Enrico Calamai, exdiplomático italiano, se ganó el apodo de “Schindler de Buenos Aires” por su labor durante la dictadura militar argentina entre 1976 y 1983, cuando logró salvar a entre 300 y 500 personas perseguidas por motivos políticos. Así, como vicecónsul y luego cónsul de Italia en Buenos Aires, desafió las órdenes de su propio gobierno, organizando una red clandestina que proporcionaba pasaportes, documentos falsos y ayuda logística para permitir que argentinos e ítalo-argentinos pudieran escapar del país y evitar ser desaparecidos.
El exdiplomático italiano, Enrico Calamai, fue vicecónsul y luego cónsul de Italia en Buenos Aires durante los años de la última dictadura militar argentina. Sin dudarlo, utilizó su posición para ayudar a salir del país a cientos de personas perseguidas por el régimen, facilitándoles refugio, pasaportes y salida hacia Europa, por lo que en Argentina se lo conoce como el “Schindler de Buenos Aires”. A causa de ello, fue condecorado en 2004 con la Cruz de la Orden del Libertador San Martín en grado de Comendador por su labor humanitaria y, tras regresar a Italia, colaboró con testimonios.
¿Qué se siente en el corazón 50 años después?
En el corazón se sienten muchas cosas, quizás demasiadas, y uno se da cuenta de lo viejo que es; aunque el pasado pierda ciertas puntas, sigue doliendo, la herida permanece abierta y la percepción de lo trágico ocurrido sigue intacta.
Escribió Diario de un cónsul italiano en la Argentina de los desaparecidos. Me gustaría, de la forma más didáctica, nos haga una especie de síntesis de ese libro para nuestra audiencia y nos cuente cómo vivió ese período.
El 24 de marzo del 1976 fue un día como cualquier otro, sin ninguna novedad. Aquí en el centro, donde yo estaba, en Plaza Libertad, en el consulado italiano, todo parecía normal: el tráfico habitual, tiendas abiertas, oficinas funcionando, porteros que barrían delante del portal. A la tarde, sin embargo, tuve contactos con un periodista italiano que me contó que en la periferia de Buenos Aires se habían producido irrupciones en las casas, con familias maltratadas y chicos llevados en coches sin chapa, cuyo destino era desconocido.
A los pocos días empezaron a llegar parientes, especialmente padres y madres, que no podían presentar el derecho de habeas corpus porque los abogados habían sido amenazados o asesinados, y acudían al consulado buscando protección legal, lo cual logramos, aunque sin resultados concretos.
También comenzaron a presentarse jóvenes que me decían: "Si me echáis de aquí, sé que me agarran, me torturan y me matan". Uno se daba cuenta de que era cierto mientras la ciudad permanecía normal, generando una situación muy ambigua, difícil de traducir en conceptos claros. Todo era posible, pero resultaba evidente que se perseguía a los llamados subversivos, chicos que aspiraban a un mundo distinto, como había ocurrido en Europa y Estados Unidos en el 68, y como había predicado el Concilio Vaticano Segundo. Además, se veía el ejemplo de Cuba y del marxismo.
Se lo presenta como el Schindler italiano. Recordemos que Schindler salvaba judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Usted protegió a 300 personas para que no cayeran en centros clandestinos y pudieran viajar a Italia. También hubo otro diplomático, en Chile, un noruego, durante el Pinochetismo. Visto con la perspectiva de los años, ¿qué impulsa a algunos diplomáticos a actuar así y a otros no?
Creo que el diplomático tiene una posición que le permite actuar en ese límite entre países, con cierta capacidad de decisión. En mi caso comprendí dos cosas. Primero, que en Argentina ocurría lo mismo que en Chile, solo que de forma oscurecida, nocturna, incomprensible y no representable mediáticamente. Eso es lo primero.
Lo segundo: para poner en contexto a la audiencia más joven, en Chile todo era más visible, como un estadio lleno; aquí la brutalidad era más solapada, aunque finalmente más intensa, porque en Argentina se asesinó a muchas más personas gracias a ese encubrimiento. Además comprendí que disponía de instrumentos que mi cargo me otorgaba para ayudar, especialmente a quienes eran hijos de italianos, con derecho a la ciudadanía, pero también a otros, porque era una crisis humanitaria de extrema gravedad donde la ciudadanía perdía sentido.
El problema práctico era cómo hacer salir a los perseguidos de Argentina, y eso lo logramos. Encontramos la manera de trasladar a nuestros ciudadanos o protegidos desde Aeroparque a Montevideo, donde la embajada italiana les daba los medios para continuar a Roma. En el avión subían con carnet de identidad argentino y desembarcaban con pasaporte italiano; eran italianos y, por lo tanto, quedaban a salvo. Era peligroso, pero funcionaba.
¿Cómo era la relación con la Iglesia, con el Vaticano en Italia? ¿Había algún contacto?
No, no hubo ninguno. Italia se comportó de manera solidaria por el vínculo con Argentina. Había que organizar 300 pasajes, toda una logística compleja. El gobierno italiano priorizaba intereses económicos y relaciones bilaterales con los militares argentinos, pero existían partidos de izquierda que apoyaban las luchas de liberación nacional.
No, no. El gobierno debía respetar la Constitución italiana si se señalaba peligro a ciudadanos, garantizando derechos humanos, estatus de asilado y asistencia económica. No otorgaron estatus de asilado.
¿Con qué justificativo pagaban el pasaje?
Porque había una situación de perseguido, podríamos decir.
Sí, eso, eso es perseguido, estatus de perseguido.
La serie “Mussolini: Hijo del Siglo”, ¿tuvo impacto en ver ciertas similitudes con la realidad argentina actual, fundamentalmente con líderes como Trump o Milei? ¿Encuentra cierto neofascismo en el mundo actual, le preocupa, y encuentra alguna similitud? Al mismo tiempo, creo que haber vivido el fascismo le da a los italianos, y a usted en particular, el recuerdo que le habrán contado sus padres de cierta sensibilidad en estos temas, que a lo mejor otros pueblos que no pasaron por lo mismo no tienen.
Yo lo que opino es que estamos viviendo una etapa de barbarie total, barbarie que tiene su centro pulsante en Estados Unidos, en un imperio que está perdiendo su garra, y que son las convulsiones finales: militares, económicas, por algo que se está desmoronando. Creo que el gobierno de Estados Unidos ya no está en condiciones de tener bases militares en todo el mundo como ha tenido hasta ahora, que su misma moneda está perdiendo golpes a nivel mundial y que intenta, con la única forma de la que dispone todavía —que no es el soft power sino la guerra— volver a afirmar el poder.
La guerra es una inversión muy buena porque, en situación económica desastrosa, en la que la gente ya no compra coches, no compra heladeras, no compra nada, la guerra produce armas, y las armas permiten que se usen, y hay que volver a fabricarlas y venderlas, y da trabajo a mucha gente; en fin, es muy buen negocio, pero las guerras no siempre se ganan. Puede llegar el momento en que las guerras se pierden, se pierde la credibilidad y todo se va desmoronando.
¿Sabes por qué le pregunto, Enrico? Porque la dictadura de Pinochet, sin ninguna duda, se produjo unos años antes que la argentina en Chile, con todo, no solo con el beneplácito sino con la acción decidida del gobierno norteamericano de esa época, también un gobierno republicano, que era el de Richard Nixon y su sucesor Gerald Ford. Probablemente, la dictadura argentina fue la última dentro de un proceso en el cual Estados Unidos dejó de considerar útiles a los dictadores militares latinoamericanos. Carter generó un proceso en el que se llegó a la conclusión de que, para competir con la ex Unión Soviética, convenía atender el tema de los derechos humanos, porque representaba un talón de Aquiles muy grande. ¿Usted siente que el comportamiento de la embajada y del consulado norteamericanos fue distinto al italiano, o considera que fue un tránsito, como si fuera el último intento norteamericano de fomentar una dictadura militar en Latinoamérica?
No, yo recuerdo la misión que Carter mandó a Argentina y que hizo declaraciones muy fuertes en la época, pero no cambió nada; eso es mi recuerdo. Que hubiera sido la última dictadura apoyada, yo no lo sabía, francamente. Yo lo que sabía era que había un apoyo: nada en América Latina se movía si no había un apoyo en Washington, pero que iba a ser la última, no se me ocurrió. Es que la historia cambió después con los derechos, precisamente con Carter.
Borges decía que los argentinos son italianos que hablan español, pero más allá de eso, de que hay una mayor cantidad de inmigración italiana que española —es muy grande la inmigración española— y también con los mismos derechos, el jus sanguinis, para que los hijos de los italianos y los hijos de los españoles puedan ser ciudadanos. ¿Cuál era su contacto con su colega español?
Teníamos muy buena amistad. Tenía amigos que trabajaban en el consulado y en la embajada, jóvenes como yo. Nos veíamos muy a menudo, porque además yo soy medio español, mi madre era española. Se nota su acento y teníamos amistad, pero francamente, de ahí a pensar que iban a hacer algo por los hijos de los españoles que pasaban lo mismo que los hijos de los italianos, yo no lo sé, pero sí me dieron una mano a mí con mis problemas.
Mañana o pasado mañana se realiza la proyección de Una vita per i Diritti Umani a las 17:30 en el Espacio del INCA. ¿Y cómo se siente con este tipo de atención, de reconocimiento hoy en día?
Me siento muy contento, muy contento, pero quizás me parece un poco exagerado el título. Francamente, yo hice lo que era mi deber hacer. A mí me pagaba el Estado italiano por proteger a los italianos e intenté hacerlo. Bueno, me alargué un poco con quienes no eran italianos, quizás, pero era una crisis humanitaria generalizada.
Entonces, ¿cómo iba uno a controlar la ciudadanía? Los derechos humanos no tienen en cuenta la ciudadanía, y la Constitución italiana respeta los derechos humanos.
Pues, a ver, si interpreto lo que usted hizo: aquellos que a lo mejor no podían acreditar realmente que eran hijos de italianos, usted de alguna manera los miraba benevolentemente con el gesto que hizo italiano. No creo que exageren, pero usted regó la vida en ese momento, porque quiero decirle, se han asesinado diplomáticos argentinos durante la dictadura. Mencionábamos recién a una colega que estuvo visitada en Francia, Elena Holmberg, por ejemplo, y también al embajador argentino en Venezuela. Así que usted no estaba indemne. Ningún embajador ni ningún diplomático estaba, pero era muy joven, y eso da una inconsciencia linda.
MV