OPINIóN

El des-orden de la ONU

Lamentablemente, no hay un nuevo orden en marcha. Esto no es un interregno entre un orden liderado por Estados Unidos y otro liderado por China.

Asamblea General de Naciones Unidas 22092026
Asamblea General de Naciones Unidas | AFP

BERLÍN— A medida que los líderes mundiales desembarcan en la ciudad de Nueva York para el 81.° período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el orden internacional que ostensiblemente vinieron a defender está en peor estado que en cualquier otro momento desde 1945. China y Rusia nunca aceptaron del todo el sistema internacional posterior a la Guerra Fría, muchas potencias medias emergentes lo resienten, y su principal sostén financiero, el público estadounidense, perdió el interés en financiarlo. Con la ONU a punto de elegir un nuevo secretario general y la administración del presidente estadounidense Donald Trump abiertamente hostil hacia el multilateralismo, no está claro cuánto tiempo más podrá seguir tambaleándose el sistema.

Lamentablemente, no hay un nuevo orden en marcha. Esto no es un interregno entre un orden liderado por Estados Unidos y otro liderado por China. Durante mucho tiempo convivimos con episodios de desorden —con estados rompiendo las reglas dentro de un marco que todavía reconocían—, pero ahora nos estamos acercando a algo nuevo. Yo lo llamo «des-orden»: una situación en la que los estados actúan sin tomar como referencia ningún marco común.

Esta nueva dinámica ya se puede ver en la forma en que se desarrollan las crisis. Después de que Estados Unidos e Israel lanzaran su guerra contra Irán en febrero, las partes ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo sobre si existía un alto el fuego, y mucho menos sobre quién había ganado. Además, los conflictos saltan con frecuencia de un ámbito a otro, como cuando las pretensiones de Trump sobre Groenlandia derivan en amenazas arancelarias contra la Unión Europea. Mire donde se mire, los lazos que antes unían al mundo se están convirtiendo en armas. Más de la mitad de los cultivos básicos que se comercian a nivel global pasan por al menos un punto estratégico marítimo, y el cierre del estrecho de Ormuz (y ahora el de Bab el-Mandeb) dejó en evidencia qué pasa cuando se los usa como factor de presión.

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Los europeos respondieron a todo esto como si fueran arquitectos: diseñando planos, defendiendo normas universales y haciendo todo lo posible por mantener en pie las viejas instituciones. Otros actúan más como artesanos: improvisando, dándole un nuevo uso a lo que todavía funciona y adaptándose rápidamente a la pérdida de lo que ya no sirve. China construyó la Organización de Cooperación de Shanghái y un BRICS ampliado, se sumó al Consejo del Ártico como observador y dejó plasmadas sus preferencias a favor de la vigilancia en los estándares de internet de la Unión Internacional de Telecomunicaciones. A los europeos no les vendría nada mal aprender una o dos cosas de este enfoque.

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Sin embargo, incluso en un mundo signado por el des-orden, sería un error pensar que el multilateralismo está muriendo. En cambio, se está migrando y transformando. Nuestra investigación en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores muestra que las potencias medias están construyendo nuevas y creativas formas de cooperación en todas partes.

Por ejemplo, la Iniciativa Bridgetown de Barbados está reconfigurando el debate sobre el financiamiento climático y para el desarrollo; el Corredor Económico India-Medio Oriente-Europa y el Corredor de Lobito están usando la infraestructura en lugar de tratados para integrar a los países; y Catar, Omán y Turquía se convirtieron en los mediadores indiscutidos en conflictos que van desde Gaza hasta Ucrania. En otras palabras, las potencias medias de hoy están haciendo lo que la ONU fue diseñada para hacer, pero de una manera más improvisada y ad hoc.

Para los europeos, este es un momento incómodo. Como arquitectos, son a los que más les falta para ponerse al día con los tiempos que corren. Pero con la estrategia adecuada, también tienen mucho para ganar. Después de todo, el primer ministro canadiense, Mark Carney, visitó Estrasburgo hace poco para buscar una «alianza para el futuro», porque entiende que la UE puede servir como un ancla para Occidente.

Para cumplir este rol, los europeos tienen que hacer tres cosas. En primer lugar, trabajar codo a codo con los nuevos constructores. Eso significa buscar el estatus de observador y vinculación con agrupaciones que hoy tratan como rivales. Significa ayudar a que la ONU funcione como el tejido conectivo para estas nuevas plataformas, articulando la Iniciativa Bridgetown con las instituciones financieras internacionales, y la diplomacia directa de Catar con los organismos formales de reconstrucción y derecho legal. Y significa entender cómo ven la geopolítica contemporánea los brasileños, indios, indonesios y sudafricanos.

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En segundo lugar, los europeos deben reconocer que en los últimos años erosionaron la credibilidad del estado de derecho al defenderlo en el discurso pero no en la práctica. Les iría mejor si se concentraran en hacer cumplir una interpretación más acotada de las reglas que todavía cuentan con respaldo más allá de Occidente, en especial la prohibición de las conquistas territoriales, los ataques a civiles y el uso de armas nucleares.

En tercer lugar, los europeos deberían cuidar más su menguante capital político. El riesgo creciente de una crisis alimentaria global es una prueba de fuego. En conjunto, la guerra de Rusia contra Ucrania, el bloqueo del estrecho de Ormuz y el fenómeno de El Niño más fuerte del que se tenga registro están amenazando el suministro global de alimentos, en un momento donde 2300 millones de personas ya sufren inseguridad alimentaria. La ONU ayudó a enfrentar la última crisis alimentaria en 2022, pero es muy probable que esta vez no pueda cumplir el mismo papel.

Esta necesidad de liderazgo global representa una oportunidad para los europeos, quienes deberían apostar por un nuevo formato de multilateralismo. Al convocar a una coalición global junto a Brasil, Egipto, Kazajistán, México y Turquía, Europa puede reunir a los países más expuestos a la crisis, unificar y movilizar recursos, y negociar acuerdos prácticos para mantener en marcha los envíos de alimentos y fertilizantes. En un tema como la seguridad alimentaria, una iniciativa de este tipo contaría con un amplio respaldo internacional.

Esta semana, mientras los líderes europeos se reúnen con sus pares de todo el mundo, la primera pregunta que deberían hacerse no es cómo reformar la ONU, sino cómo encarar el panorama multilateral con mentalidad de artesanos. Eso implica analizar a qué nuevas iniciativas deberían sumarse, a qué instituciones pueden darle un nuevo uso y con qué otros países pueden trabajar para lograr resultados concretos en un mundo des-ordenado.

Mark Leonard es director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, es autor, entre otros libros, de Surviving Chaos: Geopolitics When the Rules Fail (Polity Press, 2026).

Copyright: Project Syndicate, 2026.