La escena se repite en casi cualquier bar o restaurante. Dos personas comparten una mesa. Nadie habla. Cada uno mira su teléfono, prima el silencio. Es cada vez más escasa la costumbre de la mirada sostenida, del diálogo personal profundo, intervenido por el hecho de que cada pocos segundos aparezca un estímulo nuevo que captura la atención: un mensaje, un like, un video corto o un meme. La conversación compite con un algoritmo diseñado a medida para no perder.
Nunca en la historia de la humanidad fuimos objeto de tantos estímulos simultáneos y por ende nunca fue tan difícil sostener la concentración, esperar o simplemente mirar, es decir, ver con atención. Estudios citados por National Geographic y otros medios científicos señalan que ha disminuido la atención sostenida en una sola tarea digital, la cual se estima ahora en unos 40 segundos frente a los 2.5 minutos de hace décadas, debido a las constantes notificaciones y el diseño de las apps. Según reportes de DemandSage y Jolt del presente año, el promedio diario de exposición digital de la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) ha subido a nada menos que 9 horas diarias. De ese tiempo, aproximadamente entre 4,5 y 5 horas se dedican exclusivamente al smartphone, principalmente en YouTube, TikTok e Instagram.
Gran parte de ese tiempo está diseñado digitalmente para producir pequeñas recompensas emocionales mediante notificaciones que activan los circuitos de dopamina del cerebro.
El problema no es que usemos pantallas. El problema es que cada vez nos cuesta más vivir sin ellas.
No estamos sólo frente a un cambio tecnológico sino ante una transformación cultural profunda: una sociedad organizada alrededor del consumo permanente de estímulos. El filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una cultura de hiperestimulación donde la saturación de información termina produciendo una nueva forma de agotamiento: la incapacidad de detenernos.
El lenguaje también se empobrece. El mismo se condensa en memes, emojis o videos de pocos segundos. La comunicación se vuelve instantánea, pero también superficial. Más información disponible y menos espacio mental para procesarla. Más conexiones digitales y menos momentos de silencio. Más estímulos y menos profundidad.
Nuestra cultura ha aprendido a optimizar casi todo, excepto algo fundamental: la capacidad de prestar atención. Podríamos llamar a este fenómeno analfabetismo contemplativo: la creciente dificultad para observar, escuchar o pensar. Una sociedad incapaz de pensarse a sí misma resulta crecientemente dependiente de los poderes concentrados en un sistema político-económico global cada vez menos democrático.
En paralelo, crece una idea seductora de libertad: vivir sin compromisos duraderos. Muchas veces esa libertad se parece peligrosamente a otra cosa: la soledad, verdadera pandemia de este siglo. Libertad de no depender de nadie, pero también de no contar con lazos personales o comunitarios firmes de acompañamiento ni tan siquiera instituciones fuertes y eficaces que contengan. Se dice que actualmente es mal visto un currículum que muestre una larga permanencia en una misma empresa puesto que sería un supuesto símbolo de conformismo o estancamiento. Se presenta una imagen de supuesta libertad para reinventarse laboralmente de modo permanente, pero se carece de proyectos de largo plazo porque es escasa la capacidad de sostén, de perseverancia (en lo laboral, pero también en lo personal) y el futuro aparece demasiado incierto ante una realidad tan cambiante.
Sin horizonte, el presente se llena de estímulos. “Quien sabe mirar se vacía, se convierte en nadie”, escribió Fernando Pessoa en El libro del desasosiego. En el budismo zen el conocimiento no consiste en acumular conceptos sino en desaprender. Vaciar la mente para poder ver. Tal vez por eso prácticas antiguas como la meditación y la actual mindfulness comienzan a recuperar sentido. No significa escapar del mundo sino lo opuesto tal como es entrenar algo que estamos perdiendo: la capacidad de detenernos y vivir el presente con plena atención que no es otra cosa que vivir la vida.
Respirar antes de reaccionar. Escuchar antes de responder. Mirar antes de juzgar. Numerosos estudios muestran que las mencionadas y otras técnicas de relajación mejoran la concentración, reducen el estrés y fortalecen la regulación emocional, muchas veces evitando la dependencia de psicofármacos cuya venta se encuentra en pleno auge y prescripto a edades cada vez más tempranas. Pero su aporte más profundo es otro: recordarnos que la mente para ampliar su campo de acción requiere no estar permanentemente ocupada.
En una cultura adicta al estímulo, aprender a detenerse puede ser uno de los gestos más radicales de libertad.
*Sociólogo-psicólogo social.