Según la cinología, el estudio científico de los perros, el caniche es una raza muy dependiente de su amo y desde que las cortes europeas entre los siglos XVIII y XIX decidieron adoptarlos por su pelaje se transformó en un símbolo del poder y el estatus. Anteriormente, el caniche era considerado de los perros más inteligentes, porque era un perro de caza acuática. Es decir, se dedicaba a recuperar patos entre los lagos que los cazadores habían derribado y el corte de pelo que conocemos, en el que se le deja parte de su cuerpo pelado, en realidad tenía que ver con que no se le podía dejar todo el pelo, porque mojado se volvía muy pesado y se podía ahogar y totalmente pelado, le podía dar hipotermia. Por eso eligieron el corte, que luego pasó a ser considerado por la realeza como algo tierno e inofensivo. A su vez, se los veía como perros muy dependientes de sus dueños, lo que los convierte en símbolo de fidelidad incondicional, amor incondicional y la necesidad de una conexión emocional.
Fue probablemente lo que intuitivamente llevó a uno de nuestros jefes de redacción del Diario Perfil, Daniel Capalbo, a utilizar el término “periodismo caniche”, para referirse a prácticas que hemos visto últimamente con colegas durante este Gobierno, pero en verdad nos retrotraen a décadas anteriores. El objetivo de esta columna no es ofender a nadie, más allá de que esto pueda suceder, sino tratar de entender las razones de este fenómeno y analizar las consecuencias que traen para nuestra profesión en particular y la democracia en general.
Durante el martes, día de la marcha universitaria y la jornada de ayer en la que se siguió discutiendo, fue interesante ver cómo los periodistas que se encuentran más cercanos al Gobierno repitieron exactamente la línea política libertaria en contra de la marcha con algunas variaciones. Antes de emitir estas declaraciones, dijo que entiende que los profesores debían ganar más, pero que había problemas de restricción económica y que, como escuchamos, “la marcha era política”. Una coincidencia puede haber tranquilamente.
Hay una reproducción una y otra vez de machaque de la línea oficial: “La marcha es legítima, pero el problema fueron los políticos que asistieron. Políticos que cuando les tocó gobernar, también le pagaban mal a los docentes y supuestamente nadie marchaba”. La realidad es que hubo movilizaciones universitarias, oleada de tomas y paros universitarios contra todos los gobiernos y también contra el kirchnerismo. Además, si bien Jonatan Viale plantea que los profesores universitarios en diciembre ganaban mal, la realidad es que desde ese momento, perdieron el 35% durante el Gobierno de Milei. Eso no lo dijo en su editorial llamativamente. Lo que tampoco dijo ninguno de los tres colegas mencionados en ningún momento, al menos en esas editoriales es que el Gobierno hace siete meses está incumpliendo una ley que fue votada por el Congreso y luego refrendada por dos tercios de ambas cámaras. No dijeron algo obvio, que el Gobierno está incumpliendo la Constitución Nacional. La marcha se contamina por la presencia de la oposición, pero el gobierno evidentemente no se contamina por su accionar anticonstitucional.
Es interesante la operación que se intenta hacer. La marcha fue tan contundente que es difícil deslegitimarla y la educación universitaria está tan arraigada en la idiosincrasia argentina como una herramienta de movilidad social ascendente que es difícil para alguien que no es Milei, decir que no es un derecho. Ahora, lo que se intenta hacer es que el descontento que genera la política libertaria en el vaciamiento de las universidades no se vuelque a una opción por la oposición, lo que se busca es que la marcha quede sin representación política para que afecte lo menos posible a las elecciones.
Ahora bien, Alejandro Fantino en su editorial fue más allá. Su caso es particularmente interesante porque se parece mucho más a los argumentos del propio Milei. Realmente es muy interesante cómo asume un lugar oficialista. “Nos acusan”, “nos atacan”. A él nadie lo acusa de nada, porque la marcha universitaria fue una marcha crítica con el Gobierno, no con Fantino.
Ahora más allá de este dato revelador, llama la atención lo perverso del argumento. Vamos a repasarlo. 1) Como a la Universidad pública no van los hijos de los trabajadores o las personas que no están en centros urbanos de clase media no hay que financiarla porque es un privilegio de unos pocos. 2) Estos pocos marchan para que los trabajadores y los argentinos de bien le paguen su privilegio y por eso no hay que escucharlos. Llama la atención la introducción también. “Hagamos primero un país grande y después universidades para todos”.
Vamos a algunos datos. El sistema universitario argentino se caracteriza por una altísima tasa de movilidad social, donde aproximadamente el 48% de los nuevos inscriptos en el sector público son la primera generación de sus familias en acceder a la educación superior, cifra que asciende al 68% si se excluyen los casos sin dato declarado (es decir los estudiantes que dejan sin contestar esa pregunta en los formularios), según el Anuario Estadístico Universitario de la Secretaría de Educación.
Esta tendencia se profundiza drásticamente en las universidades del conurbano bonaerense, donde instituciones como la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) reportan que el 75,5% de sus alumnos son pioneros universitarios en su hogar, mientras que en casas de estudio tradicionales como la Universidad de Buenos Aires (UBA), el Censo de Estudiantes más reciente sitúa este indicador cerca del 40%. Incluso en las provincias del Norte Grande, informes de la Red de Editoriales de Universidades Nacionales (REUN) y datos procesados por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) ratifican que más de siete de cada diez estudiantes representan el primer contacto de su núcleo familiar con el sistema profesional, consolidando a la universidad pública como la principal herramienta de ascenso social en el país.
Por otro lado, tal vez para tener un país grande, primero haya que seguir desarrollando y generando facultades, incluso en la cercanía de esas localidades que él dice.
Volviendo a la táctica de intentar deslegitimar un reclamo porque supuestamente “se politizó”, es exactamente lo que también hacía otro periodismo de este estilo, 6,7,8 durante el kirchnerismo. Si bien hay varios ejemplos de esto, quizás el que más llamó la atención por la indolencia que demostraba fueron los ocurridos durante la Masacre de Once.
Primero afirman que los medios utilizan políticamente la “tragedia”, porque utilizan el término tragedia, algo que no se puede evitar, y luego colocan los recortes de colegas planteando críticas bastante sensatas. Es interesante que varios de los colegas que aparecen en el informe, hoy son atacados por los libertarios. Antagónicos ideológicamente, pero no tan antagónicos en a qué periodistas eligen como enemigos. Ahora, veamos esto que es interesante porque me hizo acordar a lo de Fantino. Cuando la defensa de un Gobierno hace que colegas pierdan el sentido de proporción de las cosas y cometan exabruptos. Impactante. Lógicamente, este fenómeno del periodismo servil al poder no empezó con el kirchnerismo.
Y si nos remontamos aún más atrás, podemos encontrar a Gómez Fuentes, quien fue en los setenta el conductor de los noticieros más importantes del país y luego pasó a representar el lugar del periodismo servil al poder por su cobertura totalmente acrítica y triunfalista de la Guerra de Malvinas.
Desde la Revista Noticias tuvimos varias tapas, investigaciones y notas analizando este fenómeno, por eso en esta empresa lo conocemos bien. Lo venimos estudiando desde hace años.
Vamos primero a mostrar la tapa del llamado “Periodismo Felpudo” durante el menemismo. Comparemos ahora con la tapa en relación con este fenómeno, pero en la era Milei.

Hay que hacer algunas aclaraciones. Algunas de las personas que aparecen en esta tapa como Jonatan Viale o Pablo Rossi, colega de Eduardo Feinmann empiezan a virar de posición, hacia una posición más crítica. Todavía entre la marcha universitaria y el Gobierno se inclinan hacia el Gobierno, pero son muchos más críticos. Y también tenemos una teoría al respecto.
En el siglo XX, en el mundo anglosajón, se acuñó el término “Watchdog Journalism", en referencia a que el periodismo es un perro de vigilancia a los poderosos, que no los deja excederse en sus funciones ni cometer actos de corrupción. La figura de este tipo de periodismo siguiendo nuestra metáfora podría ser la del pastor alemán.
Sin embargo, aún así el pastor alemán tiene dueño. Que vendría a ser la gente, el público y ahí también hay un problema. Probablemente el principal origen del canichismo periodístico es que va cambiando de amo porque la audiencia es convencida por diferentes políticos a lo largo del tiempo y quien realmente le da de comer a cualquier periodista sea caniche o guardián es la audiencia. Sin audiencia no hay poder que quiera estar cerca o que se sienta vigilado.
Esperemos estar equivocados y que no sea que la caída en la popularidad del Presidente haga que periodistas que antes eran oficialistas, ahora sean críticos. Colegas que rompen con esta teoría son Daniel Hadad, que hacía el periodismo felpudo de Menem y logró reinventarse con éxito y hoy construyó el portal de noticias más leído en habla hispana con un periodismo totalmente aceptable. Y Mariano Grondona quien también es un ejemplo de esto, aunque menos actual separándose de Neustadt y volviéndose crítico del menemismo durante su propia presidencia. Eduardo Feinmann y Luis Majul siendo los más inteligentes del grupo de periodistas oficialistas mileístas y que en distinto grado ya evidencian un proceso de distanciamiento progresivo, logren algo similar a lo de Grondona y Hadad.
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Y más allá de que colegas que cambiaron de posición lo hayan hecho por sus propias ideas, y no por el temor a la tiranía de la audiencia, vale recordar que para hacer periodismo muchas veces hay que ir en contra de lo que piensa la audiencia. En tiempos de sesgos de confirmación esto es difícil, pero hay que lograr algo que es muy complicado, que es volverse creíble para un público que a veces acuerda y a veces disiente con un medio. Esto sobre la base de brindar información chequeada, análisis serios con profundidad, honestidad intelectual y originalidad.
En ese camino estamos, por eso no nos podemos identificar como pastores alemanes, ni menos como caniches.
En esta época de grietas y sesgos, nos cabe más la analogía del salmón, que nada contra la corriente.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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