miércoles 07 de diciembre de 2022
MúSICA FESTIVAL EN COSTANERA SUR

El Primavera Sound Buenos Aires cerró para las masas

Un potente show de Arctic Monkeys, junto a la efusiva presentación de Lorde, clausuraron una lluviosa tarde-noche de domingo. Brilló Interpol y sorprendió Arca y Phoebe Bridgers. Cambios en la grilla horaria y la suspensión de los conciertos finales.

14-11-2022 07:28

El Primavera Sound Buenos Aires llegó a su fin. Y como tuvo una inédita fecha de apertura bajo un gélido clima, en donde brillaron Pixies y Jack White, el festival se despidió este domingo de Costanera Sur con una cierta mueca de fastidio, producto de una suspensión debido a una incipiente lluvia torrencial.

Por eso, en cuanto a lo climático, principio y fin no tuvo mucho de primaveral pero sí de grandes números artísticos. Y en este cierre, con algunas peculiaridades. Una de ellas es que se impusieron las voces femeninas. En materia nacional desde Juana Molina, Daniela Zahra (Mujercitas Terror), Juana Aguirre y hasta el power trío femenino Nenagenix.

Pixies y Jack White en Costanera Sur: un comienzo caliente para una noche fría

En lo internacional, Blane Muise (Shygirl), Phoebe Bridgers, Alejandra Ghersi Rodríguez (Arca), Alba Farelo i Solé (Bad Gyal), Michelle Zauner (Japanese Breakfast), Jae Matthews (Boy Harsher) o hasta la mismísima Lorde (Ella Marija Lani Yelich-O'Connor, según su identidad real).

Lluvia en movimiento

Como si fuese una réplica del filme No mires arriba, el cielo fue un gran protagonista del último domingo. Y la gente lo sabía de antemano, por eso no era de extrañar ver una abundante cantidad de impermeables (algunos más improvisados que otros) como así también capuchas y botas.

Desde hacía unas semanas, el Servicio Meteorológico Nacional no traía buenas noticias para este 13 (sí, trece) de noviembre; lluvias, relámpagos y algunas ráfagas de vientos, los peores fantasmas de la naturaleza que se le pueden presentar a un festival, de esta magnitud, cerca de un río. Por ende, casi a último momento (muchos se enteraron en el viaje hacia el predio de Costanera Sur), hubo deslizamiento de piezas en la grilla del epílogo del Primavera Sound Buenos Aires.

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Los grandes beneficiados fueron los números más importantes, Arctic Monkeys, que originalmente iba a presentarse a las 23:10, pasó a tocar cuatro horas antes (19:10), mientras que Lorde haría de lo suyo a las 21:50 y se corrió a las 20:30. ¿Otro ejemplo? Arca viró desde las 23:15 original, a las 19:30, y Bad Gyal se mudó de 00:40 a 20:35. De esta forma, la productora DF Entertainment -en conjunto con Primavera Sound- se aseguraron que las inclemencias climáticas causen el menor estrago posible en los números más convocantes y que, en caso de tener que cancelar el festival, coincida con la frontera del fin de los conciertos nodales: la franja de las 21:30 horas. Y así sucedió.

Rabiosa melancolía dark

Los sonidos etéreos de la estadounidense Phoebe Bridgers marca el inicio de una jornada de domingo encorsetada a través de una rígida columna vertebral: sonidos que viajan desde el indie rock al post-punk de los años 80, con retazos de oscuridad y nostalgia.

Phoebe Bridgers
Phoebe Bridgers, una de las "perlas" de este festival. (Foto: Silvina Palumbo)

La solista se acerca a su público y baja del escenario para irse a la valla, bien cerca de los suyos. Una fogata enciende las pantallas mientras ella golpea un instrumento percusivo junto a su guitarrista. El desenfreno se ve en los últimos pasajes de su show, una docena de temas que se coronan con una guitarra acoplando, apoyada junto al amplificador, al mejor estilo del inolvidable Lemmy Kilmister (Motörhead).

El cielo deja de amenazar entre nubarrones y oscuridad para empezar a dejar caer sus primeras gotas sobra la ex Ciudad Deportiva de Boca Juniors. Ya no hay cruces de sal, cuchillos enterrados ni ningún otro artilugio casero que valga para intentar frenar la llovizna que, justamente, coincide con la aparición de los neoyorquinos de Interpol. Las pantallas mutan del color al blanco y negro. Acorde con el firmamento.

Interpol
Capeando el temporal. Todo el carisma de Paul Banks, el frontman de Interpol. (Foto: Silvina Palumbo)

Con un marco ideal para disfrutar del quinteto vestido de negro (a excepción del baterista), pero todos con sus respectivas gafas oscuras, Paul Banks es el maestro de ceremonias de esta orquesta que parece navegar en las tinieblas. La tierra que se levanta, mientras suena Evil, producto del salto y el pogo de los más cercanos al escenario, evita cualquier tipo de efecto especial acorde a los oscuros sonidos de Interpol.

El comienzo de esta descarga revival post-punk expone a la voz de Banks, algo baja, mientras que las cuerdas no parecen muy audibles. Con el correr de los temas, estos desperfectos se corrijen, no así el micrófono del baterista Sam Fogarino, quien intenta en vano amplificar su voz, una y otra vez.

Interpol varias
Estilo. Paul Banks y su grupo se reinventa disco tras disco. (Foto: Silvina Palumbo)

"Gracias", dice el cantante y guitarrista. "Gracias a vos", le contesta una fan a la lejanía, mientras una molesta garúa persiste en empañar el cuadro dark del día con los uniformados en negro. "Esta es Fables, de nuestro nuevo disco", anticipa Banks sobre la flamante gema del álbum The Other Side of Make‐Believe, editado este año, una canción picada, potente con el tempo bien marcado. Ese tema, de lo mejor de la noche, demuestra a un grupo que no descansa en viejos álbumes y se anima a correr cada vez más los límites de su arte.

Al mediar el set, aparecen las primeras luces de colores (rojas y azules) en el escenario que rompe un poco con la monocromía estética del vivo. Suena Narc y Obstacle 1, bandas de sonido de abrazos y besos adolescentes como los que se ven en el campo. Interpol invita a cerrar los ojos y disfrutar de su madurez musical, con casi ningún pifie en vivo, nula comunicación entre los músicos pero -a la lejanía- se percibe una amalgama sonora muy compacta y firme.

Interpol varias
Mano derecha. El guitarrista Daniel Kessler, fiel ladero de Paul Banks. (Foto: Silvina Palumbo)

El ADN post-punk de Interpol suena en Passenger y también en la ultracoreada Rest my Chemistry, con uno de los estribillos más pegadizos del grupo. "Tenemos tiempo para un par de canciones mas", dice Banks en español y sonríe. Las guitarras toman otro cariz al promediar The New, suenan más crudas, casi lisérgicas en un loopeo hipnótico del cual se rompe rápido el embrujo.

"Interpol gives meaning of my life" (Interpol le da sentido a mi vida), reza uno de los carteles, dedicados al grupo, pintado a mano. Salud.

Arctic Monkeys en modo pausa

Sculptures of Anything Goes fue el incendiario comienzo del plato fuerte de la noche: Arctic Monkeys. Las corridas desde el escenario de Interpol hacia el principal, en un terreno que comenzaba a ponerse dificultoso por la lluvia, ya presagiaba un nivel de intensidad y expectativa por parte del público que se traduciría en la fricción cuerpo a cuerpo, el aglomeramiento: la compresión humana.

Alex Turner 3
Firme. Alex Turner sostuvo una gran actuación durante su show en el Primavera Sound Buenos Aires. (Foto: Silvina Palumbo)

En medio de Brianstorm, que comienza con un machaque veloz de batería y una guitarra endemoniada, Costanera Sur tomó más temperatura que nunca, se olvidó de la lluvia y allá adelante, en las primeras filas frente al escenario principal, las cosas se pusieron espesas. "Ahí abajo, tómenselo con calma", decía en inglés Alex Turner para repetir el "take it easy" y advertir "relax, si ven alguien que se cae, levántenlo", explicaba, mientras, por primeras vez, se sacaba los anteojos para presenciar la estampida de sus fanáticos con gritos desesperados de por medio.

Al romper con su look crooner, con saco y todo, el cantante y guitarrista parece quedar desencajado e ingresa en otra dimensión del show, no tanto montado en el personaje sino más bien quedando pendiente del otro lado, su público. La ecuación mal clima (en ese momento la lluvia era incesante) + el comportamiento agresivo cerca del vallado, derivaba en una frágil fórmula que podía derivar en la suspensión del show. Mejor no probarlo a mister Turner.

Arctic Monkeys Público
Expectativa. La ansiedad por ver a Arctic Monkeys generó corridas desde varios escenarios. (Foto: Marcelo Silvestro)

"Stop", grita y corta en seco Snap Out of It, escenario fundido en negro y los tonos ocres de las luces que se apagan para generar esa caja escénica mortuoria. "Den un paso atrás, por favor", ordena Alex nuevamente. "Ya volvemos", dispara y enciende las alarmas entre los presentes mientras el grupo se retira del escenario para analizar la situación. ¿Volverán? ¿Bajo qué condiciones?

Una voz en off explica por los parlantes que "la banda está preocupada por la seguridad. Calmense y el show va a continuar. Den un paso para atrás, por favor", intenta explicar didácticamente la voz del estadio. ¿Suena a pedido o a amenaza? Se repite, mejor no probarlo.

Alex Turner
Símbolo. Alex Turner, voz y alma de Arctic Monkeys. (Foto: Silvina Palumbo)

Turner vuelve a su estado años ´50, por momentos bastante forzado y sobreactuado, como cuando pone el brazo izquierdo en jarra, sacude -haciendo no- la cabeza y revolea sus brazos de espalda al público. El despliegue escénico de Turner es simple y efectivo, su gran voz y gestualidad pone una mano entre el público y él, siembra distancia, pero a la vez los tiene en un puño desde lo actoral. Cuánto le debe a Nick Cave y a Morrissey.

Luego de Arabella (con homenaje final a Black Sabbath, con un fragmento de War Pigs) arremete con Potion Approaching para engarzar There´d Better Be a Mirrorball. Y otras vez, las pausas.

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Sobriedad. La discreta puesta en escena de Arctic Monkeys. (Foto: Trigo Gerardi)

Impasse que acortarían el show en demasía. Una lástima, porque el sonido de la banda roza la perfección y tiene una potencia como jamás se oyó en la fecha del domingo, se esté a un costado u otro del escenario -o bien pasando la linea del Vip Visual- Arctic Monkeys es una pared sonora con una nitidez que impacta y estremece.

Resultaban tan pronunciadas las pausas, y silencios, del conjunto de Sheffield que cada vez era más evidente como un estremecedor sonido se metía como cuchilla en los interludios de la banda principal. Al alejarse más y más del escenario Flow -y acercarse hacia el escenario Heineken- se percibe el efecto de estos mega recitales: el de un concierto (o festival) adentro de otro.

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Versatilidad. El cantante de Arctic Monkeys en su veta más rockera al mando de la guitarra. (Foto: Silvina Palumbo)

Esa es la sensación que da el contraste artístico de Arca, la carismática (y performática) Alejandra Ghersi Rodríguez quien festeja como "de a poquito se está llenando esto" e invita a decirse más las cosas. "Si te gusta alguien, ve y díselo", expresa sin vueltas mientras en las pantallas se ve un assemblage de su figura con diferentes ropas y maquillajes a velocidad supersónica.

Aunque parece que hace playback por el volumen de su voz y el ritmo de su fraseo, lo de Arca a la lejanía estila a la banda de sonido de una guerra termonuclear: es estruendoso pero, a su vez, pegadizo. Un sorpresivo debut para anotar porque para eso son estas propuestas festivaleras: descubrir nuevos talentos y no perderles pisada en su evolución musical. Y si vuelven, mejor aún.

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En la mira. Alex Turner siguió muy atento los movimientos del público argentino y les dio indicaciones. (Foto: Silvina Palumbo)

El regreso  al escenario principal, por más que quede retumbando en la cabeza los sonidos de Arca, muestran el contraste con un show sobrio, ajustado y demasiado serio por momentos. Arctic Monkeys quedó condicionado al frío clima y la tensión reinante en las primeras líneas del campo.

La trilogía final con I Bet You Look Good on the Dancefloor, Body Paint y la reformada 505, cerró un show que, entre tantas pausas y advertencias, terminó con un setlist original en el quirófano en donde se le practicó cirugía mayor. En Argentina solo realizaron 15 canciones (en el Primavera Sound de Chile, 21 temas) y solo una más que el siguiente artista: Lorde.

Lorde: de la oscuridad al rubio pop

Cuatro años. Recuerden a aquella Lorde del Lollapalooza 2014, de las que todos se sorprendían y era la artista "a descubrir". El imán para aquellos cool hunters musicales. Un top negro, un pantalón ancho color blanco, enruladísimo pelo azabache y la eterna postura de cantarle al cielo de parte de un alma herida, simil shoegaze y con raigambre oscura. El andar desgarbado, el maquillaje mínimo y los ojos casi siempre cerrados al entonar. Esa era Lorde en su estado puro.

Ahora, pasemos a la Lorde modelo Personal Fest 2018, con aquel vestido tornasolado plateado, mucho más saltarina y alegre que su versión de cuatro años atrás. Como si estuviese poseída por una Björk con energizante. Ya la estela dark se había perdido o, al menos, ocultado por un tiempo. En cambio, el imán adolescente ya era inmediato y varios le dejaron de prestar atención.

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Ecléctica y sensible. Lorde, en su escalera móvil, se emocionó por el último show del 2022. (Foto: Prensa DF Entertainment)

Y como si fuese un Mundial de Fútbol, ¿qué esperar de esta Lorde 2022? Sin dudas, poco quedó de sus versiones anteriores. Hoy ella es rubia, su ropa es aún más llamativa, sexual y su histrionismo está muy lejos de aquella rabia y melancolía primigenia. The Path (El sendero) es el título ideal para comenzar a desandar a esta actual cruza de Madonna-Lady Gaga-Dua Lipa.

Su speach es el del Manual de la Demagogia del Buen Músico Extranjero -por más que éste show del 13 de noviembre haya sido su último concierto de 2022- en donde enfatiza "lo bien que me hacen sentir, los quiero mucho".

Homemade Dynamite ya desgrana la esencia de un show prefabricado para un público, de por sí, entregado a su arte. Nada en ella queda librado al azar (es más, la improvisación no fue un fuerte artístico de este festival) por más que suba esa escalera apoyada en un circulo simil piedra que busca representar lo primitivo del Hombre y sus necesidades.

Lorde
Acompañada. La banda que tocó junto a Lorde le sirvió de gran sostén instrumental. (Foto: Trigo Gerardi)

Lorde posee la potencia sonora de una banda que la sostiene muy bien. Vocalmente está intacta y combate las inclemencias del tiempo y, a pesar del pésimo clima, tiene una sonrisa de acero y una actitud envidiable. Su efusividad contagia por más que su origen con aureola oscura haya desaparecido. Hoy es una belleza 100% pop entregada a la industria musical y todos sus vericuetos.

Esta comunicativa cantante de 26 años para el cierre de su presentación, y apurada por una lluvia por entonces incesante, le pregunta a su público con cuál tema quieren terminar: "¿Team o A World Alone?", indaga la neozelandeza. El último fue el elegido para darle el broche de oro a una emotiva presentación, en donde las lágrimas (o intentos de ella) pasaron por la cantante.

El final (in)esperado

La recta final del Primavera Sound Buenos Aires parecía tener pista mojada pero con solo cambiar neumáticos musicales, la bandera a cuadros tardaría poco en llegar. Pero no fue así, el desenlace se fue al pasto.

El cierre del escenario Heineken, luego del incendiario show de Arca, era para los estadounidenses Boy Harsher (que debían haber comenzado su show a las 20:50 y se reprogramó para las 21:40), uno de los artistas más interesantes de la grilla con tres discos bajo el brazo: Yr Body is Nothing (2016), el impecable Careful (2019) y la banda de sonido del filme The Runner (2022).

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Ver a la cantante Jae Matthews y al tecladista Augustus "Gus" Muller al costado del escenario, a punto de salir a tocar, pero siendo invitados a retirarse (por la organización del festival), deja ver que la decisión de suspender el concierto fue fresca. Sino no se entiende por qué, hasta último momento, al filo de las 21:40, el cerebro musical de la banda estuvo calibrando su instrumento ante la gente que se agolpaba frente al escenario.

Las manos en forma de súplica hacia la cantante (mientras ella señalaba con un dedo el cielo, delegando culpas) no fueron suficientes para que una voz en off anuncie la suspensión del show, el desalojo del lugar y la devolución de los tickets. Así cerraba la jornada y, por ende, el festival. Sin anestesia. Varias malas palabras gritadas al unísono y algunas botellas plásticas revoleadas al escenario fueron muestra del desconcierto y la desazón.

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Lo mismo ocurriría con los fanáticos de Beach House (concierto programado para las 22:40 y con el lógico descargo en las redes sociales) o bien con los fanáticos de Japanese Breakfast que tuvieron cierto aliciente: su cantante Michelle Zauner bajó al foso, frente a la vallas, para repartir saludos y listas de temas, que no realizó, a los de las primeras filas.

Una despedida con cuestionamientos

Corridos por el mal tiempo, el cansancio y un personal de seguridad -con más ganas de ir a sus respectivos hogares que guíar a la gente a que evacúe la zona- la salida del predio fue algo descontrolada entre el barro, las corridas, la ansiedad y cierta angustia, por parte de quienes se quedaron con las ganas de ver a su artista preferido.

Más de un presente comentó (y este cronista comprobó en carne propia) que la intensidad de la lluvia durante tramos del concierto de Lorde y Arctic Monkeys fue igual o menor que la de los números del cierre del día, lo que no justificaba la apresurada cancelación del evento.

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Ante esta decision unilateral, quedan flotando varios interrogantes post dominicales: ¿por qué no se comunicó antes la nueva grilla horaria del día domingo? ¿O dicha tardanza fue causa por la cual no se decidió adelantar todo el festival, ya que el tormentoso final era inminente? ¿Por qué no se comprimió la grilla, minimizando los tiempos muertos entre un escenario y otro, así el festival cerraba 21:30 aproximadamente, teniendo en cuenta que un artista por escenario quedó pendiente? El público se merece una respuesta a la altura del negocio consumado.