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OPINIóN / Estados Unidos
miércoles 3 junio, 2020

El dilema de Joe Biden tras el asesinato de George Floyd

Para confrontar con la mano dura de Donald Trump, el demócrata tiene que canalizar las protestas y proponer una reforma del sistema judicial y policial. El recuerdo de JFK y LBJ.

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Las protestas en Estados Unidos. Foto: Agencia Afp, Ap y Bloomberg
miércoles 3 junio, 2020

El asesinato de George Floyd, las protestas contra la violencia policial y el racismo en Estados Unidos, y la mano dura con la que Donald Trump pretende sofocarlas, dejó a los demócratas frente a una difícil disyuntiva. Sin una narrativa propia para enfrentar la crisis política, ya no pueden escapar de la polarización que propone la Casa Blanca. Huérfanos de liderazgo, constatan que Joe Biden, resguardado en el sótano de su casa en Delaware, aún no conquista los corazones y las mentes de sus compatriotas, que dejaron claro en las manifestaciones que no basta con no ser Trump para ganar las elecciones.

El despliegue de la Guardia Nacional y el amague, no concretado, de utilizar a las Fuerzas Armadas para reprimir las protestas pusieron a la oposición entre la espada y la pared. Los demócratas gobiernan los Estados y las ciudades donde se registraron incidentes violentos –Minneapolis, Nueva York, Filadelfia, Los Angeles–. Además, enfrentan un dilema más profundo, acaso existencial. Están atrapados entre la corrección política heredada de John Fitzgerald Kennedy y Lyndon Baines Johnson –el primero se posicionó contra la segregación racial y el segundo impulsó y promulgó la Ley de Derechos Civiles en 1964 y la Ley del Voto en 1965–, y el deber de Estado de gobernar y pacificar los distritos más convulsionados.

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Para salir de esa disyuntiva, necesitan proponer una alternativa superadora al brote de indignación popular y al Estado policíaco al que echó mano Trump. Tienen un capital que los republicanos no tienen: son el único actor político con capacidad de canalizar institucionalmente el clamor de las comunidades que piden justicia e igualdad ante la ley. Biden, los gobernadores y alcaldes tienen que dar un paso al frente y reunirse con representantes de Black Lives Matter, de la Fundación Martin Luther King Jr.,de American Civil Liberties Union (ACLU), y otros líderes de la comunidad afroamericana.

Cuentan con una figura que podría unir ambos mundos, salvando la enorme brecha entre el establishment demócrata y los movimientos sociales: Barack Obama. ¿Acaso no fue organizador comunitario en el South Side de Chicago a finales de los 80? Hoy parece el único dirigente de peso que busca encauzar las protestas. “Deberíamos luchar para asegurarnos un presidente, un Congreso, un Departamento de Justicia de EE.UU. y un poder judicial federal que reconozca realmente el papel corrosivo y continuo que el racismo juega en nuestra sociedad y que quiera hacer algo al respecto. Pero los funcionarios electos que más importan en la reforma de los departamentos de policía y del sistema de justicia penal trabajan a nivel estatal y local”, advirtió esta semana en un texto publicado en sus redes sociales.

Sin dudas, Biden no tiene el carisma ni la autoridad moral de su ex compañero de fórmula. En sus más de treinta años en Washington no se embanderó en la lucha por abolir las prácticas policiales abusivas contra las minorías, pese a que los afroamericanos tiene tres veces más chances de ser asesinado por la policía que los blancos.

Si bien Biden encabeza la intención de voto a nivel nacional, con ocho puntos de ventaja sobre el presidente según el promedio elaborado por Real Clear Politics, los sondeos en los swing states revelan una mayor paridad. El demócrata se impone por tres puntos en Florida, dos en Michigan, y apenas uno en Carolina del Norte, mientras que empata en Wisconsin, y pierde ajustadamente en Pennsylvannia y Arizona.

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Mientras el discurso de mano dura le calza como anillo al dedo a Trump, Biden tiene una única opción: demostrar que, al igual que Kennedy y LBJ, está decidido a impulsar reformas, en este caso del sistema judicial y policial.

Pero aún enfrentará otro reto en las presidenciales del próximo 3 de noviembre. La militarización de las elecciones primarias en Filadelfia, donde ayer fueron cerrados el 70% de los centros de votación, fue una alarma sobre lo que puede suceder en cinco meses si la pandemia y el estado de conmoción continúan en Estados Unidos. Trump se expresó contra el voto por correo, ante la certeza que su base electoral, más motivada, votará presencialmente pase lo que pase. Los demócratas no sólo tienen el desafío de movilizar a su electorado, sino también de custodiar que el voto sea ejercido sin más restricciones.

A Biden ya no le alcanza con guardarse en el sótano y esperar que la pandemia y la recesión le devuelvan las llaves de la Casa Blanca. Necesita proponer una alternativa que inspire a los estadounidenses. El reloj avanza, las semanas pasan y el tiempo se agota. Jugar al próximo error no forzado de Trump puede ser demasiado costoso.

Tal vez la coyuntura lo fuerce a asumir un papel que nadie imaginaba, como a Johnson tras el asesinato de Kennedy. Demócrata del sur e "insider" de Washington, entendió que el país estaba ante una encrucijada: más represión, muertes y discriminación racial, o un camino de transformación que lo enfrentara con su propio partido.

Si Biden quiere terminar el trabajo de LBJ, tendrá que convencer a sus gobernadores, alcaldes y votantes sobre la necesidad de una reforma amplia y democrática. Si vuelve a pedir, como hizo esta semana, que la policía “dispare a alguien desarmado a las piernas y no al corazón”, su espejo no será el de JFK y LBJ. Ni siquiera el del ignominioso ex gobernador de Alabama George Wallace. Su legado será la nada misma.

MC


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