OPINIóN

Buenos Aires: sin piloto y sin destino

“En lugar de pensar en el siglo XXI, el gobierno nacional quiere llevarnos en un viaje sin escalas al XVIII. El riesgo es que ese proyecto logre hacer pie en nuestra ciudad”, sostiene el autor. “Buenos Aires no necesita menos Estado. Necesita un Estado distinto: más simple, más digital, más estratégico”, agrega.

Clima Buenos Aires
Clima Buenos Aires | NA

Hace casi veinte años asumía Mauricio Macri en la Ciudad de Buenos Aires. Prometía una nueva forma de gestión: moderna, eficiente, profesional. Durante un tiempo, ese modelo tuvo impulso. Ordenó, ejecutó obras, instaló una narrativa distinta sobre una forma de gestión.

Sin embargo, el problema de los ciclos largos no es el fracaso. Es el agotamiento.

Buenos Aires hoy no está en crisis. Está anestesiada. Funciona, pero no empuja. Administra, pero no imagina. Gestiona, pero no inspira. Y una capital que deja de inspirar empieza a perder relevancia.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Desde 2007 hasta hoy, con distintos nombres pero con la misma matriz política, la Ciudad fue gobernada por el mismo espacio. Lo que nació como innovación terminó convertido en sistema. La gestión dejó de ser medio y pasó a ser fin. La Ciudad empezó a funcionar como una maquinaria aceitada que reproduce decisiones sin preguntarse demasiado por su horizonte. Se priorizó la continuidad sobre la audacia. La estética sobre la estrategia. El branding sobre la visión. La marca reemplazó al proyecto.

Durante años se consolidó, además, un equilibrio político silencioso. El oficialismo porteño y sectores del peronismo local encontraron una convivencia funcional: gobernabilidad asegurada, oposición administrada, negociación previsible. El peronismo se aseguró así una cuota de poder y de negocios. El macrismo, por su parte, sin desatender los negocios, consolidó gobernabilidad sin sobresaltos estructurales. ¿El resultado? ni la alternancia ni el conflicto virtuoso, sino la estabilización de un esquema de poder y de gestión. No fue un escándalo; fue algo más eficaz: estabilidad.

Se priorizó la continuidad sobre la audacia. La estética sobre la estrategia"

Sin alternancia y sin conflicto virtuoso, se consolidó la estabilización de un esquema de poder y de una forma de gestión. El problema es que la estabilidad sin tensión produce inercia.

Cuando la política deja de discutir modelo de ciudad y se limita a administrar lo existente, el resultado es una capital que apenas funciona pero no lidera, sucede pero no enamora. La ciudad dejó de imaginarse a sí misma como proyecto. Se volvió conservadora en su ambición.

Buenos Aires sigue atrapada en una modernización superficial. Se digitalizan trámites, pero no se simplifica el sistema"

Mientras el mundo redefine el rol del Estado frente a la inteligencia artificial, el trabajo en plataformas y la transición energética, Buenos Aires sigue atrapada en una modernización superficial. Se digitalizan trámites, pero no se simplifica el sistema. Se incorporan aplicaciones, pero no se rediseña la estructura. Se comunica innovación, pero no se disputa el futuro.

Las ciudades que lideran el siglo XXI —Barcelona, Seúl, Tallin, Ámsterdam— no se limitaron a gestionar bien. No alcanza con gestionar “bien”. Estos modelos de ciudad apostaron por reinventar la relación entre Estado y ciudadanía. Digitalizaron procesos, abrieron datos, estimularon ecosistemas tecnológicos, rediseñaron su burocracia.

La Ciudad, que tiene presupuesto, talento y escala comparables con las ciudades más importantes del mundo, carece de iniciativa y decisión. Hace tiempo que Buenos Aires dejó de marcar agenda regional. No lidera en gobierno digital, no encabeza debates sobre regulación tecnológica, no se propone como capital latinoamericana de la economía del conocimiento.

Contamos con universidades de excelencia, talento emprendedor y una capacidad cultural incomparable en América Latina. Sin embargo, no se ha articulado una estrategia sistémica que la posicione como capital regional de innovación pública y privada. Peor todavía, eso desafíos ni siquiera aparecen en las agendas de quienes están gobernando desde hace 20 años

Frente a este agotamiento emerge otro fenómeno: el avance del proyecto libertario que propone la demolición del Estado. En lugar de pensar en el siglo XXI, el gobierno nacional quiere llevarnos en un viaje sin escalas siglo XVIII. El riesgo es que ese proyecto logre hacer pie en nuestra ciudad. En una metrópolis compleja como nuestra ciudad, eso no es reforma, es desarticulación.

El proyecto libertario, impulsado por Javier Milei y expresado en la Ciudad por La Libertad Avanza —y cada vez más asumido por sectores del propio oficialismo de Caba— sostiene que el problema es el Estado en sí mismo.

Dinamitar el Estado porteño no generaría innovación. Generaría fragmentación. La complejidad urbana requiere planificación, coordinación y capacidad regulatoria sofisticada. Un distrito con alta densidad poblacional, fuerte integración metropolitana y desafíos sociales profundos no puede resolverse con consignas de mercado absoluto. Pero una metrópolis de tres millones de habitantes no se gobierna con consignas. Reducir el Estado no equivale a modernizarlo.

La alternativa a la burocracia inercial no es la motosierra. Es la inteligencia institucional, es soñar una ciudad para el siglo XXI.

Buenos Aires no necesita menos Estado. Necesita un Estado distinto: más simple, más digital, más estratégico. Un Estado que elimine capas superpuestas, integre información, reduzca tiempos y facilite la vida cotidiana de quienes producen, estudian y emprenden.

Hoy un joven programador encuentra más obstáculos administrativos que incentivos claros. Hoy un docente innovador choca con estructuras que no dialogan entre sí. Hoy un emprendedor cultural tiene talento global, pero reglas locales del siglo pasado. Ese es el verdadero atraso.

Después de veinte años de hegemonía política, el desafío no es apenas cambiar de gerente. Es recuperar ambición, hay que recuperar el sueño de una ciudad que lidere.

Buenos Aires necesita volver a pensarse como proyecto. Necesita liderazgo técnico y político capaz de discutir el 2040, no solo el próximo contrato. Necesita animarse a ser capital regional de gobierno digital, regulación inteligente y transición ecológica.

No se trata de destruir lo construido. Tampoco de administrarlo eternamente. Se trata de ofrecer horizonte. Una ciudad con potencia es aquella que se propone metas de diez y veinte años. Que diseña hoy la arquitectura institucional del 2040. Que invierte en talento joven. Que convierte su sistema educativo en plataforma de innovación.

Buenos Aires no necesita demolición ni piloto automático. Necesita conducción.

*abogado y docente universitario