La modificación que el gobierno de Javier Milei quiere hacer de la Carta Orgánica del Banco Central recuerda a un viejo dicho: “No hay que tirar el agua sucia con el niño adentro”. La frase fue escuchada por primera vez en 1512, en el libro traducido como "Conjura de los necios", del escritor y teólogo alemán Thomas Murner. El autor utilizó el refrán como una metáfora para criticar a quienes, intentando corregir un problema, terminaban destruyendo también aquello que tenía valor. El refrán remite a una historia muy difundida según la cual, en la Edad Media, toda la familia se bañaba sucesivamente en la misma tina: primero el padre, luego los demás adultos, después los niños y, por último, el bebé. Al terminar, el agua estaba tan sucia que alguien podía arrojarla sin advertir que el bebé seguía dentro. No existe evidencia de que esa práctica fuera habitual ni de que el refrán naciera de una situación real. Lo más probable es que la imagen haya sido inventada desde el comienzo como una exageración humorística, precisamente para ilustrar lo absurdo de perder algo valioso mientras uno elimina lo que no sirve.
Milei pasó a ser un fenómeno político luego de destrozar una representación del Banco Central en una obra de teatro. Luego, en campaña propuso quemarlo. La actual reforma no habilita ningún acto violento, pero está impulsada por el mismo espíritu, por el mismo sistema de ideas. Vamos a ver un fragmento de esta obra.
El Gobierno prepara una reforma integral de la Carta Orgánica del Banco Central que Javier Milei presentará a la directora del FMI, Kristalina Georgieva, durante su visita al país. El proyecto busca otorgarle una independencia mucho más estricta que la habitual y se inspira en el libro "La inflación como delito", del jurista Ricardo Manuel Rojas. La premisa central es que emitir dinero para financiar el déficit no constituye una herramienta legítima de política económica, sino una forma de adulterar la moneda. La reforma busca revertir el modelo instaurado por la Carta Orgánica de 2012, que amplió los objetivos del BCRA más allá de la estabilidad monetaria.
La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central impulsada por el gobierno de Cristina Kirchner en 2012 amplió significativamente las funciones de la entidad. Mediante la Ley 26.739, el Banco Central dejó de tener como objetivo casi exclusivo la estabilidad de la moneda para incorporar también la promoción del empleo, el desarrollo económico con equidad social y la estabilidad financiera. Además, flexibilizó los límites para financiar al Tesoro mediante emisión y consolidó el uso de reservas internacionales para el pago de deuda pública. En los hechos, acá se puede encontrar el inicio del problema que Milei viene, entre muchas comillas, a resolver, porque la reforma de Cristina facilitó el financiamiento del déficit fiscal con emisión, contribuyendo al aumento de la inflación en los años posteriores. Esta reforma, que tuvo como antesala la pelea con Martín Redrado y su posterior salida, fue el agua sucia que Milei viene a tirar con el niño adentro. Vamos a recordar el momento en el que Redrado anunció su renuncia al Banco Central.
Esto que acabamos de ver es un momento clave de la historia de la política económica argentina para entender la actual situación. Pero ¿qué sería el niño en esta metáfora?, es decir, ¿qué es lo importante a preservar?
La independencia de un banco central no es un concepto único, sino que admite distintos grados y modelos. En un extremo se encuentran instituciones como el Banco Central Europeo o el histórico Bundesbank alemán, cuyo mandato se concentra casi exclusivamente en preservar la estabilidad de precios y tienen prohibido financiar al Estado. En el otro, bancos centrales subordinados al Poder Ejecutivo, como ocurrió en distintos momentos en Turquía o Venezuela. Entre ambos extremos existen modelos intermedios, como la Reserva Federal de Estados Unidos, que combina independencia operativa con un doble mandato: controlar la inflación y promover el máximo empleo sostenible. Las diferencias entre ambos modelos, el alemán/europeo y el norteamericano, se desprende de sus propias historias y traumas, en el caso alemán la hiperinflación y en el caso norteamericano la recesión de las crisis de 1930 con altísimo desempleo.
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La reforma que impulsa Javier Milei busca acercar al Banco Central argentino al modelo europeo, restringiendo al máximo su capacidad de financiar al Tesoro y limitando su mandato a la estabilidad monetaria. Sin embargo, entre los especialistas existe consenso en que el éxito de un banco central no depende únicamente de su grado de independencia, sino también de la credibilidad de sus autoridades, la estabilidad institucional y el respeto de las reglas. Hoy el debate ya no pasa por si debe ser independiente, sino por independiente para cumplir qué objetivos.
Por ejemplo: En 2012, varios países de la zona euro atravesaban una grave crisis financiera y existía un temor creciente de que la moneda común pudiera desintegrarse. Aunque el Banco Central Europeo es uno de los más independientes del mundo y tiene como misión principal mantener la estabilidad de los precios, su presidente, Mario Draghi, decidió intervenir. Pronunció una frase que pasó a la historia. Vamos a recordar ese momento.
Luego anunció que el Banco Central Europeo estaba dispuesto a comprar deuda de los países más comprometidos si la situación lo exigía. Finalmente casi no tuvo que hacerlo: el solo compromiso de actuar devolvió la confianza a los inversores y estabilizó la economía. El episodio mostró que un banco central puede ser altamente independiente y, al mismo tiempo, conservar herramientas para responder a situaciones excepcionales sin apartarse de las reglas que rigen su funcionamiento.
La crisis financiera de 2008 también puso a prueba el papel de un banco central independiente. Tras la quiebra de Lehman Brothers, el sistema financiero estadounidense quedó al borde del colapso. Se popularizó entonces la expresión "too big to fail" ("demasiado grande para caer"), utilizada para describir bancos cuya quiebra podía desencadenar una crisis global. Frente a ese escenario, la Reserva Federal (FED), presidida por Ben Bernanke, redujo las tasas de interés a casi cero y lanzó un programa extraordinario de compra de bonos y otros activos financieros para inyectar dinero en la economía y evitar una depresión. Esa política implicó una emisión monetaria sin precedentes, pero fue decidida por la propia FED, sin instrucciones del gobierno de Estados Unidos y dentro de su mandato. El episodio mostró que la independencia de un banco central no significa permanecer inmóvil frente a una crisis, sino contar con autonomía para actuar cuando las circunstancias excepcionales lo exigen.
Estos dos ejemplos sirven para ilustrar al niño que no se debería tirar con el agua sucia. Pasando en limpio, una cosa es tener política monetaria propia, que sirva para intervenir en situaciones particulares y otra es utilizar la emisión monetaria estructuralmente para tapar el déficit. Tanto esta reforma como la de Cristina en el 2012, pecan por carencia y exceso respectivamente. Cuando Milei dijo que había que quemar el Banco Central, lo que quería decir era exactamente esto, anular la posibilidad de que el Estado intervenga en la economía con política monetaria propia, sin endeudamiento. Ahora, entre intervenir y no intervenir hay un gran gradiente que es importante precisar. Si uno cava un pozo a su alrededor tan hondo del que no puede salir, no servirá de nada tirar la pala. Mejor derribar las paredes del pozo, para construirse una salida hacia arriba. Esto es igual, parte del problema es que se resolvieron los problemas emitiendo, eso no significa que haya que tirar la emisión a la basura, significa que hay que aprender a usarla. En ese sentido, el mensaje de Milei sirve como una importante denuncia de lo que se hacía mal, pero no como una salida real de cómo hacerlo bien.
Otro ejemplo fue el de la pandemia. ¿Cómo podría haberse enfrentado a un evento de estas características en el que hay que pedirle a millones de personas que no vayan a trabajar para evitar que se propague el virus, reforzar el sistema de salud y comprar vacunas si no era con una fuerte emisión? Hay un hombre que lo logró, Julio Velarde, presidente del Banco Central de Perú.
La gestión de Julio Velarde destaca por una disciplina monetaria férrea que evitó los errores del pasado, incluso bajo la presión de la crisis sanitaria. Frente a la pandemia, la respuesta del Banco Central de Reserva del Perú no fue la emisión inorgánica de dinero, un camino que suele terminar en espirales inflacionarias. Por el contrario, el BCRP implementó Reactiva Perú, un diseño técnico ingenioso mediante el cual el Banco no regaló fondos, sino que inyectó liquidez masiva mediante subastas de repos a bancos comerciales, condicionando estos recursos a tasas de interés reducidas.
El Banco actuó como un facilitador que garantizó la cadena de pagos al respaldar créditos que los bancos otorgaron a empresas con el aval estatal. Este esquema permitió que el capital fluyera hacia el tejido productivo sin que la base monetaria se expandiera de forma descontrolada. La eficacia del modelo se refleja en que la gran mayoría de estos préstamos fueron honrados por los beneficiarios. Si bien sectores duramente afectados por el confinamiento necesitaron reprogramaciones, el sistema evitó el colapso financiero nacional y permitió que Perú mantuviera una inflación envidiable, consolidando la reputación de Velarde como un gestor que prioriza la estabilidad sobre el populismo monetario.
Pero los éxitos de Velarde vienen desde mucho antes y pudo hacer lo que hizo en pandemia por el prestigio acumulado desde el año 2006 cuando fue designado presidente del Banco Central de Peru por Alan García desde entonces pasaron ocho presidentes: además de Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte y ahora Keiko Fujimori.
Tal es el prestigio de Velarde, que inclusive ante el cambio político que significó la victoria de Keiko Fujimori, en un contexto de extrema polarización política, la nueva presidenta le pidió que continúe al frente del Banco Central. Vamos al momento en que esto sucedió, hace apenas días.
Velarde, un símbolo de la responsabilidad fiscal, no tuvo un Banco Central que solo se ocupara del valor de su moneda, también logró evitar un corte de la cadena de pagos, gracias a poder tener una institución fuerte que genera confianza. Por eso mismo, pudo impulsar ese sistema de crédito.
Volviendo al título de esta columna, "La conjura de los necios" fue escrita por un religioso que se oponía a las reformas que Lutero quería hacer en la iglesia y planteaba que estas traerían decadencia a la sociedad. Casi 500 años después, un libro que ganó el Pulitzer escrito por un joven llamado John Kennedy Toole, también llamado "La conjura de los necios", parece construirse a partir de una caricatura del autor original alemán y presenta a un personaje que critica a la sociedad actual por considerarla una degeneración de los valores imperantes de la Edad Media cristiana. El libro comienza con una genial frase que sintetiza el carácter megalómano del personaje: "Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él".
Tanto el kirchnerismo como el mileismo parecen herederos de esta frase. Ambos construyen la idea de que están dirigidos por un líder (o una líder) genial que tiene a una conjura de los necios en contra, que sea por estupidez o por maldad, quiere destruirlos y por esta razón, recurren a "La conjura de los necios", al libro original y tiran al agua sucia con el niño adentro. En el caso de Cristina, reformando la Carta Orgánica del Central y quitándole toda la impronta liberal de responsabilidad monetaria y fiscal que necesitaba y ahora Milei con esta reforma, atando de manos al Central para no tener política monetaria propia.
Volviendo al kirchnerismo, se podría decir que hay dos momentos ligados a haber echado a dos economistas que sellaron para siempre su suerte y que terminaron con Milei en el poder y Cristina presa. Uno es este que acabamos de ver. Echar a Redrado para imponer una lógica de la maquinita que luego terminó en los problemas de inflación que desembocaron en el auge libertario. Y el otro, fue cinco años antes, en el 2005, cuando Néstor Kirchner echó a Lavagna por denunciar la cartelización de la obra pública. Si hubiesen escuchado a Lavagna y a Redrado, probablemente la historia hubiese sido otra. Pero, estaban y siguen estando bajo la lógica de que hay una conjura de los necios en su contra, cuando probablemente los necios conjurados sean ellos mismos.
Tanto Thomas Murner, autor de la primera "La conjura de los necios", como John Kennedy Toole, autor de la segunda, perecieron frente a una época que los superó. Murner fue vencido en su polémica por Lutero y el reformismo avanzó mientras que John Kennedy Toole se suicidó al ver la falta de éxito inmediato de su obra y la exaltación de los valores progresistas y de liberación sexual y social de fines de los sesenta. Las conjuras de los necios que ambos vieron terminaron por liquidarlos más que confirmar su genialidad, que ambos la tenían.
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Para los libertarios es un delito la inflación, como si fuese un plan macabro de la llamada casta para perpetuarse en el poder que emite dinero para mantener contento a sus votantes y para el kirchnerismo hay una conspiración entre los que toman deuda, por eso se plantean reestructurar la deuda con el FMI. Ambos quieren tirar el martillo con el que se machucaron el dedo antes de aprender a usarlo. Por todo esto, los argentinos tenemos que aprender de los ejemplos internacionales que lograron evidenciar que se pueden utilizar diferentes herramientas en distintos momentos sin estigmatizar ninguna.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MV/LT