lunes 06 de febrero de 2023

Coaching y mercado social

Los actores sociales son portadores de capital y, según su trayectoria y la posición que ocupan en el campo en virtud de su dotación, propenden a orientarse activamente hacia la conservación o hacia la subversión de la distribución de ese capital.

15-12-2022 12:00

El negociador experto Herb Cohen afirma que el mundo es una inmensa mesa de negociaciones en la que, nos guste o no, todos negociamos. En los tiempos de entornos complejos en que vivimos, y de decisiones veloces en un marco de volatilidad cotidiana, podemos pensar nuestras interacciones diarias en términos de una microeconomía del actor social. Pensar, por ejemplo, “¿qué ‘capitales’ poseo?, ¿cómo los administro a nivel sociológico en mi vida cotidiana?”. Resulta que, sepámoslo o no de manera consciente, todos tenemos activos que capitalizar a nivel material y simbólico; se trate de capital social, cultural, económico, sexual, corporal, intelectual, etc. Y jugamos juegos sociales donde invertimos dichos capitales día a día. Es la forma actual de la naturaleza del poder cuyas invariantes históricas pueden apreciarse en el libro Las 48 leyes del poder de Robert Greene (seguido por un amplio público que va desde estrellas de Hollywood hasta Fidel Castro).

El sociólogo Ervin Goffman, padre de la microsociología, ya nos describía como actores teatrales interpretando actuaciones cotidianas. Luego, releyendo a Pierre Bourdieu, podemos condicionar esas actuaciones a un “habitus” entendido como un esquema interpretativo de la estructura social, incorporado en el cuerpo de dichos actores, que los refiere a una posición en un “campo” determinado, mediado por relaciones de poder. El prisma desde dónde observamos la realidad viene dado por la posición en esas estructuras de poder; desde cómo actuamos, pensamos y sentimos hasta los gustos personales tienen una explicación por la posición que ocupamos en los campos y los capitales que poseemos.

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Bourdieu definió el campo como “una red o configuración de relaciones objetivas entre posiciones que se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes, ya sean agentes o instituciones, por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o de capital) -cuya posesión implica el acceso a las ganancias específicas que están en juego dentro del campo- y, de paso, por sus relaciones objetivas con las demás posiciones (dominación, subordinación, homología, etc.)”.

Los actores sociales son portadores de capital y, según su trayectoria y la posición que ocupan en el campo en virtud de su dotación (volumen y estructura del capital o capitales relevantes en dicho campo), propenden a orientarse activamente hacia la conservación o hacia la subversión de la distribución de ese capital. Cada campo puede ser descrito parcialmente como un juego en el que hay una apuesta concreta, pero también un interés, una “illusio” por parte de todos los que piensan que merece la pena implicarse en él, y unos “triunfos” o capital que permiten hacer una buena jugada. Esos campos pueden ser, por ejemplo, el campo del arte, el campo del deporte, el campo intelectual, el campo político, etc.

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Como todos somos actores sociales, nos queda aprender a manejar nuestros activos de manera eficiente, teniendo en cuenta costos de oportunidad de nuestras acciones y omisiones, elecciones valorativas, beneficios y pérdidas, nuestros gustos personales (y entender su genealogía por el origen social de nuestro “habitus”), los riesgos, el devenir en el tiempo presente y el tiempo futuro para poder optimizar aquellas áreas que nos interesan y poder llevar a cabo -atendiendo a la operacionalización de la táctica inmediata- aquellas estrategias a largo plazo que elijamos, accionando desde una lógica microeconómica del actor. Sin embargo se trata de no caer en una reducción a la lógica empresarial del Capital Humano vinculada a la mejora permanente del rendimiento y la productividad individual que puede desencadenar en una suerte de agresión a uno mismo, según Byung-Chul Han, o el famoso síndrome de Burnout. Sino de operar atendiendo a la lógica de conjunto, actuar en el escenario social en el que el guión se co-escribe entre todos los actores.

Para ello es el turno del Coaching Sociológico, que toma las microinteracciones pero las refiere a un sistema social. Hoy sabemos que la plasticidad del sistema nervioso o neuroplasticidad implica que el cerebro se recablea en función de la interacción con el medio, permitiendo la transformación permanente del ser, el aprendizaje continuo y el diseño de nuestra vida (futuro). Desde el acervo teórico del Coaching sabemos que podemos diseñar nuestro futuro. El Coaching Sociológico permite un diseño de futuro referido a las micro y macro interacciones de los actores sociales de diversa escala en el escenario social, para capitalizar proyectos individuales, grupales o colectivos.

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¿Estamos hablando entonces de un enfoque que reduce el comportamiento al economicismo o es más complejo?, ¿hacer Coaching es -como se dice- aplicar el sentido común del neoliberalismo, o interactuar en los mercados sociales nos permite también capitalizar proyectos de cambio social?, ¿es hoy la empresa el motor de la historia o se abren otras posibilidades de acción?, ¿las preguntas poderosas abren posibilidades que no podíamos ver? Recientemente, un grupo de investigadores de Ciencias Sociales ha sostenido que el Coaching Ontológico es una tecnología de diseño de la vida que puede entenderse como un artificio del neoliberalismo, como se plasma en el libro “Vidas diseñadas. Crítica del coaching ontológico” coordinado por Daniel Alvaro (Ubu Ediciones 2021).

Dejo para una futura columna el diálogo con dicho texto, pero ya adelanto que, desde mi postura, hay un potencial emancipatorio en el Coaching, partiendo de la Ontología y potenciando dicho acervo con la mirada de la Sociología.

*Nicolás Milanesi (Sociólogo. UBA).