OPINIóN
Identidad emocional

Del asco a la ira, cómo se tambalea la democracia

La sociedad argentina no está politizada. Más que en democracia, vivimos en “emocracia”, en el gobierno de las emociones, donde un “like” activa el reflejo identitario, no la reflexión.

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Democracia. | Marie Claire

La polarización como tal es un fenómeno político en el cual los ciudadanos adoptan posiciones políticas diferenciadas. La ciencia política se ha centrado mayormente en la polarización ideológica. Esta es aquella que crea posicionamientos simbólicos dentro de la dimensión teórica de izquierda-derecha/progresismo-conservadurismo.

Pero, en Emocracia, es decir, en el gobierno de las emociones, la cuestión adquiere una complejidad mayor.

Con la revolución de la tecnología de las comunicaciones de la primera década del Siglo XXI, estamos totalmente expuestos e invadidos al contenido virtual que nos llega a nuestro smartphone.

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La gran cantidad de información a la que accedemos a través de las redes sociales y de los micromedios de comunicación (InfoDemia) colisionan con el escaso tiempo que tenemos para su debido procesamiento o reflexión. Esta estimulación constante nos sobreexcita, nuestra capacidad de atención se pierde. Somos más volubles, ansiosos e impacientes: ¡queremos todo ya! Ante ello, nuestra cognición se inclina a aceptar como verdadero aquel contenido con el cual compartimos un mayor sentido emocional.

En las emociones “a flor de piel”, nuestro razonamiento opera a partir de un “sistema de creencias”, aquellas ideas que se conforman por elementos emocionales: consecuentemente, tendemos a confiar más en aquel contenido que nos identifica a partir de nuestro sistema de creencias. El “like” se activa por reflejo identitario, no por reflexión.

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Así, la tecnología del bigdata se aplica a la comunicación en la red permitiendo la segmentación de las audiencias (creación de perfiles de usuarios), posibilitando la construcción de grupos de consumidores que se ajustan por su identidad. Los algoritmos activan el “sesgo de confirmación” eliminando la presentación de contenidos alternativos y contradictorios a nuestro sistema de creencia. Esto nos aísla de visiones pluralistas y crea “desconfianza” en todo aquello que proviene por fuera de nuestra “tribu”.

En el plano de la política, ello conduce a que las afinidades partidarias e ideológicas se alineen con otras identificaciones sociales destacadas: como la religión, gustos estéticos culturales, o aspiración económica. Todo converge en la creación de un bloque identitario total y homogéneo en las personas.

En la necesidad de tener nuestra atención, los políticos hacen uso y abuso de esta “posibilidad” que la tecnología les brinda. A través del “estado de campaña permanente” enmarcan un mensaje que exacerba las tensiones existentes en la sociedad para homogenizar a los individuos afines. La grieta política se constituye como polarización afectiva negativa.

La polarización afectiva pondera una lógica de pertenencia al “grupo” exagerando un conflicto que se plantea desde el punto de vista emocional. Esta se expresa como un apego incondicional hacia los partidos políticos, líderes y electores con los que compartimos dicha pertenencia, y una mayor hostilidad y desprecio con los cuales nos diferenciamos.

Siguiendo a Gutierrez-Rubi “el vínculo ideológico político se diluye frente al vínculo emocional estético”, se pondera la identidad emocional frente a la argumentación racional. De la identidad emocional individual a la “moralización de la política”.

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En la construcción de estos “bloques identitarios fijos” interviene de manera preponderante aquella comunicación política propia de las campañas negativas permanentes. Es la “PosVerdad intencional”, por la cual las elites políticas o grupos de presión montan contenidos diseñados para intensificar miedos hacia “otros”, y ahondar sentimientos de víctimas en sus seguidores.

Todo ello a partir de despertar emociones primarias vinculadas a la dimensión “asco-repulsión-repugnancia” y a la dimensión “ira-odio-rencor”.

Estas dos dimensiones de emociones son las más eficientes para movilizarnos puesto que son respuestas instintivas e inconscientes que integran el grupo de las emociones básicas de sobrevivencia. Estas emociones son procesadas por el “cerebro reptiliano”, la parte del cerebro encargada de las funciones más básicas y primitivas, que deja a un lado la complejidad del razonamiento y nos moviliza a partir de los estímulos más básicos y directos.

En este sentido, la dimensión “asco-repulsión-repugnancia”, se relaciona con el rechazo de aquello que es contaminante, y que por ello puede dañar nuestra salud si no es rechazado. En el ámbito social, incluso proyectamos ese rechazo a todo objeto o persona que se presenta como “impura o contaminada”. Por su parte, la dimensión “odio-rencor-rabia” proviene de eventos negativos percibidos por nosotros y cuya responsabilidad le atribuimos a un otro.

Es en la proyección de estas emociones al conjunto de la sociedad donde se construye un comportamiento moral. La dimensión “asco-repulsión-repugnancia” como reacción hace que excluyamos y aislemos al “otro” que genera esa acción, al tiempo que la dimensión “odio-rencor-rabia” conlleva una reacción violenta -como el insulto o la agresión física- a quien se comporta por fuera de ese mandato moral.

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A nivel electoral, en la emocracia la fidelidad del voto y el comportamiento electoral estable se explican a partir de esta polarización afectiva negativa: planteamos nuestro voto de manera negativa. Votamos “en contra de”. Es decir, nuestro voto se emite para el candidato que niega y rechaza todo aquello que nos amenaza emocionalmente.

La polarización afectiva negativa crea un entorno social de poca o nula tolerancia, afectando las interacciones sociales cotidianas, e incluso llegando a condicionar las decisiones diarias de la vida. Las relaciones de amistad, familiares, o la decisión de comprar tal o cual producto son ceñidas por la polarización afectiva.

Surgen aquí frases como “la gente de bien”. La polarización afectiva hace que nosotros nos “ajustemos” totalmente a la tribu, y adoptemos las cualidades prototípicas de la misma.

En este sentido, la polarización afectiva, al sustentarse en emociones que devienen en mandatos morales, produce “polos estancos” en la sociedad que no dialogan entre sí. Es este el principal peligro para el funcionamiento de las democracias representativas liberales.

En su esencia, la democracia es un sistema de gobierno que “aloja” al otro para la creación de los consensos básicos necesarios a toda sociedad. Sin esta capacidad de dialogo, la democracia se reduce a un mero procedimiento de elección de quién tiene la autoridad para tomar las decisiones colectivas.

*Profesor Superior Universitario por la UCA sede Rosario, Licenciado en Ciencia Política por la UNR y Diplomado en Gestión Pública por la Universidad Católica de Córdoba.