El histórico triunfo de Péter Magyar el pasado 12 de abril puso fin a 16 años de hegemonía de Viktor Orbán, logrando una mayoría parlamentaria gracias a una participación electoral récord. A partir de una entrevista exclusiva en Modo Fontevecchia, por Net TV, Joaquín González analizó esta victoria destacando la importancia de la coalición opositora: “La izquierda sola sacaba 30% pero junto con la derecha pudieron ganarle”.
El ciudadano chileno especializado en educación, con una maestría en gestión y política educativa de la Universidad Austral, Joaquín González, desde hace casi seis años, reside en Hungría. Se desempeña como profesor de física.
¿Qué es lo que está cambiando en la sociedad en Hungría para que haya un cambio político?
La verdad es que había mucha algarabía en las calles, para ponerlo en términos latinoamericanos.
El día de la elección, cuando yo sabía los resultados, la gente estaba muy contenta de que por fin se habían acabado estos 16 años de un gobierno que, claro, fue democráticamente en su momento, pero que después dejó de trabajar para la gente y ellos sentían que nada más trabajaba para sí mismos, que el gobierno de Viktor Orbán simplemente ayudaba a Viktor Orbán y a sus amigos.
En ese sentido, uno podría decir que la democracia funcionó, porque el gran temor de esta idea de quienes entran por la democracia para, desde dentro, destruirla, la destruyan. Pero parece que es más fuerte la democracia que los intentos de destruirla desde adentro. O sea, parece que es un mensaje también muy positivo para la mayoría de los países que tienen este tipo de regímenes, que, en lugar de los golpes de Estado que chilenos y argentinos vivimos en el siglo XX, ahora el peligro es que desde dentro, utilizando las elecciones, se socave la democracia, pero parece que ella es más fuerte.
La verdad es que la esperanza regresó. Era un país que en 2022, de hecho, hubo una elección cuatro años antes en que todas las fuerzas opositoras, principalmente de izquierda, propusieron un candidato y dijeron: “Bueno, si nos unimos todos, podremos vencer a Orbán”. Y hace cuatro años no obtuvieron más del 30%, entonces había un panorama de desolación.
Por eso llega acá un nuevo candidato que viene desde el mismo gobierno de Orbán, de cierta manera, que se aburrió de la corrupción, se aburrió de que se trabaje para los intereses de Rusia y de Orbán, y lo que percibe la gente es que, bueno, queremos volver a ser parte de Europa. Vamos a votar.
Esta persona nos trajo esperanza, por más que venga desde el mismo mundo político de Viktor Orbán. Entonces, se siente que sí es un mensaje de esperanza, que si se enfocan bien las fuerzas moderadas, las fuerzas de izquierda o incluso de derecha que han sido suprimidas por la extrema derecha, se puede lograr restaurar esta estabilidad que echamos un poco de menos en el mundo tan de extremos que vemos el día de hoy.
Lo que nos estaría diciendo el ejemplo de Hungría es que si la izquierda sola no puede, porque el progresismo solo sacó 30% en las elecciones anteriores, muy parecido a lo que sería la situación en la Argentina y probablemente en Chile también, para lograr crear una especie de cinturón sanitario es necesario que también la derecha democrática se junte con los sectores de centro y progresistas.
Totalmente. Para ahondar un poquito más también en el caso de Chile, que también tenemos estos tres tercios. A cada tercio le salió una especie de gemelo: hay una izquierda institucional y una izquierda más disruptiva que va contra lo establecido; una derecha institucional y una derecha que también va contra lo establecido, y así con el centro. Entonces, no solo la dicotomía se da en izquierda, derecha y centro, sino que también se da en si sigo a las instituciones o voy con el populista que no le importa nada, que cambie todo, que me arregle los problemas.
Entonces, en ese sentido, esta elección no nos dice que la derecha tiene que, por su lado, poner este cerco sanitario, sino que nosotros tenemos que ser responsables, brindar estabilidad, y que estos eslóganes cortos, que son buenos para TikTok o para Instagram o redes sociales, no van con nosotros porque, claro, al final es una victoria a corto plazo aliarse con estos populismos.
Y por el lado de la izquierda, que últimamente ha estado muy enfocada en el tema de las luchas identitarias, poner una pausa a esas luchas y enfocarse un poco más en lo que necesita la mayoría de la gente, de los ciudadanos comunes, de clase media, que sienten que nadie les está hablando a ellos.
Entonces, cada uno de estos lados, si quiere volver al tema democrático, a la moderación, tiene que dejar un poco la trinchera y salir a la calle, que eso fue un elemento clave de lo que hizo Péter Magyar para ganar acá la elección. Él hizo lo que la oposición antes no había hecho. Las fuerzas progresistas principalmente se quedaban en Budapest, y en Budapest fue donde ganaron la elección, pero todos los sectores fuera de la capital se perdieron.
Entonces, cuando Péter Magyar empieza con su campaña política, él literalmente dejó los pies en la calle. Fue a cada pueblo, a cada comunidad rural, a contar, a decir, a exponer sus puntos de vista, y eso fue lo que al final terminó cambiando el panorama para comunidades rurales o no de la capital, que eran muy leales a Fidesz, al gobierno de Orbán, pero que en esta elección votaron por Tisza, por el gobierno de Péter Magyar.
¿Lo que plantea no es que el tema ya no pasa por ser de izquierda, de derecha o de centro, sino que la verdadera categoría es institucional o disruptivo? ¿Y que la confrontación hoy no es ideológica, sino metodológica: si es institucional, o sea, reformista, o si es disruptiva, revolucionaria? Es decir, ¿finalmente se trata de si es moderada o extremista? ¿Y esto no vale tanto para el extremismo de izquierda como para el de derecha? ¿No vuelve, entonces, a plantearse la discusión del campo político en categorías diferentes a simplemente derecha, izquierda, progresismo o conservadurismo?
Efectivamente, la verdad es que es un eje extra a considerar. Yo diría que tal vez la gente disruptiva de derecha valora cosas distintas que la gente disruptiva de izquierda, pero un sociólogo o un politólogo podría ahondar más en esas distinciones. Sin duda creo que ambos sectores políticos —la izquierda o el sector progresista y los sectores de la derecha económica—, si quieren evitar caer en estos extremismos, tienen que replantear sus estrategias, porque lo que han estado haciendo en los últimos cuatro años no ha funcionado.
Tenemos en muchas partes de Europa, en Occidente y en Latinoamérica, gobiernos más populistas o más extremistas que, con eslóganes de soluciones rápidas, parecen sintonizar mejor con la ciudadanía. Ciudadanía latinoamericana que trabaja mucho, largas horas de desplazamiento, contando los pesos para llegar a fin de mes, para que sus hijos coman y poder vivir una vida tranquila.
No llega a tener mucho tiempo para ahondar en profundidad el por qué el reajuste fiscal o la política de exportaciones. Al final, el eslogan corto que muchas veces los populistas tienden a decir resulta más fácil de digerir para un trabajador cansado, que se esfuerza por sacar a su familia adelante, que el discurso de los políticos tradicionales, a los cuales les dio la oportunidad en el pasado y aun así no le solucionaron los problemas.
Y, de hecho, ese es un tema también: el de la corrupción, que acá en Hungría se hizo muy evidente en los últimos años. Péter Magyar era parte del gobierno de Orbán, pero cuando vio el tema de la corrupción, el perdón presidencial y gente involucrada en casos de pedofilia, eran cosas toleradas por esta coalición. Entonces, él dio un paso al costado y dijo: “Bueno, acá hay ciertos límites que no podemos tolerar y toca volver a que seamos un país con una democracia plena y no con una democracia coartada como la que existía en Hungría”.
¿Hungría adelanta a Latinoamérica? ¿Es una foto del futuro y, al mismo tiempo, puede ser una lección?
En ese sentido, yo creo que es interesante estudiar el caso de ellos porque, yendo un poco al pasado, antes de Orbán —que está desde 2010—, en los años 2000 estaba el gobierno socialista. Ya en 2006 hay problemas económicos, viene la crisis de 2008, temas de corrupción, y el primer ministro reconoce que mintió sobre las cifras económicas. La gente salió a protestar y hubo cierta debilidad del Estado.
Eso es algo que hemos visto en Latinoamérica, y terminaron eligiendo a alguien que solucionara las cosas rápido, y ese fue Orbán. Pero el problema es que fue elegido con una mayoría tan amplia que obtuvo dos tercios del Congreso, lo que le dio poder para cambiar la Constitución y modificar el sistema electoral para permanecer en el poder. También empezó a poner aliados en el poder judicial, de manera que no hubiera controles propios de una democracia. Entonces, después de Orbán, el progresismo se unió y no fue suficiente. Ahora Péter Magyar viene desde la centroderecha, apoyado por una izquierda que dejó de lado sus convicciones principales.
Recuerdo una entrevista a un dirigente del Partido Socialista húngaro el día de la elección, cuando ya sabían los resultados, y le preguntaban si tenían diferencias con Péter Magyar. Y él decía: “Sí, por supuesto que tenemos diferencias en economía, inmigración o libertades, pero esas cosas son el número dos en nuestra lista".
Orbán, la ultraderecha global y el momento de Milei
La prioridad número uno era que se fuera Orbán, segundo, volver a Europa y tercero, recuperar una democracia funcional. Entonces, a eso me refería: qué tan dispuestos están los sectores políticos a dejar de lado o pausar sus luchas actuales para ir al diálogo, unir fuerzas y priorizar lo que necesita la mayoría de los ciudadanos.
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