El programa económico de Javier Milei logró consolidar un superávit primario del 1,8% del PIB mediante un drástico ajuste fiscal y monetario que, según Hernán Lacunza, fue clave para evitar una catástrofe hiperinflacionaria y estabilizar las variables financieras. Sin embargo, el economista advierte, en Modo Fontevecchia, por Net TV, que la sostenibilidad de este orden macroeconómico depende de una reactivación de la industria y el empleo, señalando que para garantizar la continuidad de las reformas “es necesario que la alternativa a Milei, sea del liberalismo clásico”.
El economista y exfuncionario argentino, Hernán Lacunza, fue director del Centro de Economía Internacional de la Cancillería, y luego tuvo un paso clave por el Banco Central, donde se desempeñó como gerente general y economista jefe. Su perfil se consolidó en la provincia de Buenos Aires, donde fue ministro de Economía durante la gestión de María Eugenia Vidal desde 2015. A partir de agosto de 2019, en medio de una fuerte crisis financiera tras las elecciones primarias, Macri lo convocó como ministro de Hacienda de la Nación para reemplazar a Nicolás Dujovne.
Nos gustaría primero que hicieras un balance de estos 28 meses del plan económico de Javier Milei.
Creo que, como todo programa económico, más en países no lineales como Argentina, países inusuales, con muchas dificultades de arrastre, todos los planes económicos, todos los intentos, tienen luces y sombras. Pretender lo contrario es un poco exagerado o un poco voluntarista. Y creo que las luces están a la vista en materia del primer año. Este recorrido que me invitás a hacer: el primer año fue evitar una catástrofe económica.
Estábamos a las puertas de las catástrofes que solíamos tener los argentinos en materia de hiperinflación, problemas bancarios, problemas con la deuda. Eso se evitó, creo que con bastante audacia, con bastante pericia, con bastante decisión, atacando las causas desde el día cero de esas consecuencias, que eran básicamente un Estado que gastaba mucho más de lo que ingresaba y lo financiaba con deuda o con emisión, con inflación.
Creo que el segundo año, el año pasado, fue consolidar ese descenso inflacionario. Se arrancó con 200% y el año pasado fue 30%, o sea, casi la décima parte, que tampoco era obvio porque había habido muchas experiencias de éxitos iniciales y después reversiones de los procesos inflacionarios. Así que te diría que ese fue el foco del año pasado, año electoral también, con dificultades adicionales en el mercado de cambios, rescates externos que tampoco hay que olvidar. De ninguna manera el régimen tenía autonomía en su robustez, sino que hicieron falta dos rescates financieros: uno en abril del Fondo Monetario Internacional y otro en septiembre-octubre por parte del Tesoro de Estados Unidos.
Y este tercer año te diría que empieza —si había un orden secuencial ya preestablecido en esto que estoy diciendo— con las reformas estructurales. Vimos la reforma laboral en las extraordinarias de febrero, un intento fallido, un poco preocupante, no del gobierno sino de la discusión política, de una incipiente reforma tributaria. No se habla de coparticipación. Bueno, la lista de pendientes está ahí, ahora la podemos conversar.
Y hoy llegamos a las luces y sombras. Las luces verdes son las variables nominales, o sea, básicamente lo que siempre nos angustia en el día a día: la inflación, el dólar o la tasa de interés, que obviamente sirven para esa respuesta, esa decisión táctica de las empresas y de las familias. Pero se ha sacado de la mesa la angustia familiar de que este mes compro 10 changuitos en el supermercado y el mes que viene voy a poder comprar ocho si la inflación está desbocada. Eso, por más que la inflación sigue siendo alta —35% anual, está corriendo a 3% mensual en este momento—, no está esa angustia, porque es previsible. Si sale un poco mal, va a ser 40; si sale un poco bien, va a ser 30, pero en ese rango.
Pero hay también las sombras, o las luces amarillas intensas, que hay que tomar a tiempo porque después, si se convierten en rojas, es más difícil. Hay todo un sector de lo que llaman la economía real, básicamente la construcción y la industria manufacturera, que está en niveles de producción inferiores a los de hace dos años. Los de hace dos años eran artificiales, así que tampoco los quiero ponderar como algo ideal.
No eran sostenibles porque estaban sostenidos con artificios de “planes platita”, subsidios, pero es una realidad que la mitad del sector productivo argentino está en niveles inferiores, y hay un problema con el empleo privado, que estuvo estancado y empezó a bajar. ¿Por qué pongo atención ahí? Porque un programa de desarrollo no es nada más que bajar la inflación, estabilizar y crecer. Básicamente tiene que haber un triángulo virtuoso —y digo triángulo porque tiene tres vértices—: la estabilidad, que el changuito sea previsible; el crecimiento, que es el empleo, que la familia tenga ingresos como para ir al supermercado, y esto está en luz amarilla porque los salarios no se han recuperado.
Y si se dan esas dos condiciones, que es prácticamente la condición de cualquier economía familiar, entonces seguramente hay apoyo popular a las ideas de cambio. Y si hay renovación—no digo al gobierno, a esas ideas—, consensos sobre esas ideas, se puede construir ahí un triángulo virtuoso. No hay tensión nominal, no hay huida del peso y se pueden ir encadenando varios años y gobiernos con estas ideas. Años y gobiernos porque un proceso de desarrollo no es parsimonioso. Uno no se va a dormir adolescente y se despierta maduro. Entonces hay que encadenar varios gobiernos con ideas en sintonía, idénticas. Y para eso hay que poder recorrer la transición económica.
Probablemente, si hubiese ganado Horacio Rodríguez Larreta y fuese presidente, probablemente vos serías ministro de Economía. Y cuando te preguntábamos en esa etapa preelectoral cómo sería un plan económico de estabilización y desarrollo, vos hacías una serie de referencias parecidas a estas que hoy estamos escuchando en público y decías: “puede no funcionar”. Había un porcentaje alto que vos colocabas, creo que era del 50%, que puede no funcionar. Recientemente, Arriazu dijo que elevaba al 50% la posibilidad de que el plan funcione, luego de que inicialmente le daba el 30%. Con la honestidad intelectual que sé que te caracteriza, este plan respecto del que vos hubieras tenido que llevar adelante, ¿te sorprende para mejor o para peor?
Lo que habíamos pensado, si hubiera ocurrido otro escenario político, habría varias coincidencias con este plan. Por ejemplo, que había que hacer un ajuste fiscal como el que se hizo, severo, porque sin eso no había nada. O sea, sin eso, con cualquier presidente o cualquier ministro, esta conversación sería distinta. Estaríamos hablando otra vez de los problemas financieros, resultado de ese agujero fiscal. Entonces, eso este gobierno lo hizo con valentía, con audacia y con pericia, y no era obvio. ¿Dónde creo las diferencias? Como antes hablábamos de las luces y sombras, eso aumentó las chances. Ese primer año que dije al principio no era obvio que iba a salir bien y sí contó con un “bonus track”.
Contó con un grado de tolerancia social, de paciencia social frente a ese ajuste que no era evidente. Por ejemplo, a Mauricio Macri ocho años antes le había costado mucho porque la herencia no era tan claramente desastrosa: la inflación era 30%, no 211%. Entonces la gente no tenía esa conciencia. En cambio, acá sí.
Entonces, alguien que viene y propone sensatez —no se puede gastar más de lo que ingresa, no es más sofisticado que eso— tuvo más tolerancia social porque la gente se daba cuenta de que, si no, lo pagaba con impuestos o con inflación. Bueno, se usó ese bonus y se usó bien. Lo que sí creo que se puede discutir es la política monetaria y cambiaria. Porque, viste que antes decíamos: hay luces verdes en lo financiero. ¿Y qué es? Los mercados miran cuatro meses para adelante, no cuatro años. Y dicen: “va a haber dólar y tasa de interés, si hay cosecha abundante no va a pasar nada”, porque los inversores pueden girar en todas las esquinas, entonces no miran más allá de eso.
Ahora, si yo te digo el quinto semáforo o el décimo semáforo —ponerlo donde quieras—, el año que viene hay elecciones, hay luces amarillas con el empleo, y si llegás a ese punto en rojo después es difícil levantarlo. Y si eso se percibe así, ya se empieza a reflejar en la paciencia social, que está cambiando la prioridad.
Lógicamente, la demanda en una democracia es afortunadamente insaciable. Queremos siempre estar mejor. Está bien el changuito del supermercado, pero necesito empleo, necesito ingresos, necesito volver a comprar los diez changuitos de hace dos años, porque hoy estoy por debajo. Y si eso es así, te lo van a reflejar las encuestas y va a complicar el vértice de la estabilidad porque puede haber huida del peso. Para evitar eso, uno podría pensar una combinación distinta, con el arte que es hacer política económica. Siempre es más fácil decirlo por televisión que hacerlo en la gestión.
Con un régimen cambiario y monetario más claro: decir “esta es mi inflación, Banco Central, esta es mi función de reacción”. Hoy tenemos la sensación, las familias y las empresas, de que si la inflación es tres no sabemos bien qué va a hacer el Banco Central, pero si es cuatro tampoco, y si es dos tampoco, porque no está clara esa regla.
Y con respecto al tipo de cambio, yo entiendo. A veces me preocupan algunas respuestas cuando se dice que hay tres sectores que van a ser proveedores de divisas: energía, minería y agro. El agro hace mucho que es así, la energía está empezando a serlo y la minería capaz que lo va a ser dentro de cinco años. Ahora, eso no es el desarrollo económico. El problema no es la oferta de dólares, es la demanda de pesos, o sea, que esos dólares se queden voluntariamente en el país. Y para eso tiene que haber otras actividades, porque esas no son intensivas en empleo.
Además hay cuestiones sectoriales y regionales, porque esas tres están ubicadas en la pampa húmeda y en el occidente del territorio argentino, en la cordillera, sur y norte, energía y minería respectivamente. Y la industria manufacturera y la construcción están en las zonas urbanas, lógicamente: Gran Buenos Aires, Gran Córdoba, Gran Rosario.
Un plan de desarrollo tiene que tener en cuenta esas diferencias. Y a veces no sé si eso está tan presente. Fue tu pregunta: para ser sustentable un plan de desarrollo, si se quiebra cualquiera de los vértices de ese triángulo virtuoso, se interrumpe el círculo virtuoso. Y hay que ganar elecciones cada dos años. Las ideas tienen que consolidarse y, si el conurbano se complica mucho por la cuestión social, se puede interrumpir el proceso de normalización.
Si no hay desarrollo y, por el contrario, hay recesión o estanflación y la recaudación te cae, finalmente ¿no hay un problema estructural en el núcleo del modelo económico? Vas a tener problemas para mantener el superávit fiscal porque te cae la recaudación de IVA, ya que esas tres actividades no son solamente creadoras de empleo, sino también de consumo y de producción. Por lo tanto, cada mes recaudás un poco menos que el anterior.
Me estás llevando a lo que yo planteaba como a largo plazo. Me estás diciendo: “Ojo, no es solo el largo plazo, también puede ser el corto plazo, que es este desplazamiento”. Hoy no hay recesión, hay un crecimiento a velocidad crucero, 2,5% dependiendo del trimestre. Febrero fue malo, marzo puede recuperar un poco, pero no me quiero poner tan fino. Lo que pasa es que hay sectores que crecen al cinco y sectores que crecen al cero.
Algunos que crecen al 10% y otros que crecen menos.
O sea, peor todavía, más heterogéneo. Me decís con razón: “Che, pero ojo que hace seis meses la recaudación cae en términos reales, o sea, sube menos que la inflación”. Entonces te está mostrando que puede haber un estrés fiscal, que es la viga maestra de tu programa, no dentro de cinco años, sino dentro de cinco meses. Buen punto.
La reacción del gobierno, que es ágil en ese sentido porque sabe que esa viga maestra está ahí, es ajustar más el gasto. Pasó con los números de enero, febrero y marzo fiscales, y fue eso. Entonces no es que se dieron el equilibrio fiscal como meta, pero postergan pagos. Claro, eso tampoco es infinito, porque uno puede tener equilibrio fiscal transitoriamente sin hacer obra pública, sin hacer rutas. ¿Cuánto tiempo? Dos años, porque vive del stock.
Ahora, uno no puede tener equilibrio fiscal sin hospitales, porque eso dura una semana. Entonces, tampoco esa dinámica es sostenible, que es tu pregunta y esta es mi respuesta.
Con más razón, en el arte de la política económica hay como un conflicto en este momento —y va a pasar, me parece, en los próximos 12 meses— entre el vértice de la estabilidad y el vértice del empleo o de la actividad. Estabilidad versus actividad. Y no puede mejorar el segundo sin empeorar un poco el primero, y a lo mejor hay que hacer eso.
Porque sí, está hablando del tipo de cambio.
Si no hay secuencialidad —primero bajar el déficit y después el desarrollo— sino que ambos van juntos, el problema es de origen: el plan no contempló ajustes crecientes del gasto y termina mordiéndose la cola.
Sí, yo no estoy en contra de la secuencialidad. Lo que sí reafirmo en tu pregunta es que uno no hace política económica solo para el próximo lunes. O mejor dicho, sí, para el próximo lunes, pero también para dentro de tres lunes, para dentro de 18 lunes, para dentro de 18 meses y para dentro de tres años.
Porque no puedo decir: “Qué macana, me bajó la recaudación. Qué macana, me quedé sin reservas porque bajé mucho el tipo de cambio”, como pasó el año pasado, porque era muy eficaz para bajar la inflación. Pero cuando pongo un precio demasiado bajo hay más demanda que oferta; pasa con las divisas, con la energía o con las zanahorias.
Entonces el Banco Central se quedó sin reservas y tuvo que venir dos veces financiamiento del exterior para sacarnos la cabeza de abajo del agua. Bienvenido. Pero no fue que el régimen fue robusto a la corrida del año pasado, hubo ayuda externa. Nadie regala préstamos, menos Estados Unidos y el Fondo. Bienvenido, pero preguntémonos por qué recurrentemente estamos en esa situación, porque tampoco podemos vivir así.
Entonces, lo que fue muy eficaz para bajar la inflación y muy rápido, en el camino nos dejó con reservas escuálidas, o sea, con poca capacidad de resistencia ante una corrida, y además está afectando la producción, que tarda en reconocerse porque no ocurre de un mes a otro. Pero hay evidencias, así que hay tiempo también para tomar nota.
El empleo privado cae, no se desploma, no va a subir el desempleo a dos dígitos porque hay más flexibilidad, hay una reforma a medias, lo que se pudo hacer, pero en el sentido correcto. Pero si el sector más dinámico no genera empleo y el que está en contracción lo destruye, va a haber un problema. Entonces hay que tomar esa señal a tiempo. Cuando el que conduce dice: “No me preocupa esa nube”, uno como pasajero se preocupa más, porque piensa que no la está viendo.
Entonces creo que hay tiempo para hacerlo, pero hay que hacerlo.
Mauricio Macri está haciendo recorridos, presentándose públicamente y hablando de que Propuesta Republicana (PRO) no es un paso atrás, sino el próximo paso. En particular, ¿volverías a la actividad pública? ¿Serías ministro de Economía en la hipótesis de que te lo pidieran?
Entiendo el interés o la inquietud. Yo tengo vocación por lo público. Antes comentaste que trabajaba en el programa de Horacio Rodríguez Larreta, candidato presidencial; no sé si hubiera sido ministro. Y ahora, con Mauricio, mantengo esa vocación por lo público, que también es un bien público.
Soy vicepresidente de Racing y me preguntan por qué. Bueno, porque me gusta, lo heredé de mi papá, ese compromiso con la comunidad en la que vivimos. No es nada extraordinario, es una vocación. Así que sí, me involucraría.
En un sentido de la secuencialidad económica, lo que se percibe en elecciones como las de Hungría, o incluso en España con Vox y el PP, es que hay una tendencia: países que buscaron soluciones más extremas y, luego, pasada esa etapa, vuelven a opciones más moderadas dentro del mismo rumbo. Macri viene sosteniendo que hay que completar el cambio con gente más institucional, más republicana. ¿Te parece que es posible una alternativa a Milei, no desde el campo nacional y popular, sino desde el campo liberal?
Sin hacer nombres propios, creo que es necesario. Esa polarización ocurrió no solo en Argentina: kirchnerismo, macrismo, ahora mileísmo, porque el electorado tiende a simplificar. Pasa también en el mundo, con expresiones como Trump o Bolsonaro, y también del otro lado ideológico. Después de esos procesos suele aparecer algo más moderado, más intermedio, sin negar esas ideas pero reconociendo la necesidad de consensos. Es una palabra un poco bastardeada.
La semana pasada estuve en Harvard y en el MIT, en Boston. Allá no discuten cosas que acá discutíamos hasta hace poco: que no se puede gastar más de lo que ingresa, que la emisión no resuelve todo y que el Banco Central existe.
Cuando uno lo plantea, te miran con cierta sorpresa, porque para ellos es algo resuelto hace décadas. Pero la ventaja de los enfoques más republicanos es que uno no hace un plan económico para un gobierno, sino para la sociedad.
Entonces hago una autocrítica: si un plan depende de que yo gane la elección para funcionar, está mal. Porque eso no es democrático. Tiene que funcionar gane quien gane. Si el otro viene y deshace todo, es un riesgo político, claro.
Atado al mástil: Milei no escucha las críticas sobre la rigidez de su modelo
Pero hay que construir entre ideas afines opciones con continuidad, para no empezar de cero cada cuatro años.
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