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OPINIóN / Coronavirus
lunes 30 marzo, 2020

La cuarentena de los comentaristas de noticias: ¿volvieron a la caverna?

Un pedido para el psicopático caso del comentarista medio: agredan, aunque carezcan de argumentos, pero háganlo con swing.

El comentarista de noticias digitales al que me refiero es -refuerzo: no todos- alguien contenido por un horizonte estrecho, agitador desplumado que barbotea, frente al LCD empotrado, dentro del barril de El chavo del 8. No logra ver más allá de lo que su obturado recorte le imprime en la frente. Foto: CEDOC.
lunes 30 marzo, 2020

Basta; hasta acá. Para un nadador crónico, el encierro se torna insoportable. La desintegración muscular se propaga como el virus, no hay quien la detenga. Me propongo entonces articular un plan de ejercicios simples, adecuado al espacio reducido que anida entre la cama y la pared de la ventana; yoga para dummies. Así me encuentro, con los isquiones sopapeados al suelo, enredados los pies entre los pliegues de la cortina, los codos machucados por el roce con los filos de la melamina. Ahhh, pero qué bien me siento. No entiendo cómo no se me ocurrió antes.

Abandono por un instante los placeres de la tonificación para respirar, incorporar agua, chequear el teléfono. Es allí que encuentro mensajes de amigos y colegas que me arriman comentarios de personas que repudian lo volcado en un texto que escribí días atrás. Jamás leo la participación de los comentaristas de notas porque, salvo excepciones, se trata de impulsos de purgación del miserable distribuidor de excremento, exégesis plástica de su propia criatura siniestra, sapucay catártico del desdichado). No me causan gracia siquiera, me dan pena. Las críticas, por el contrario, no molestan. Pero en el feetlot de los comentaristas no hay lugar para ellas, si por éstas entendemos el arte de la argumentación con fin de entendimiento sin imposición alguna –Aristóteles, en su Retórica, se ha ocupado de ello-. Apuesto las dos latas de paté ibérico que me quedan a que la inmensa mayoría no pasa del segundo párrafo del artículo que interviene, y estoy siendo extremadamente generoso: muchos no sortean el título y el copete.

El comentarista de noticias digitales al que me refiero es -refuerzo: no todos- alguien contenido por un horizonte estrecho, agitador desplumado que barbotea, frente al LCD empotrado, dentro del barril de El chavo del 8. No logra ver más allá de lo que su obturado recorte le imprime en la frente. Diego Capusotto se ha encargado de ellos con ese toque de genialidad renacentista tan característico. Cuando los medios tradicionales abrieron sus filiales punto.com y habilitaron a éstos la posibilidad de participar en pantalla, los adalides de la horizontalidad cibernética celebraron con jarras de limonada con jengibre (lo sabemos: los chicos de Palo Alto no beben alcohol), como si se tratara de la liberación de París luego de cuatro años de ocupación nazi. ¡Al fin! ¡La democratización!

Desde tiempos en que los griegos vestían túnica y aprendían arpa, sabemos que el problema florece no en lo que denominamos "tecnología", sus herramientas y potencialidades, sino en las instrucciones de uso. O mejor dicho: en el germen mismo de la tecnología no reposan el bien y el mal (o en todo caso descansan los dos en el mismo plano); los inconvenientes emergen en la falta de instrucción de la comunidad sobre la utilización de la misma. Sería desacertado cargarle culpas al derrotado ignorante. El deterioro sostenido de los patrones educativos nos arrinconó al ostracismo. Volvimos, descalzos y genuflexos, a protegernos dentro de la caverna.

El sábado último Diario Perfil, mi diario querido, donde desarrollo con total libertad mi actividad profesional desde hace años, publicó un artículo de mi autoría titulado “Relato de un confinado en un hotel de cuarentena”. Mis jefes, con olfato fresco, comprendieron que mi situación de repatriado me colocaba en un lugar de excepción para contar, desde dentro, lo que otros medios difunden a través del “confinado-entrevistado”, muchas veces abrigado por sus pasiones (entendible). Es decir, yo no propuse escribir la nota, básicamente porque carezco del instinto que mis superiores manejan con pericia.

El comentarista ejecuta los dedos contra las teclas como el poseso trasnochado que carece de filtro entre lo que dicta el seso y lo que transmiten las palabras tartamudas (el comentarista jamás relee lo que escribe). El resultado no puede ser otro que una composición de Franz Liszt interpretada por un manco. Esto sucede porque en la progresión alocada de letras tecleadas a dos dedos (taca-taca) lo único que se persigue es llegar a ese SEND final que opera en la psiquis del tullido como cima de un orgasmo liberador. ¡Ahí tenés! ¡Tomá! ¡A ver qué decís ahora, a ver! El comentarista es aquel que pega con la luz apagada.

Diario de cuarentena: De Kapanga a Proust, rutinas en el encierro

El comentarista matriculado bebe un copete de acá, medio comentario del presentador televisivo de la noche anterior, su interpretación de un videíto que le llegó por whatsapp, más el audio de un amigo del cuñado del sobrino de su tío Juan -que no habla al pedo, porque él sí tiene contactos posta del Ministerio X-, mete todo en la licuadora y ya está: parida la teoría consumada de la salvación universal. Todo aquel que no lo entienda es un PELOTUDO. Porque el éxtasis del comentarista afinca en la mayúscula, que incorpora solo en vocablos cortos y directos (PELOTUDO, y así), porque de lo contrario sus dedos díscolos se soltarían de la correa (ZOS UM PELPTUDO INPOANTE). El fraseo largo en mayúscula se torna inadmisible. El comentarista es un as en la administración de recursos.

De la nota antes mencionada se desprenden algunos comentarios por los que no valdría la pena detenerse, pero como no tengo nada mejor que hacer y algunos comentaristas tampoco (las horas del cuarentenado se amoldan como cubos de un rasti elástico), allá vamos. El que abre la serie es el comentario típico del hater principiante: no pasa del copete y de la foto con epígrafe. Como allí leyó “solo ve un pulmón de manzana”, arrancó (taca-taca-tac-tacataca): “qué horror!!! Y pensar que le sucede a miles de personas que viven en departamentos y no tienen vista a la calle.. y encima se tienen que cocinar. Que nota de relleno pedorra...”. Ya no le importa qué contiene el artículo. No sólo en ningún pasaje del texto bosquejo con hondo pesar que “solo miro un pulmón”, sino que no me quejo absolutamente de nada. Esto último estampa escozor en otro comentarista (confinado como yo) que no solo expresa que no entendió nada de lo que escribí (comprensible), sino que me exige DECIR LA VERDAD sobre el terrible maltrato que recibimos los podridos encerrados en hoteles céntricos. O sea: pretende ficharme como su escriba ad honorem. Otro asegura que solo atendió el artículo hasta que leyó “muchaches”, lo que le pareció mucho, y lo dejó. Más que entendible. Además, llegó a leer hasta la mitad (¡Hurra! Eso sí que es un lector). Pero hay más. El cacareo en la jaula se desata entre los que creen que esto es un hotel con servicio de habitación y sauna, aquellos que saben (también se lo contó el tío Juan) que es un negociado del Jefe de Gobierno, hasta el que fecunda la idea que los repatriados vinimos gratis, sin pagar pasaje, y por tal “lo pagamos todo el pueblo argentino”. Y, claro, desde luego el mequetrefe que fertiliza con promiscuidad barthesiana la tensión entre los garcas que viajamos al exterior (¡cuando ya se había desatado la pandemia!, aseguran sin saber) con la pobre gente de nuestro país que no tiene qué comer (la doble moral del mediocre exuda patriotismo). Como sea: no hay sitcom sin el momento cumbre esperado por el comentarista de oficio: “Como pueden publicar a este Pelotudo?”. (Telón.) ¡Bravo!.

Ciudad: Ya se alojaron 983 repatriados en 14 hoteles porteños

Tengo dos hijos: varones de 10 y 12 años. Son encantadores, pero son niños, cada tanto se pelean y se agraden verbalmente. Normal (si me lee algún técnico bien remunerado de UNICEF seguro me salta al cuello). Lo que les pido a mis hijos cuando atrapados están en esa trenza beligerante que no consiguen desanudar, es: putéense, pero con rimas de hip hop (no soy pedagogo, pero les aseguro que es un método infalible; a partir de ese momento solo sonríen y se esfuerzan por ser originales). Bien, lo mismo podría replicarse en el psicopático caso del comentarista medio: agredan, aunque carezcan de argumentos para hacerlo (tampoco pedimos tanto), pero fabríquenlo con swing.

Antes de abandonar estas líneas para volver a los ejercicios -los necesito más que la escritura-, entra en el celular un mensaje de mi amigo E.C., que me acerca una frase maravillosa de Ibn Sina (Avicena), el notable médico, filósofo y vasto etcétera chiita (980 – 1037): “La imaginación es la mitad de la enfermedad, la tranquilidad es la mitad del remedio, la paciencia la mitad de la cura.”.

 


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