan económico y finalmente no lo hay: hay medidas, pero el plan sigue faltando.
Sí, siempre lo dije sin vergüenza. Plan económico o, mejor dicho, en esta instancia, plan de estabilización. Además, el éxito depende de verdad; no alcanza con el crédito inicial ni con el cambio de rumbo. Si no, volvemos a Krieger Vasena, Roberto Alemann y Alvaro Alsogaray. Se agotan porque el impulso, la presencia y la expectativa requieren prueba.
Empieza a aparecer el “voy a esperar”, “prefiero entrar más caro”, “quiero ver qué pasa cuando cambie el gobierno”. Eso surge. De entrada están los lanzados, los que compran barato o invierten donde no te podés equivocar.
Fuera de eso, el acompañamiento basado en expansión todavía no se ve. Y quiero dar la derecha, como siempre, pero el primer bimestre muestra que el comunicado del Banco Central está por verse, porque compran dólares y absorben con deuda. Tampoco se ve la punta del ovillo si del otro lado hay demanda de monetización y no aparece, al menos por ahora.
¿Qué pasa en octubre si Trump, como hoy parece el más probable, pierde las elecciones?
Está ligado a impuestos, tarifas, Corte Suprema y otras cuestiones que abren interrogantes. Estados Unidos, sin ser experto, atraviesa una situación política que tiene algo parecido a lo nuestro: la dificultad de saber quién está enfrente.
Alguien dirá que no importa quién esté enfrente porque no puede ser reelecto, pero hay que ver qué ocurre allá y qué pasa acá. El punto es si se consolida la idea de que el presidente Trump no tiene reelección por tratarse de su segundo mandato. Hasta hace poco se hablaba incluso de reformar la Constitución; parecía increíble para ese país.
Si ocurre lo que planteás, sería un obstáculo relevante.
En un escenario donde hay demócratas que simpatizan con políticas de Trump y republicanos que no lo quieren, habrá internas, surgirá un candidato y deberá aceptar el resultado. ¿Qué implica un Trump pato rengo? No lo sabemos todavía.
Menem mostró que tenía 90-60-90 cuando pegó el barquinazo de Bill Clinton; es decir, tenía cinturita de modelo. Esperemos que, si pasa algo así, el presidente de Argentina tenga 90 también, como se decía antes.
Porque puede ser, Carlos, que lo conveniente sea que el Gobierno utilice estos seis meses que tiene por delante, con Trump todavía fuerte, para producir una regularización del sistema cambiario que le permita a la Argentina atravesar esa posibilidad: que Trump pierda. No me lo puse a pensar, pero vos me decís: hagámoslo ahora, por las dudas, mientras todavía está la compañía de seguros atrás por si hay quilombo. No me lo puse a pensar.
No creo que haya un orden de causalidad de ese tipo, aunque no lo sé.
¿Creés que cuando Cavallo dice que hay que hacer una convertibilidad ya, o alguna forma de convertibilidad, está pensando en eso? Es decir, que en noviembre el escenario puede ser otro.
Hace rato que no hablo con el Mingo, pero el otro día toda la previa de la convertibilidad para lanzar lo que fue la convertibilidad, hoy, con el diario del lunes, es más fácil entender todo eso. Fue una previa de la san puta, porque entre el 8 de julio y el 29 de marzo de 1991 pasaron muchas cosas para ponerte en pole position y largar algo serio.
Segundo tema: no tiene que ver, o tiene menos que ver, con Cavallo y con la convertibilidad, pero 1990 fue un año en el que Menem le mostró al mundo que iban en serio, con privatizaciones de envergadura, con hombres del Presidente que actuaban en todos los frentes y sabían lo que querían, con poco resultado macroeconómico y con quilombo de temas judiciales, entre otros. Hoy, a la distancia, se ve que la previa fue distinta.
Tercero, ya más en la micro: Menem no logró lo que logró Milei de evitar una crisis. Recibió una y se metió en otra, porque tuvo su híper. Terminó en una limpieza del balance del Banco Central que se llamó Plan Bonex, que la ligó Erman González con González Fraga para adelante un año, pero fue una limpieza en serio, con altísimo costo reputacional a futuro. Limpió la hoja de balance del Banco Central, licuó lo que pudo —por eso bajó la deuda— y le enchufó la deuda al Tesoro. El Tesoro no la computa en su déficit fiscal y está ahí: va y viene, tiene intereses reales positivos y se endeuda.
Es decir, esa hoja de balance no terminó de limpiarse. Entonces, la convertibilidad sale a la cancha mucho más fresquita que este esquema. Fue empezar un partido 0 a 0. El cambio de secuencialidad acá es jugar el segundo suplementario.
Si vos hubieras sido ministro de Economía —si Bullrich hubiese ganado las elecciones—, ¿hoy FATE cerraba?
Yo diría que había que asumir la idea de una reconversión que estaba en mente.
Cada vez que hablo y manifiesto mi espíritu crítico en muchas cuestiones, sostengo que el proceso de cambio es irreversible, que lo anterior no iba más y que, si alguien necesitaba una Argentina diferente en términos de preventa o de un tipo de cambio que puede estar por encima de este, pero no exageradamente, eso no podía continuar.
Por eso, cuando me tocó referirme a esta coyuntura dije que FATE no es el mejor leading indicator de la reconversión de la Argentina, porque tuvo otros problemas en momentos de la historia. Y, si bien soy crítico de la dinámica transformadora del Estado, en lo organizacional y tributario no coincide con el esfuerzo que se le exige al privado. Son planos distintos.
Entonces, vos me decís: en el espíritu estaba. Aunque no fuera anarcocapitalista, era capitalista occidental, de precios libres, y tenía ese objetivo sin duda. En algún momento la hora de la verdad debía llegar, porque el modelo tal como estaba planteado no podía continuar. El problema es que si a Boca le contestás con River, está jodido.
Eso es lo que ocurre en la Argentina.
¿Qué les aconsejás a los empresarios este año? ¿Qué expectativas de corto plazo ves?
¿Sabés qué desorienta? Que hay empresarios que dicen que están al 30% de su capacidad. Y vos preguntás: ¿cómo al 30? Sí, al 30. O te dicen: no viene la demanda. ¿Y por qué habría de recuperarse? Quien no entiende macroeconomía no lo analiza desde la compra de dólares, la monetización o el crédito —es decir, el virtuosismo macroeconómico que se impone en el mundo—, sino desde el bolsillo, desde el sueldo que no alcanza, desde por qué le van a comprar si no les alcanza la guita, o por qué, si no hay crédito, se llevarían el producto. Entonces siente que se le viene el mundo abajo, porque carece de un razonamiento macroeconómico y, al final, ese enfoque es el que termina imponiéndose.
Lo que va a hacer el empresario —al menos la mitad de la Argentina— es seguir apretando los dientes. Y ahí adentro hay de todo. Para salir un poco del barullo: en la micro puede haber algún caso puntual, pero no estamos ante una avalancha importadora. Es como si, por el nivel de actividad, te estuvieran llenando de goles y no encontrás al rival que patea al arco.
Escuché estos días el tema de las importaciones, China y la supuesta avalancha. Puede haber alguien que recibe por correo una remera y diga “me caga a mí”, aunque me esté escuchando ese. Pero hoy la Argentina no enfrenta un faltante de dólares ni una recesión de aquellas que se producían por déficit comercial, exceso de gasto y atraso cambiario que te llevaba puesto. Estamos ante una recesión de carácter ortodoxo, casi al pedo, te diría, por esta cuestión secuencial.
¿Por qué está esta recesión? ¿Cuál es la causa y cuál tendría que ser el remedio?
No sé si lo va a entender mi tía. Hay momentos en que creo que sí y otros en que no, porque no logra conectar. Evidentemente todavía no se ha restablecido la confianza, y el epicentro para los economistas es la moneda. Es peligroso plantearlo así, porque aún no tenemos los datos de enero y febrero. El proceso de bimonetariedad continúa: gran parte del circulante y de los depósitos se dolariza y se confirma lo que teníamos en la cabeza. De ahí nuestro programa bimonetario: que eso no queda dentro del circuito; no necesita ser negro, puede ser blanco y permanecer afuera.
Todavía no se recuperó la confianza en la moneda. Es riesgoso decirlo, porque alguna mente dolarizadora puede señalar: “Viste que no se iba a restablecer la confianza en el peso”. Lo que ocurre es que sigue sin haber fideos con tuco.
Tuvimos una dolarización fenomenal. Algunos sostienen que fue por Kicillof. Había comenzado antes de septiembre, se potenció después y luego cayó a un quinto. En noviembre parecía recomponerse, pero tras diciembre volvió a subir. Me queda la duda de que enero y febrero no estén en un nivel alto como para reconstruir confianza y monetización.
Eso me lleva a pensar que la monetización en pesos —la que finalmente nos va a sacar de la recesión— puede ser lenta y tortuosa por la bimonetariedad, que persiste a partir de la falta de credibilidad.
La gente compra dólares y se dolariza aunque el tipo de cambio baje, porque transacciona en pesos y ahorra en dólares. Cuando hablo de circulante y depósitos, no importa si es con billetera virtual y ya no se manosea el billete: seguís hablando de circulante, aunque sea con el teléfono. Es como el sol: aunque no lo veamos, la moneda siempre está.
Si no lográs monetizar la economía, generar crédito y reconstruir confianza, no hay expansión ni reactivación. Luego, si convencés de que traigan los dólares y los vuelvan a colocar, eso es inversión y crecimiento.
Fijate que todo gira alrededor de lo mismo. Cavallo plantea una neoconvertibilidad rápida. Vos hablás de bimonetariedad; no es lo mismo, porque puede pensarse con regímenes cambiarios alternativos detrás. Yo creo que no hay margen para eso, pero lo que intento señalar es que, con distintos remedios, la problemática monetaria sigue vigente.
Milei no logró restablecer un orden en ese plano, independientemente de que haya bajado la inflación al 30%.
Por supuesto. Eso fue reemplazado en el discurso oficial por la idea de que vamos bien y que estamos en la fase cinco. Agregaría al propio ministro hablando del dólar colchón, del perdón fiscal y de volver a volcar esos dólares al consumo. Todos están girando sobre el mismo eje, con distintas recetas: cómo sale a la cancha lo que está guardado.
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Y con un gran alivio —que siempre tengo presente— no me olvido de Vaca Muerta ni de que las exportaciones están gauchas, porque de no haber sido por eso no habríamos llegado hasta acá. Lo que sigo percibiendo es que esas nuevas ventas externas, ese superávit comercial, termina siendo margarita a los chanchos, porque en lugar de permanecer se dolariza la Argentina ochentista. Sin déficit fiscal. Sin déficit fiscal.
MV