Davos vuelve a abrir sus puertas en un mundo mucho más áspero que el de hace apenas un año. El foro que durante décadas funcionó como vitrina del consenso globalista y la cooperación multilateral llega a 2026 atravesado por conflictos geopolíticos abiertos y un orden internacional en jaque.
El gran factor de desestabilización tiene nombre: Donald Trump. Su regreso al centro del poder global no solo reintrodujo una política exterior unilateral y coercitiva, sino que puso en cuestión las reglas mismas del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Aranceles y la vuelta del proteccionismo, amenazas territoriales como Groenlandia o Venezuela, desprecio por los organismos multilaterales y una lógica transaccional del poder convierten a Davos en un escenario incómodo: el lugar donde el viejo orden intenta explicarse mientras el nuevo se impone sin pedir permiso.
¿Pero por qué líderes como Trump o Milei participan de estos espacios, si dicen detestarlos? La paradoja es solo aparente. Líderes como Javier Milei o Trump no van a Davos a pesar de detestar el foro, sino justamente porque lo detestan. Davos es el corazón simbólico del establishment global, el lugar donde durante décadas se narró el consenso del mundo tal como debía ser. Hablar allí para disputar su sentido: usan el escenario del “adversario” para impugnar su lenguaje, sus supuestos y su autoridad.
Milei lo entiende con claridad. No le habla al votante argentino, sino a CEOs, fondos de inversión, bancos y gobiernos. Se presenta como un hereje dentro del templo, buscando desacoplar liberalismo de globalismo, mercados de ingeniería social, y exhibir conflicto antes que consenso. No va por el aplauso, va por el contraste y la viralidad: Davos, para él, no es un club, es un campo de batalla ideológico.
Trump opera con una lógica similar, aunque desde una posición de poder mucho mayor. Va a Davos no como invitado, sino como amenaza latente. Su mensaje es claro: “America First" no significa "America alone”, pero tampoco subordinación a reglas comunes.
Hace un año, la nueva derecha global era presentada como una promesa disruptiva, una corriente en ascenso que desafiaba al establishment desde los márgenes. Hoy ya no es una hipótesis ni un experimento: es una tensión concreta que gobierna, condiciona mercados, redefine alianzas y obliga a todos los actores a posicionarse. Davos 2026 no es un foro de consensos, sino un termómetro de esa incomodidad: el punto de encuentro entre quienes buscan preservar reglas comunes y quienes trabajan activamente para reemplazarlas.
En ese tablero, Milei ocupa un lugar particular. No tiene el peso geopolítico de Trump ni gobierna una potencia capaz de alterar por sí sola el equilibrio global, pero se ha convertido en una figura de referencia para la nueva extrema derecha global. Su valor no es material sino simbólico: Milei funciona como portavoz ideológico, como agitador cultural que lleva al extremo discursos que otros líderes administran con mayor prudencia. En Davos no representa poder duro, sino una narrativa: la del combate frontal contra el progresismo, el multilateralismo y lo que denomina “el consenso woke”.
Esa autopercepción explica también el tono de soberbia con el que Milei se presenta ante organismos internacionales, foros económicos y líderes extranjeros. No va a escuchar ni a negociar, sino a “enseñar”. Se posiciona como quien viene a advertir a las élites globales sobre su decadencia moral, económica y cultural, aun cuando esas mismas élites concentran el capital, la tecnología y la capacidad de decisión que Argentina necesita. El gesto es deliberado: Milei no busca ser aceptado, busca incomodar, romper el clima de corrección política y convertir su intervención en un acto de confrontación simbólica.
El punto más alto, y más controvertido, de esa estrategia fue su discurso en Davos 2025. Allí, Milei no solo atacó al feminismo, al ambientalismo y a la agenda de derechos, sino que cruzó un límite al vincular de manera directa la pedofilia con el movimiento LGBT, lo que desató fuertes protestas en Argentina.
“Desde estos foros se promueve la agenda LGBT, queriendo imponernos que las mujeres son hombres y los hombres son mujeres sólo si así se autoperciben y nada dicen de cuando un hombre se disfraza de mujer y mata a su rival en un ring de boxeo o cuando un preso alega ser mujer y termina violando a cuanta mujer se le cruce por delante en la prisión”, expresó Milei.
La afirmación generó rechazo inmediato de gobiernos, organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos, y colocó al foro ante una escena inédita: un jefe de Estado usando la tribuna del “diálogo global” para difundir una tesis estigmatizante, sin sustento empírico y cargada de violencia simbólica, y acusar al propio foro de avalarlo. Lejos de matizar, Milei defendió sus palabras como parte de su “batalla cultural”.
Ese episodio consolidó su rol dentro de la nueva derecha global: no como estratega ni como arquitecto de un nuevo orden, sino como ariete discursivo. Milei encarna la versión más cruda del rechazo al consenso liberal, incluso a costa de aislar a su propio país. Mientras Trump utiliza Davos para imponer condiciones desde la fuerza, Milei lo usa para provocar desde la marginalidad, apostando a que el escándalo y la radicalización compensen la falta de poder estructural, y pensando que ocultarse bajo el ala de Trump lo protegerá de cualquier eventualidad.
Donald Trump se prepara para plantar la bandera de Estados Unidos en Groenlandia con IA
Pero vamos un poco más atrás. En su participación en Davos en 2018, Trump mostró un tono sensiblemente más amigable y medido que el actual. Aunque ya estaban presentes los ejes centrales de su doctrina, la primacía del interés nacional y el rechazo al globalismo, el mensaje estaba formulado en clave de convivencia. Trump se cuidó de aclarar que “America First” no implicaba aislamiento. En ese Davos, el presidente estadounidense buscó tranquilizar a las élites económicas, enfatizando que su proyecto no era una ruptura caótica del orden global, sino una corrección de sus excesos.
Primero hizo una declaración de los principios de su lema MAGA: “Siempre pondré a América primero, como los líderes de otros países que deben poner a sus países primero. Estados Unidos primero no significa Estados Unidos solitario”. Luego, llamó a los inversores a invertir en Estados Unidos. “Invito a todos a que sean parte del increíble futuro que estamos construyendo”.
Si en 2018 Trump fue a Davos a convencer, hoy va a imponer; si entonces buscó integrar su agenda al sistema, ahora parece decidido a demostrar que ese sistema puede ser prescindible.
Este año, bajo el lema “espíritu de diálogo”, el foro estructurará sus debates en torno a cinco ejes centrales: la cooperación en un mundo en disputa, la apertura de nuevas fuentes de crecimiento, la inversión en las personas, el despliegue responsable de la innovación y la construcción de prosperidad dentro de los límites planetarios. La inteligencia artificial, la crisis ambiental y las tensiones geopolíticas ocupan un lugar central en la agenda, en un escenario atravesado por la competencia entre potencias y la aceleración tecnológica.
En ese marco, el Foro presentará el Informe sobre Riesgos Globales 2026, que identifica a la confrontación geoeconómica, la desinformación y la polarización social como los principales riesgos a corto plazo. A mediano y largo plazo, crecen las preocupaciones por los efectos adversos de la inteligencia artificial y por el impacto del cambio climático que, aunque deja de ser el riesgo inmediato más urgente, se mantiene como una amenaza estructural para la próxima década.
Pero repasemos un poco la historia de este espacio y cómo fue cobrando protagonismo a nivel internacional. Klaus Martin Schwab, economista alemán nacido en 1938, cambió su destino en 1971 al organizar una pequeña reunión de empresarios europeos en la aldea suiza de Davos. A 1.560 metros de altura y en un antiguo hospital para tuberculosos, convocó a 450 ejecutivos para debatir los desafíos de los negocios europeos en un mundo globalizado.
El objetivo original era estrictamente empresarial y académico: formar a ejecutivos europeos en técnicas de gestión moderna inspiradas en el modelo estadounidense. La elección de Davos no fue casual: neutralidad política, aislamiento geográfico y un clima propicio para el debate estratégico lejos de las capitales. En sus primeros años, el foro no pretendía influir en la política global, sino mejorar la competitividad de las empresas europeas.
El gran giro llegó en los años ochenta. En 1987, el encuentro adoptó el nombre de World Economic Forum y dejó de ser un espacio europeo para convertirse en una plataforma verdaderamente global. La economía empezó a dialogar abiertamente con la política internacional, el desarrollo y las relaciones entre Estados. Davos se transformó, además, en un territorio informal de diplomacia: un lugar donde líderes que difícilmente se sentarían juntos en un ámbito oficial podían mantener conversaciones discretas, sin comunicados ni protocolos rígidos.
Esa dimensión política se consolidó con una serie de hitos diplomáticos que marcaron época. En 1988, Grecia y Turquía firmaron en Davos un acuerdo para evitar un conflicto armado; en 1992, representantes de Corea del Norte y Corea del Sur coincidieron públicamente por primera vez tras la Guerra Fría; y en 1994, dirigentes israelíes presentaron allí avances del proceso de paz con Jordania. Desde entonces, Davos dejó de ser solo un foro económico para convertirse en un escenario simbólico del diálogo global.
Durante los años noventa y la primera década del 2000, Davos se volvió el emblema de la globalización. Presidentes, banqueros centrales, CEOs de multinacionales y organizaciones de la sociedad civil confluyeron en un mismo espacio, impulsando la idea de un “capitalismo de stakeholders”, o sea, de dueños, donde las empresas debían responder no solo a los accionistas, sino también a la sociedad. Sin embargo, el 11-S y la crisis financiera de 2008 colocaron al foro bajo fuertes críticas, acusándolo de ser un club de élites y un símbolo de la desigualdad, aun cuando seguía siendo un ámbito central para discutir reformas económicas y el rol del Estado.
Una encuesta muestra que el apoyo a Donald Trump disminuye un año después de su regreso al poder
En la última década, y especialmente tras la pandemia, Davos entró en una etapa más defensiva y geopolítica. El foco se desplazó hacia el cambio climático, la desigualdad, la revolución tecnológica, la inteligencia artificial y la fragmentación del orden mundial. Hoy reúne a decenas de jefes de Estado, líderes de Big Tech y organismos multilaterales, en un clima menos optimista que el de los años noventa. Davos no gobierna el mundo, pero sigue cumpliendo una función clave: anticipar tendencias, conectar a quienes detentan el poder y ofrecer un termómetro del estado real del sistema internacional.
Pero para la ideología de la nueva ultraderecha mundial es uno de los espacios del “establishment mundial” que es necesario combatir, espacios de “poder blando” que no enfrentan como se debe la “decadencia de Occidente”.
Desde la mirada de estos nuevos líderes, el “poder blando” no es una herramienta complementaria del orden internacional, sino una forma de debilidad. La diplomacia, el diálogo y la cooperación son interpretados como síntomas de decadencia, no como activos estratégicos. Por eso la nueva derecha no busca reformar esos espacios, sino deslegitimarlos: exponerlos como rituales vacíos, provocar desde adentro, romper su liturgia. La confrontación es una táctica deliberada para acelerar el colapso de un orden que consideran agotado y preparar el terreno para uno nuevo, basado menos en reglas y más en la imposición directa del poder.
El regreso de Trump al centro de la escena internacional ha elevado la tensión entre Estados Unidos y Europa a niveles inéditos en décadas. Davos será el primer gran escenario de encuentro entre el presidente estadounidense y los líderes europeos tras las amenazas de imponer aranceles a países aliados por su participación en maniobras militares en Groenlandia. Trump llega con la mayor delegación estadounidense en la historia del foro, señal de que Washington no piensa pasar desapercibido.
El año pasado, en su segunda asunción presidencial, Trump ya anunciaba que su vuelta al poder de la primera potencia tendría un impacto global. “Todo el planeta disfrutará de mayor paz y prosperidad que nunca”, aseguró.
Un año después, la amenaza de una eventual ofensiva estadounidense sobre Groenlandia sacude a los líderes europeos, que buscan una respuesta común sin romper definitivamente con Washington ni dejar a Ucrania a merced de Rusia.
Además, Trump volvió a sacudir el escenario internacional al afirmar que ya no se siente “obligado a pensar únicamente en la paz” tras no recibir el Premio Nobel. La declaración llegó en forma de una carta enviada al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, en la que el presidente vinculó directamente la seguridad global con la apropiación estadounidense del territorio ártico de Groenlandia. El mensaje, inicialmente tomado como una posible falsedad, fue confirmado por Oslo y generó un rechazo inmediato de Dinamarca, Groenlandia y Noruega.
En la misiva, Trump sostuvo que detuvo “ocho guerras o más” y que, ante la falta de reconocimiento, se siente habilitado a priorizar lo que considera correcto para los intereses estadounidenses. Argumentó que Groenlandia es estratégica por sus minerales y tierras raras y que Dinamarca no tiene capacidad para protegerla frente a Rusia o China. En ese marco, cuestionó la soberanía danesa sobre la isla y reclamó que la OTAN “haga algo por Estados Unidos”, reforzando un tono abiertamente coercitivo que tensó aún más la relación con Europa.
Desde la propia isla, el gobierno autónomo rechazó cualquier tipo de presión externa y reafirmó su derecho a decidir su futuro. En paralelo, la credibilidad del mensaje presidencial fue tan puesta en duda que incluso analistas y periodistas pensaron durante horas que se trataba de una broma.
Es que, a pesar de todas sus excentricidades, resulta increíble que un presidente de Estados Unidos se comporte como un nene caprichoso, amenazando la paz mundial por no haber recibido un reconocimiento simbólico.
La escalada se trasladó rápidamente al terreno económico y militar. Trump anunció aranceles del 10% a ocho países europeos que rechazaron la anexión de Groenlandia, con la amenaza de elevarlos al 25% si no hay acuerdo, lo que llevó a la Unión Europea a evaluar represalias y mecanismos de defensa comercial. Al mismo tiempo, Dinamarca y Groenlandia propusieron a la OTAN una misión permanente de vigilancia en la isla, mientras el presidente estadounidense evitó descartar el uso de la fuerza, dejando en evidencia una política exterior cada vez más unilateral y disruptiva.
Trump, además, envió cartas a líderes de todo el mundo para invitarlos a integrar un “Consejo de la Paz”, una iniciativa que él mismo presidiría con el objetivo declarado de resolver el conflicto en Oriente Medio y otras crisis globales. Entre los convocados figuran Vladimir Putin y Alexander Lukashenko, lo que desató ironías y críticas, y confirmó la conocida fascinación de Trump por los líderes autoritarios, a quienes muchos ven como modelos del tipo de poder que él mismo aspira a ejercer.
La convocatoria también incluyó a países democráticos como Italia, Alemania, Francia, India y Brasil, además de aliados políticos como Hungría, Paraguay y la Argentina. El presidente Milei aceptó públicamente la invitación y la calificó como “un honor”, mientras que otros gobiernos, como Reino Unido, Canadá, miembros de la Unión Europea y la propia Rusia, analizan reparos o ya expresaron reservas frente a la propuesta.

Según el texto difundido por Trump, el Consejo sería una nueva “Organización Internacional”, integrada por líderes elegidos y removidos a discreción del presidente estadounidense. La membresía sería inicialmente por tres años, con la posibilidad de extenderse de manera indefinida para aquellos países que aporten más de mil millones de dólares en efectivo durante el primer año.
De acuerdo con Bloomberg, Trump planea escenificar la firma de adhesiones al Consejo durante el Foro Económico Mundial de Davos, donde hablará antes del discurso de Milei. Funcionarios europeos interpretan la propuesta como un intento directo de crear un rival de la ONU y una nueva herramienta para moldear el orden internacional. La paradoja, advierten en la UE, es que el proyecto resulta tan absurdo como difícil de rechazar, y vuelve a colocar a Europa ante el dilema de aceptar las reglas de Trump o profundizar la fractura de la alianza transatlántica.
Davos 2026 se encamina así a convertirse menos en un espacio de intercambio que en una escena de demostración de fuerza. Todo indica que los discursos de Trump y Milei no estarán orientados a tender puentes, sino a marcar territorio. La presencia de la mayor delegación estadounidense en la historia del foro refuerza esa hipótesis: Washington no llega a dialogar, llega a condicionar. Trump probablemente use su intervención para ratificar que las reglas del comercio, la seguridad y la diplomacia ya no serán multilaterales, sino negociadas caso por caso, desde una posición de superioridad explícita. No habrá sutileza: habrá advertencias.
En ese marco, el discurso de Milei aparece como complemento ideológico más que como actor decisivo. Sin capacidad de imponer agenda global, su rol será amplificar la narrativa de la nueva extrema derecha, profundizando la confrontación cultural y desafiando abiertamente consensos que Davos todavía intenta sostener. Pero con un agregado: Milei es el aliado de Trump en una región que cobró centralidad tras la intervención estadounidense en Venezuela. Todo sugiere que no moderará el tono, sino que redoblará la apuesta: más provocación, más antagonismo, más voluntad de escándalo. No para convencer, sino para consolidarse como figura de referencia de un espacio político que entiende la política internacional como una guerra cultural permanente.
Lo que está en juego va más allá de Davos. La radicalización del discurso y la prepotencia como método ya han generado un escenario geopolítico más inestable, donde la extrema derecha deja de ser un fenómeno retórico para convertirse en un factor de riesgo concreto, también para América Latina. Davos 2026 no dirá hacia dónde va el mundo, pero sí mostrará con crudeza cómo se ejerce hoy el poder: menos reglas, menos mediaciones y más imposición. En ese clima, el “espíritu de diálogo”, lema de la convención, queda reducido más a una expresión de deseos que a otra cosa.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
TV/ff