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OPINIóN / Análisis
martes 24 marzo, 2020

24 de marzo, dictadura y pandemia

Una evocación sin marchas, con todos adentro y Fuerzas Armadas movilizadas al borde de un eventual estado de sitio implica un shock simbólico y cultural. El postergado “tema militar”.

Hospitales de Campaña, son los que prevee el Ejercito Argentino para enfrentar la pandemia. Foto: Agencia Xinhua
martes 24 marzo, 2020

Hace 44 años se vino la noche más salvaje de la historia nacional. Y fue para tanto que aún hoy, con 36 años de democracia encima, la dictadura sigue siendo una herida abierta que sangra sin parar

Militares pasó a ser una mala palabra, de las peores, en el vocabulario político y sociológico. A tal punto que, en todo este tiempo, ningún gobierno civil supo bien qué hacer para reinsertar a las Fuerzas Armadas en el funcionamiento institucional, de cara a la gente común sin uniforme. Está más claro que no puede hacer de ninguna manera el personal del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, que aquello que deben hacer. 

Se habla más que nada de la falta de una estrategia e hipótesis de conflicto claras, mientras una y otra vez se insiste en la ausencia de equipamiento moderno, entrenamiento acorde a él y misiones visibles que les permitan recuperar algo de prestigio. Somos un país lastimado, pobre y sin plan. Pero, de golpe, los militares volvieron a salir a la calle y a ser noticia por la emergencia sanitaria con sus por ahora incuantificables daños también en el aspecto económico-social.

Compartirán conmigo que ver militares vestidos de combate y con barbijos repartiendo víveres en sus Unimogs o armando hospitales de campaña en Campo de Mayo justo un 24 de marzo sin gente en la calle y con un obligado “pañuelazo blanco” en los balcones como única manifestación de “Nunca Más” posible, genera un simbronazo simbólico y cultural. 

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Estamos hablando, incluso, de que el estado de sitio sería una salida en el corto plazo si el aislamiento obligatorio no funciona del todo por las buenas. Y encima, el hijo del genocida Antonio Domingo Bussi logró por tarambana algo que aquél hizo de puro bestia: cerraron la legislatura tucumana porque Ricardito Bussi se pescó el Covid-19 y participó de infinidad de reuniones “con un sinfín de personas” sin el más mínimo recaudo previo.

Lo anterior no encierra una crítica a la decisión oficial de movilizar tropas por la emergencia. Para nada. Por el contrario, con todo el mundo en casa, se figura urgente que el Estado y su personal apto para hacer algo que frente a la pandemia, salga y lo haga ya mismo. Hay muchos cuadros militares argentinos adiestrados en misiones humanitarias en el exterior. Claro que sólo los vimos hacerlo en fotos. Lejos, demasiado lejos, y además en cuentagotas. No creo equivocarme si digo que los Cascos Azules de la ONU y nuestros Cascos Blancos han sido sus tareas más productivas en las últimas décadas, a la vez que las más riesgosas.

Las Fuerzas Armadas de hoy, en la Argentina, no tienen nada que ver con las de los 70. Dejaron de hacer política. Su componente popular a nivel masivo se terminó con la derogación de la colimba post Caso Carrasco. Por otra parte, lo cual no es poco cambio, tienen hoy un alto componente femenino, el cual va en ascenso promoción tras promoción. Si sumamos el personal militar propiamente dicho de las tres fuerzas al personal civil, estamos hablando de unos 90.000 efectivos en actividad. 

Con uniforme son 78.193 oficiales y suboficiales: 48.193 reportan en el Ejército; 16.405, en la Marina; y 13,263 en la Aeronáutica. En promedio, el 20% son mujeres, la mayoría jóvenes (respectivamente, 14%, 19% y un alto 26% que prefiere la aviación). ¿Los años de distancia de la dictadura y el cambio en la composición de género las vuelven más “sensibles”, digamos? Falta praxis, e incluso convivencia, para ensayar una respuesta valedera. Podría suponerse que sí, pero una sociedad democrática se hace haciéndola.

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Hay un asunto muy delicado que no debería quedar al margen de este análisis. El coronavirus “entró” al país por los sectores medio/medio altos de la sociedad, que, por lo visto, en innumerables casos registrados en las aduanas, en las calles y en los retenes policiales, no están reaccionando con los niveles culturales y educativos que suelen pregonar. ¿Qué va a pasar cuando el bicho llegue a los barrios populares? Ahí la necesidad pega muy duro, lo mismo que el hacinamiento y el acceso a los canales por lo está habituada a informarse la clase media/alta. 

Es allí, además, donde se palpa el mayor rechazo a la autoridad y a las personas con uniformes. Si es cierto que “aún no ha llegado lo peor”, debe inferirse que “lo peor” puede incluir, como daños colaterales, el contagio en masa, la falta de recursos esenciales y la violencia. ¿Las autoridades civiles están hablando de estas cosas en los cuarteles? No lo sabemos. Sólo podemos suponerlo.

Antes de que la peste se nos viniera encima, el “peligro militar” estaba a la orden del día en la región. Bolivia. Venezuela. Chile. Ecuador. Colombia. Por qué no Brasil, donde gobierna una coalición cívico-militar. Una de las principales preocupaciones de Agustín Rossi cuando volvió al Ministerio de Defensa por pedido de Alberto Fernández era, principalmente, ésa: la nueva ola de injerencia de las Fuerzas Armadas a la vida política en América del Sur. No es un tema menor.

En este mismo instante, la Argentina parece estar transitando por otros andariveles. Hay clima de unidad en la acción. Nadie es ya “el mismo” que hace 20 días. Ni el Presidente, ni los Frederic y Berni que asumieron peleándose, ni Rodríguez Larreta, ni los médicos y enfermeras y vigilantes. Nosotros mismos ya no somos “los mismos”. Todos deseamos que se esté amasando una nueva manera de ejercer el poder y la ciudadanía. Sin embargo, hay una historia detrás que alienta el escepticismo.

La pandemia un día va a pasar. Ahora parecemos estar revalorizando el diálogo, la coordinación de esfuerzos, la salud y la educación y la seguridad públicas, la solidaridad ciudadana y hasta, tal vez, las Fuerzas Armadas. Ojalá esta nueva película de terror nos ayude a superar las heridas del pasado, sin olvidar que Nunca Más.

*Director de contenidos digitales y multimedia en Editorial Perfil.
 


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