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MODO FONTEVECCHIA
Escenario político

Qué posibilidades tiene Lula de ser reelecto y por qué crece la polarización

El politólogo Leandro Gabiati sostiene que el avance de estas corrientes responde al desencanto social con las democracias tradicionales. Advierte que el respaldo ciudadano dependerá de la capacidad de los líderes para garantizar crecimiento económico, seguridad y estabilidad institucional.

El presidente Lula Da Silva 25052026
El presidente Lula Da Silva | AFP

La creciente influencia de Estados Unidos en América Latina, las tensiones ideológicas y los procesos electorales en distintos países de la región reavivan el debate sobre los cambios políticos y sociales que atraviesan sus democracias. A través de su entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), Leandro Gabiati, sostuvo que el avance de liderazgos por fuera de las estructuras tradicionales responde al desencanto de amplios sectores de la sociedad y señaló que, en Brasil, gran parte del electorado se moviliza más por el rechazo a determinados dirigentes que por una identificación política definida.

El politólogo y analista político brasileño, conocido por dirigir la consultora de análisis político Dominium Consultoria, Leandro Gabiati, se ha especializado en campañas electorales, opinión pública y relaciones entre el Poder Ejecutivo y el Congreso brasileño. Sus análisis han sido citados en coberturas sobre las elecciones presidenciales de Brasil, el crecimiento del bolsonarismo, el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva y distintos procesos políticos regionales. A partir de 2025 y 2026 también apareció en medios brasileños e internacionales comentando la situación política de Argentina, el ascenso de Javier Milei y las transformaciones del sistema.

El escenario dentro de la región está movido. Recién incluso hablábamos con Bour sobre el tema económico. Yo creo que, por primera vez, Estados Unidos está viendo a Sudamérica o a Latinoamérica de una manera en la que no lo vio nadie, por lo menos en los últimos 40 o 50 años. Pero, con este perfil tan especial de Trump, empezando por Milei, lo que sucedió con Bukele y ahora también con el escenario de Colombia, el escenario que puede llevar nuevamente a un “marginal” de la política a la primera magistratura. ¿Esto es realmente así? ¿Y qué puede abrir dentro de la región aún más con esta posición?

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Buenas provocaciones. Vamos por partes. Primero, ustedes deben estar acompañando la cuestión de la política tarifaria y acá en Brasil es uno de los asuntos prioritarios en la agenda política, lógicamente porque esa acción unilateral trae consecuencias importantes, principalmente para las empresas que exportan hacia Estados Unidos.

Entonces, esa acción unilateral que nos sorprende está dentro de los parámetros propuestos por el presidente Trump. La segunda cuestión relevante tiene que ver con un mensaje claro que el Gobierno de Estados Unidos da al mundo: América Latina es una región de influencia exclusiva de Estados Unidos. América Latina y el Caribe.

Tenemos las acciones sobre Venezuela a inicios de año. Tenemos los mensajes que, de alguna forma, apuntan al Canal de Panamá y a Cuba. Y, lógicamente, ahora tenemos también esa política tarifaria que afecta a todos los países, aunque tal vez en menor medida a los países aliados.

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Vimos, por ejemplo, una decisión del Gobierno de Estados Unidos que eliminó tarifas en relación con el aluminio argentino y no con el aluminio de Brasil. Lógicamente, el Gobierno marca diferencias con quienes tienen proximidad política y, con quienes no la tienen, aplica una mayor dureza tarifaria.

Tenemos, como vos mencionás correctamente, un punto importante en breve con la definición de las elecciones en Colombia y un mapa bastante complejo en términos ideológicos. Tenemos países como Brasil y Uruguay con una línea más progresista; Argentina, Chile y ahora estamos viendo qué es lo que pasa en Colombia en cuanto a ese rumbo ideológico. Y, lógicamente, con el Gobierno de Estados Unidos atento y hasta participando directamente, en algunos casos, para influenciar el resultado electoral.

En Colombia se les dice generalmente “los gringos”. Cuando se habla de Estados Unidos siempre se utiliza esa expresión, incluso para desprestigiar un poco la influencia que puede tener Estados Unidos en su país. Que Trump apoye al candidato que surge con su ideología, ¿lo puede perjudicar o lo consolida?

Buen punto. El escenario que tenemos en Colombia, lamentablemente, no es muy diferente al que vemos en otros países de la región. Es un escenario de polarización. Tenemos un candidato de izquierda y un candidato de derecha. Esos candidatos pueden estar más cerca de los extremos o más cerca del centro, pero se trata de elecciones totalmente polarizadas. En este caso, la intervención directa o el apoyo explícito a un candidato depende del momento político por el que atraviese el país.

Vamos a imaginar que existe un movimiento de cambio porque el gobierno anterior está agotado. Tal vez la posición de Estados Unidos sea un factor positivo. Ahora, si existe una voluntad popular de continuidad, si el gobierno de izquierda mantiene apoyo, el respaldo de Trump al candidato de derecha podría resultar negativo.

Todo es relativo. Como tenemos un escenario muy polarizado, no es posible obtener conclusiones claras. Vamos a tener que esperar el resultado. Imaginamos una elección, como ocurre en gran parte de la región, con una diferencia bastante estrecha de votos.

¿Esto que ocurre en estos países de la región obedece a que la gente se convirtió más a la derecha o a que estos sectores, que vienen con propuestas alejadas de las estructuras políticas tradicionales, representan más el hastío de las sociedades con lo establecido que una adhesión ideológica?

Excelente cuestión. Lógicamente, hay tendencias regionales, pero cada país tiene sus particularidades.

Lo que podemos mencionar como un factor transversal a todos los países es, de alguna forma, no diría el fracaso de la democracia. La democracia no ha fracasado, pero es evidente que tiene problemas serios que no han sido solucionados en estas últimas cuatro décadas.

La mayoría de los países pasó por dictaduras y en la década de 1980 inició una transición hacia la democracia. Obviamente, cada país tiene sus diferencias y particularidades, pero hay una regla general: la mayoría no logró atender las expectativas de gran parte de la población en políticas públicas, salud, educación, cuestiones económicas, consumo y reducción de las desigualdades.

Entonces hay una decepción, una frustración. Y esa frustración crea espacios políticos para que candidatos con ideas más heterodoxas, sean de izquierda o de derecha, tengan espacio y fuerza electoral para transformarse en opciones competitivas.

¿Es decir que no sería una cuestión estrictamente ideológica, sino más bien una cuestión de hastío por lo que sucede? Brasil es un ejemplo por lo que pasó de Lula a Bolsonaro, de Bolsonaro a Lula y quizás más adelante nuevamente hacia Bolsonaro hijo.

Buena cuestión. Brasil tiene una particularidad y es que, según indican la mayoría de los estudios de opinión, tradicionalmente posee una sociedad más conservadora.

Sin embargo, después del proceso de dictadura, ese segmento de la derecha brasileña tuvo durante muchos años una especie de vergüenza escondida, por decirlo de alguna manera.

La llegada de Bolsonaro, que entiendo más como un efecto que como una causa, posibilitó que esos sectores conservadores se asumieran públicamente como tales. Tenemos este fenómeno de una derecha que defiende abiertamente políticas conservadoras. Esto no deja de ser positivo porque, para la democracia, es importante que los sectores conservadores tengan libertad para expresar su voluntad.

Ahora, sobre el retorno de las fuerzas de derecha al poder, tenemos un escenario bastante complejo.

Voy por partes y rápidamente para concluir. Primero, acá en Brasil —y es una regla que se aplica a la política en general— decimos que la reelección fue hecha para reelegir. La reelección siempre favorece a quien está en el poder porque dispone de herramientas políticas para utilizarlas a su favor.

Y Lula está haciendo eso de manera muy hábil. Su gobierno no fue tan bueno como mucha gente esperaba si lo comparamos con sus dos primeros mandatos de comienzos de la década de 2000.

Sin embargo, está utilizando muy bien esas herramientas y aplicando políticas con gran apoyo popular para encaminar su reelección.

Al mismo tiempo, existe un sentimiento de agotamiento y cansancio en una parte importante de la población. Eso es lo que hace que el hijo de Jair Bolsonaro, Flávio Bolsonaro, se mantenga competitivo.

Y cierro con una variable fundamental: el tema de la corrupción.

Hay un caso en investigación vinculado al sector financiero que alcanza a todos los sectores y a todos los poderes políticos. Está en plena investigación y probablemente tendrá impacto durante el momento más intenso de la campaña electoral.

Por eso todavía no tenemos un escenario claro sobre quién va a vencer. Nuevamente tenemos una sociedad polarizada, un electorado muy dividido y un caso de corrupción que puede alcanzar a múltiples actores.

Este paso de la izquierda a la derecha y de la derecha a la izquierda, ¿generó cambios importantes en la vida cotidiana de los brasileños? Es decir, ¿la gente siente que vivió mejor o peor con uno u otro gobierno o esos cambios fueron más de discurso y de identificación política?

Me parece que esa sensación de mejora estuvo muy clara en los dos primeros gobiernos de Lula. Aprovechando el boom de las commodities, que ustedes recordarán bien, Lula aprovechó muy bien esa ola internacional y, a partir de los superávits obtenidos, tuvo la habilidad de implementar políticas con gran apoyo popular, como Bolsa Família y otras iniciativas que terminaron incluyendo económicamente a sectores que estaban marginados.

Si pensamos ahora en el gobierno de Bolsonaro y en este gobierno de Lula, ese sentimiento de mejora ya no es tan evidente.

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Bolsonaro impulsó algunas políticas vinculadas a la seguridad pública y parte de la sociedad que tiene esa preocupación entiende que su gobierno fue más práctico en esa cuestión, mientras que consideran que el gobierno de Lula enfrenta dificultades por aferrarse a políticas de derechos humanos y cuestiones similares.

La verdad es que lo que está pasando en Brasil, y con esto concluyo, es algo parecido a lo que ocurre en muchas democracias: se vota más en contra que a favor.

Hay gente que no quiere a Lula nuevamente y hay gente que no quiere a Bolsonaro nuevamente. La elección termina definiéndose muchas veces por votar contra alguien y no necesariamente a favor de alguien.

MV/fl