martes 11 de mayo de 2021
OPINIóN lucha armada-cuarta nota
24-01-2021 02:03

Comandos civiles, la primera guerrilla urbana

Fueron muy activos en la etapa final del primer peronismo, al que ayudaron a derribar. Integrados por jóvenes estudiantes, de clase media y alta, cometieron varios atentados.

24-01-2021 02:03

El golpe contra Hipólito Yrigoyen de 1930 da inicio al período conocido como “la Década Infame”, cuyo primer objetivo fue evitar el regreso del “populismo” yrigoyenista. Apelaron al sencillo trámite de proscribir a Yrigoyen y todos los vinculados a su gobierno, algo que se repetirá 25 años después con Juan Perón y el peronismo.

El radicalismo yrigoyenista intentará una acción de resistencia. Algunas sublevaciones radicales en el litoral en 1931, 1932 y 1933 son sofocadas a sangre y fuego y la prisión de Ushuaia se llena de presos políticos. El régimen también acudirá a los sicarios para el asesinato del diputado cordobés José Guevara y del senador Enzo Bordabehere en el mismo recinto del Senado Nacional.

El sector oligárquico conservador retoma las viejas prácticas del fraude, que incluso llamó “patriótico” porque supuestamente evitaba el “mal mayor” que era el retorno el populismo yrigoyenista. En esos años, la oligarquía ganadera, el “campo” de entonces, obtuvo el vergonzante pacto Roca-Ruciman, que consistía en darles una cantidad de beneficios a las empresas inglesas a cambio de asegurar una cuota de exportación de carnes.

Golpe de 1943 e inicios del peronismo. Luego de 13 años de gobierno conservador, el descontento era general, y cuando se propuso al terrateniente salteño Robustiano Patrón Costa como presidente, un sector del Ejército influenciado por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) decidió poner fin a la farsa del fraude patriótico.

Rápidamente el coronel Perón fue ganando espacio dentro del gobierno y logrando el apoyo de los trabajadores a partir de su política desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. Pero en octubre de 1945 la reacción conservadora intentará frenar lo que consideraban un peligro para sus intereses, obligando a destituir a Perón y encarcelarlo en Martín García.

Hay quienes sostienen que toda revolución debe ser violenta o que “la violencia es la partera de la historia”. Sin embargo, el hecho revolucionario de masas más importante del siglo pasado, el 17 de octubre de 1945, fue una manifestación pacífica y alegre, que puso en la escena política a un sector social hasta entonces ninguneado: la clase trabajadora organizada.

La oposición a Perón. Para entender la oposición a Perón en 1945 es necesario situarse en el contexto histórico y el clima de época. De 1939 a 1945 el mundo estará sumergido en la Segunda Guerra Mundial. En nuestro país, la guerra era tapa de los diarios y los relatos de las grandes batallas se vivían en directo por las radios. La colonia alemana y parte de la italiana eran simpatizantes del eje. 

El estudiantado universitario, los intelectuales de clase media y alta –el progresismo de la época– eran mayoritariamente aliadófilos, y consideraban a Perón como la extensión del nazifascismo en la Argentina. La neutralidad en el conflicto, sostenida desde inicios de la guerra, era vista como un disimulado apoyo al eje. Una visión binaria de la realidad no admitía terceras posiciones. Si no adheríamos a los aliados, éramos pronazis. 

Con la mirada puesta en Europa antes que en la realidad nacional, los jóvenes universitarios  soñaban con tener su propia “liberación de París”, con desfile de marines incluido, pero por Avenida de Mayo. 

Obviamente más concretos eran los intereses de la vieja oligarquía nativa, la Sociedad Rural, las cámaras patronales, las embajadas británica y norteamericana, que se oponían a ceder beneficios a los trabajadores y al cambio del modelo agroexportador por el modelo de industrialización con justicia social que venía a proponer el coronel Perón. 

El investigador Samir José Juri afirma en su tesis sobre los comandos civiles (CC) de Córdoba: “Podemos interpretar el viraje del activismo estudiantil hacia los comandos civiles como un traspaso natural, un deslizamiento hacia formas de confrontación más disruptivas, menos democráticas y dispuestas a llevar adelante su objetivo político. Los estudiantes secundarios y universitarios entrenados en las peleas callejeras contra la policía en los últimos meses de 1954 se desenvolvieron de manera rápida y eficaz en la conformación de los comandos civiles. Los protagonistas de esa época se denominaban a sí mismos héroes, héroes anónimos que dieron su vida por lo que creían justo y necesario. Incapaces de reconocer que estaban derrocando al presidente que más conquistas sociales brindó al pueblo, ellos se embarcaron en una aventura antifascista, una gesta añeja de la Segunda Guerra Mundial.”

Guerrilla urbana. Si bien en los sectores universitarios la oposición al peronismo se manifestó desde 1945, los grupos organizados para la violencia aparecen recién en 1953. Los integraban radicales, comunistas, conservadores, demoprogresistas, socialistas y nacionalistas católicos.

El 15 de abril de 1953 tuvo lugar el primer atentado terrorista contra población civil que se recuerde antes de la Embajada y AMIA. Un grupo de activistas de la FUBA integrado por Arturo Mathov, Roque Carranza, Mariano Grondona, Carlos Alberto González Dogliotti y los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse, apoyados por el capitán Eduardo Thölke (quien proveyó explosivos), hicieron estallar dos bombas en medio de una concentración en Plaza de Mayo, que provocaron seis muertos y 90 heridos, entre ellos 19 mutilados.

Entre el 16 y 17 de octubre de 1953 fueron detenidos Mariano N. Castex, Hernán E. Blackley, Gastón García Miramón, Raúl A. Jorsiomo, Lorenzo Blanco, Emilio Allende Posse e Isidoro Martínez Castro, y logró fugarse Diego Muniz Barreto. Inspirados en la Operación Antropoide, la ejecución del jerarca nazi Heydrich en Praga, planificaban matar a Perón con un jeep cargado de explosivos. Por la edad de los participantes la prensa la bautizó “Operación bebé”.

A fines de 1954, cuando se produce el quiebre de Perón con la Iglesia Católica, los jóvenes católicos van a ser un semillero importante de militantes de los CC. Su actividad principal serán las campañas de panfletismo. Miles de volantes impresos en mimeógrafos e imprentas clandestinas se distribuían en mano a través de redes militantes. Se organizaban para custodiar los templos y ser fuerza de choque en manifestaciones. Uno de los principales dirigentes de los CC católicos era el hermano marista Septimio Walsh, primo de Rodolfo Walsh. 

Organización. Los CC tenían una composición celular clandestina con un responsable cada diez o veinte militantes, usaban nombres falsos, sistemas de citas, imprentas clandestinas, recibían instrucción en manejo de armas, explosivos e interrupción de comunicaciones. Su extracción social era la clase alta y el estudiantado secundario y universitario. Estaban “apadrinados” por militares antiperonistas, que les proveían armas, explosivos e instrucción militar. Su financiamiento provenía de sectores del poder económico, como la Sociedad Rural.

Su modelo eran los maquis, la guerrilla francesa que combatió la ocupación nazi. Incluso los diarios en sus crónicas hablaban de “los maquis”. Rendían culto a la muerte en combate. Reclamaban para sí la gloria del “nosotros pusimos la lucha, los presos y los muertos”. Se consideraban la “vanguardia de la revolución” porque debían empujar al Ejército a sublevarse.

Sindicados como jefes de los comandos de Buenos Aires figuraban el capitán Walter Viader, el ingeniero Carlos Burundarena, Juan Francisco Guevara, Renato Benzacón, Darío Hermida, Adolfo Sánchez Zinny, Edgardo García Pulo, Francisco Olmedo y Raúl Puigbó. Otros participantes fueron Francisco Trusso, David Michel Torino, Emilio de Vedia y Mitre, Augusto Rodríguez Larreta, Mario de las Carreras, Emilio Posse, Eduardo Madero Lanusse, Reinaldo Tettamanti, Alberto Benegas Lynch (padre), Roberto Etchepareborda, Menéndez Behety, Rodolfo Urtubey, Luis María Pueyrredón y Marta Ezcurra.

Ataques. A mediados del 55 los CC realizan atentados a unidades básicas y locales sindicales. En Buenos Aires produjeron al menos una docena de atentados contra policías de custodia en templos y escuelas, con un saldo de tres policías asesinados.

El 20 de julio de 1955, Diego Muniz Barreto voló con explosivos la Escuela Superior Peronista. El 15 de agosto fueron detenidos en la confitería La Biela cuatro adolescentes que se movían en un jeep con armas. Probablemente era un vehículo utilizado para balear policías. El jefe del grupo y proveedor de armas (que se dio a la fuga) era Diego Muniz Barreto. 

El 16 de septiembre, cuando se inicia la sublevación militar contra Perón, los CC de Buenos Aires realizan acciones de sabotaje en once plantas transmisoras de radio.

En Córdoba, epicentro de la sublevación militar, hay una participación masiva de comandos civiles integrados por estudiantes secundarios y universitarios. Se habla de 1.500 a 3.500 jóvenes armados en las calles, acompañando a los militares sublevados. 

Los comandos católicos cordobeses fueron organizados por el padre Quinto Cargnelutti, que trabajaba en estrecha relación con los padres Enzo Bordagaray y Enrique Angelelli. Entrevistado por Ismael Juri, un protagonista de los enfrentamientos, Luis Bas recuerda: “En la Iglesia del Pilar Quinto Cargnelutti proveía de armas a los chicos”.

El hombre y su circunstancia. El hombre es el hombre y su circunstancia. Hay que poner en su contexto histórico las actitudes de los hombres, porque suelen modificarse ante diferentes circunstancias. La gran mayoría de los militantes de los comandos civiles continuaron siendo antiperonistas hasta su muerte. Pero hay varios activistas opositores a Perón, incluso algunos participantes de los CC, que en los años 70 van a tomar un camino diferente. Diego Muniz Barreto, mecenas y jefe de los CC, será electo en 1973 diputado nacional por la JP-Montoneros; luego de renunciar se vinculará al ERP. Fue secuestrado y asesinado en febrero de 1977. 

Rodolfo Walsh, Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Duhalde, Augusto Conte Mac Donell, Luis B. Cerruti Costa, Lucio Garzón Maceda, Conrado Eggers Lan, Emilo Mignone, Norma Kennedy, Carlos Corach, los sacerdotes Carlos Mugica, Miguel Ramondetti, Ernesto Leyendeker, Enrique Angelelli y Jaime de Nevares son algunos de los nombres muy conocidos que en 1955 lucharon y festejaron la caída del peronismo pero en los años 70 los encontraremos en veredas diferentes. 

Hay también un hilo conductor entre el papel de sectores de la Iglesia en 1955 y los grupos originarios de Montoneros en 1968/69. El Colegio Nacional de Buenos Aires, el Ateneo Universitario de Santa Fe y la parroquia Cristo Obrero de Córdoba, que en el 55 fueron focos del antiperonismo, quince años después serán la cuna de la organización Montoneros. Pero eso será motivo de mi próxima nota. 

Algunas reflexiones. Como vimos, la guerrilla urbana no la inventaron ni Montoneros ni el ERP en 1970, sino los comandos civiles en 1953. Y fueron jóvenes de familias patricias y apellidos ilustres. Su primera acción fue un acto netamente terrorista: bombas contra civiles en una concentración en Plaza de Mayo. Aunque a veces la línea sea muy fina, hay que distinguir entre un acto terrorista y una acción de guerrilla contra un objetivo determinado. 

Segundo, el contexto de la acción violenta fue en el marco de un gobierno constitucional. La crítica que estos jóvenes le hacían al peronismo tenía que ver con la falta de libertad de expresión, con el excesivo control policial, con el exagerado personalismo, la demagogia. Y aunque existen testimonios y acusaciones de apremios y torturas por parte de la policía, no hubo durante los diez años de gobierno peronista muertos por represión policial. Nada parecido a la Semana Trágica, o a los 29 fusilamientos que va a ordenar Aramburu contra peronistas en 1956.

Por supuesto que el peronismo había cometido errores en su gobierno, que alimentaron la dureza de la oposición. Como siempre, la historia no es blanco y negro, buenos y malos. Y lo que finalmente vale es poner en la balanza los aciertos y los errores de cada gobierno.

 

La “Conspiración de los bebés” 

Esta anécdota me la relató su protagonista, el doctor Mariano Castex quien, junto a Diego Muniz Barreto y otros jóvenes, había participado en 1953 de la “conspiración de los bebés” (por la edad de los participantes). Este es su relato:

“Perón pasaba todos los días a la misma hora por Avenida del Libertador hacia la Rosada. Lo íbamos a atacar en el cruce con la calle Libertad con un jeep cargado de explosivos. Desde el departamento del doctor Olivieri, que vivía cerca, yo cronometraba los tiempos para dar el golpe. Seis meses estuvimos planificando. Íbamos a comprar un jeep y los explosivos nos los iba a proveer la Marina. Por una infidencia nos descubrieron y caímos presos el 16 de octubre”. 

En diciembre de 1953 por una ley de amnistía quedaron todos en libertad. Unos años después, desencantado con la Revolución Libertadora, Castex fue modificando su visión y se acercó al peronismo. 

En julio de 1971, volviendo de un viaje a Roma, su amigo Anzorreguy le consiguió una entrevista con el general Perón en Madrid. Así la recuerda:

“Previamente a esa visita, yo ya me había carteado con él, pero no lo conocía… así que me presenté. Le digo: ‘No sé si usted se acuerda, General, pero yo participé en la conspiración de los bebés’. Perón, palmeándome la espalda, respondió: ‘¿Cómo no me voy acordar m’ hijo? ¡Si allí anduvo Jorsiomo, el hijo de un gran amigo mío! Cosas de muchachos… Pase m’ hijo, siéntese”.

Por supuesto, Mariano Castex salió de ese encuentro totalmente seducido por la atrapante personalidad de Perón.

 

 

*Autor de La lealtad. 

Los montoneros que se quedaron con Perón y Salvados por Francisco. www.aldoduzdevich.com

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